La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 5)

 

Colt soldado

COLT

En 1836 el useño (useño natural de U.S.A.) Samuel Colt patentó el primer revolver de percusión. Una especie de Leyenda Urbana establece que Colt inventó el revolver. Nada más lejos de la realidad. Seguir leyendo “La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 5)”

La ampliación del Prado y sus daños

El proyecto

José María Aznar va a protagonizar una iniciativa contra el Patrimonio Nacional, nada más llegar a la Presidencia, de suma importancia. La operación conocida como la ampliación del Museo del Prado va a tener dos damnificados: el barrio del los Jerónimos y el Museo del Ejército.

Fue presentada a la opinión pública, como una necesidad de espacio para exponer las pinturas almacenadas en los sótanos de la pinacoteca. Una vez terminada el director Zugaza en un arranque de sinceridad, que bien podría haber tenido antes de iniciarse la misma, señalaba que “no sabía qué utilización dar a la antigua sede del Museo del Ejército”.

el-cubo-de-moneoLos ladrillos del cubo de Moneo en los Jerónimos, se erigen con una palmaria falta de sensibilidad artística, y lo que es peor aún, soslayando la ley del Patrimonio que protege el monumento. Tampoco se tiene en cuenta la opinión mayoritariamente contraria de los vecinos del barrio, ni de arquitectos y urbanistas como Foster o Lamela que son ajenos al sustancioso negocio que supone la obra para aquellos que están bien conectados con el Patronato del Prado.

En lugar de planificar un crecimiento armónico, sin dañar el entorno o a otros sectores de nuestra cultura, como hubiera sido ampliar por el subsuelo del jardín Botánico. De manera similar a como se amplió el museo de Bruselas o el Louvre. Se optó por la peor solución practicar el canibalismo artístico y laminar dos joyas de nuestro patrimonio. Todo ello sin reparar en gastos, para la mayor gloria y vanidad de unos políticos cuya incultura solo es superada por su incompetencia.

La Justificación

Sala del Museo en Madrid 2A falta de espacio expositivo, para el Museo del Prado, era preciso presentar una razón constructiva que justificara el traslado del Museo del Ejército de su sede. La recuperación del Salón de Reinos, del palacio del Buen Retiro, fue la idea propuesta. Para ello Aznar contó con la inestimable colaboración de dos prestigiosos hispanistas: J.Brown y J.H. Elliott.

Ambos en un ejercicio de arqueología palaciega, basándose en el relato del comerciante inglés Robert Bargrave que lo visitó en el invierto de 1954 – 55, establecen la hipótesis de la existencia de una balconada interior que circunvalaba todo el Salón y permitía la celebración de obras teatrales, dándole así a la estancia una doble utilización: salón del trono por el día, y corral de comedias por la noche, algo similar a “Belle de Jour”. Esta “recuperación” fue recibida de manera entusiasta por el Gobierno, con Miguel Ángel Cortés oficiando de ponente.

Existen numerosos elementos que permiten rechazar la hipótesis anterior:

  • No es plausible que el salón del trono sea utilizado como teatro, cuando sabemos la existencia de una estancia as hoc, el coliseo, a pocos metros y dentro del palacio “los reyes se entretienen en el Buen Retiro oyendo las comedias en el coliseo” (Pellicer, Avisos históricos Semanario Erudito 1640).
  • Tampoco era el Buen Retiro una construcción que tuviera falta de espacio y esa doble utilización iba contra la etiqueta y protocolo de la Casa de Borgoña y si se tiene en cuenta el comportamiento de la época en esas representaciones “en la cazuela de las mujeres han echado entre ellas ratones en cajas… y las damas se entretenían tirando huevos plateados llenos de agua de olor…” (Pellicer Op. Cit.)
  • La existencia de una balconada hubiera reducido el Salón de Reinos en lugar de engrandecerlo y la circulación de personas no hubiera sido posible a causa de la etiqueta (cubiertos ante el Rey solo los Grandes de España y por encima de él, nadie).
  • Los cuadros de Zurbarán no cabrían en el espacio existente entre balcones y ventanas si se añade una balconada interna.
  • “Los reyes estaban en la eminencia de las puertas” (Manuel Gallegos, Silva topográfica 1637), es decir sobre las puertas y no junto a ellas como les coloca Brown y Elliott, para poder poner su balconada.
  • Brown y Elliott justifican que Bargrave en su relato no haga mención de las pinturas del Salón “porque en invierno éstas solían sustituirse por tapices en los palacios españoles”. No obstante, si se continua con el relato “se ve que hay otra larga galería con gran copia de pinturas”. Por ello es difícil de aceptar, que siendo el principal motivo decorativo del Salón de Reinos los retratos reales, las pinturas de batalla y los trabajos de Hércules de Zurbarán; fueran sustituidos por tapices en invierno y no ocurriese lo mismo con otras estancias menos representativas del palacio. Sería renunciar la mitad del año al mensaje subliminal que se quería trasmitir a los embajadores y enviados extranjeros a través de las pinturas.  Objetivo principal del Conde-Duque y como lo realizó Velázquez al decorar el Salón.
  • Antonio Ponz en su obra Viaje de España (1793), en la parte dedicada a los Reales Sitios no hace ninguna mención a la balconada siendo por otra parte un relato pormenorizado y meticuloso de todo aquello que es reseñable en los diferentes palacios. Tampoco Gallegos (1637), Conca (1797), Mesonero Romanos (1867), Elías Tormo (1912), Marañón (1940), y Pantorba (1955) encontramos la menor referencia a la balconada interior.
  • El conde de Maule en su obra Viaje por España, Francia e Italia (1812), describe con detalle el Salón de Reinos en la época que lo visitó, 1812, se llamaba Sala de Cortes al encontrarse entonces el Salón del Trono en el palacio de Oriente. No menciona ninguna balconada interior en dicho espacio, aunque más adelante al hablar del teatro de palacio (coliseo) dice textualmente “la platea es de bastante extensión, circuida de cinco órdenes de palco, con su balaustrada, doradas”. No es lógico que describa con todo detalle las balaustradas de un teatro, cuya existencia es normal, para pasar por alto “otra” en el antiguo Salón del Trono, cuya construcción hubiera sido completamente novedosa.

Todos estos autores reseñan meticulosamente el palacio de Buen Retiro, y sus testimonios además de coincidir entre sí, coinciden también con las principales fuentes del siglo XVII que poseemos: Manuel Gallegos y J. Pellicer. Testimonios que están en consonancia con la costumbre en la construcción de los palacios en España y la etiqueta borgoñona de uso en la corte. EN resumen, todas ellas son más fiables que el relato de un comerciante inglés, en el que se basan Brown y Elliott para sustentar su hipótesis. Lo más sorprendente, es que los elementos indicados estaban al alcance de estos autores si se hubieran molestado lo más mínimo en buscarlos.

La recuperación del Salón de Reinos supondría una inversión cuantiosa en un proyecto con escaso valor cultural, aunque sí curioso. Por un lado sería preciso trasladar varias pinturas desde el Museo del Prado: 6 de Velázquez (los 5 reales y la rendición de Breda), los 11 de Zurbarán, 2 de Leonardo, 1 de Pereda, 1 de Mayno, 3 de Carducho, 1 de Castello y 1 de Cajés.

Todas las pinturas fueron pintadas para dar una impresión de conjunto, pues lo importante era el mensaje político, no su contemplación singular. Por ello la parte inferior de los cuadros de batalla y de los trabajos de Hércules están por encima del dintel de las puertas. Si se coloca la balconada propuesta por ambos autores, los cuadros bajan y su contemplación es acorde a nuestra época, pero no con la ideada con Velázquez en el siglo XVII. Aquí reside la curiosidad del proyecto, construyendo la balconada interna se logra la contemplación singular de las pinturas, aunque construyendo el Salón de Reinos que nunca existió.

Un Poco de Historia

El museo a pesar de su denominación no es propiedad del Ejército de Tierra, sino que como todos los museos nacionales sus titularidad pertenece al pueblo español.

Fue el primer museo nacional que se fundó en España en 1803. Ocupó unas estancias del palacio de Monteleón, colindante con el parque de Artillería.

Cinco años después, el 2 de mayo, los soldados allí destinados se unirían al pueblo de Madrid para enfrentarse a las tropas napoleónicas de ocupación. La mayor parte de ellos sucumbirían en el intento, los restantes serían fusilados al día siguiente en las tapia del Retiro. Este solo hecho lo hace único. Es el único museo existente en el mundo, que con su personal y sus fondos se ha enfrentado a un invasor. No obstante su importancia cultural no radica únicamente en este retazo de nuestra historia sino en la calidad de los fondos que posee, más de 33.000.

En 1813 tiene lugar la huida de España del rey José I y en su equipaje traslada a Francia el mayor expolio cometido contra nuestro patrimonio cultural de toda nuestra historia. Un año después el museo será instalado en el palacio de Buenavista, antigua residencia de Godoy. El general Espartero, después del abrazo de Vergara decide instalarse allí y los fondos del museo se colocaron en la crujía norte del palacio de Buen Retiro. Era lo único que quedaba en pie, además del Casín y la iglesia de los Jerónimos, después del paso de los franceses por Madrid y de utilizar como cuadras para la caballería de Murat el palacio que el Conde-Duque ofreció a Felipe IV

La formación, consolidación y crecimiento del museo tiene lugar en el siglo más difícil de nuestra historia, en las condiciones más adversas que imaginarse puedan. En cien años, España atraviesa por: tres guerras civiles, cuatro abdicaciones, un derrocamiento, una república, dos instauraciones monárquicas, dos restauraciones borbónicas, siete constituciones, dos invasiones extranjeras, la pérdida del imperio americano y de oriente, una guerra con EEUU, cuatro regencias y numerosos pronunciamientos militares.

Catálogo impresionante de inestabilidad política que obliga a rendir testimonio de admiración a todos aquellos que con su trabajo lo hicieron posible y que fueron capaces de salvaguardar y legarnos un Patrimonio Histórico de incalculable valor. Cuya conservación y transmisión a las sucesivas generaciones nos corresponde, ineludiblemente, hoy a nosotros.

Al poseer este museo el carácter y contenido de la historia general de España, su sede natural es la capital de la nación. Además existe otra razón y es que llevaba en ella más de 200 años y los museos no son circos para trasladarlos de ciudad en ciudad. Hasta la fecha nadie ha dado una razón cultural que justifique su traslado. Había otras opciones para incrementar el espacio del museo del Prado y el proyecto para la “recuperación” del Salón de Reinos, como he demostrado más arriba se sustentaba en una falsedad, eso sí avalada por dos prestigiosos hispanistas a quienes el Consejo de Ministros condecoró por si consejo con dos Grandes Cruces. Lo que cobraron lo desconozco. Por todo ello, creo que sería justo darle al señor Aznar el segundo puesto en la lista de expoliadores de nuestro Patrimonio Nacional, que hemos tenido a lo largo de nuestra historia, justo detrás del rey José I.

El Traslado

ihycm-2834-b-gExiste un aforismo que señala que el traslado de un museo equivale a la mitad de un incendio. Contemplando lo sucedido con la Tizona, con la colección de Medinaceli, con la hoploteca y con la colección de artillería; no puede tildarse de exagerado el aforismo anterior.

Nadie ha dado una razón plausible que justifique el traslado a Toledo, ni de su ubicación en el Alcázar. El único dato que poseo es que el alcalde de Toledo en la época era también compañero de estudios de Aznar. Según pasan los años parece confirmarse que el que después sería Presidente del Gobierno, en su juventud iba con malas compañías.

El Alcázar de Toledo ya tenía su propio museo de historia militar, además del pequeño museo en torno al asedio que sufrió en los inicios de la última guerra civil.

La decisión del traslado es, en mi opinión, un error que presenta múltiples aspectos:

  • El urbanístico. la obra de ampliación ha desvirtuado el espacio de la plaza de Zocodover. Toledo es patrimonio de la humanidad, concedido por UNESCO, al igual que en Madrid con el barrio de los Jerónimos se ha vulnerado la legislación que protege a la ciudad de obras que no estén debidamente avaladas. Las autoridades municipales y autonómicas, de ambas ciudades, han prestado su colaboración entusiasta a estos dos desafueros.
  • El arqueológico. Al removerse yacimientos celtas, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos de una manera nada ortodoxa.
  • La económica. Al situar a gran parte del museo en el subsuelo del Alcázar y pegado al cauce del Tajo, será necesario invertir una gran cantidad de recursos para conservar unos fondos, que en su mayor parte son metálicos o textiles. Una elección por encima del suelo y alejada del río hubiera sido más idónea.
  • La política. Ubicar el principal museo de la historia de España en uno de los edificios más emblemáticos, de uno de los bandos contendientes de la última guerra civil, todavía no superada, provocará rechazo. Un museo de historia debe aspirar a ser un lugar de encuentro, no de confrontación.
  • La museológica. En su sede anterior las piezas expuestas eran unas 27.000, en Toledo son 6500 y los criterios expositivos no son didácticos, sino estéticos.

Si se hubieran utilizado adecuadamente los magníficos yacimientos arqueológicos encontrados en el Alcázar. Podría haberse ideado un museo sobre la evolución cultural de la península ibérica, a partir de las diferentes técnicas de fortificación que poseían las civilizaciones que pasaron por Toledo. Ese museo de nueva planta y concepción, sí hubiera enriquecido el patrimonio toledano y nacional en lugar de deteriorarlo.

La salida del Museo del Ejército de Madrid ha significado privar al eje Prado Recoletos de un patrimonio que tiene desde hace más de 200 años, y lo que es peor dividir unas colecciones y perder unos fondos que son insustituibles. Además su nueva ubicación causará un efecto negativo y perdurable sobre la percepción que algunos ciudadanos tienen de sus Fuerzas Armadas.

Diego Camacho López-Escobar

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 4)

[Continuación de la tercera parte]

En 1818 un austriaco llamado von Augustin, coronel del ejército austriaco, patentó un sistema que fue adoptado como reglamentario por dicho ejército. Utilizaba unos fulminantes dentro de unos pequeños cilindros de cobre o zinc, los cuales se introducían en el oído del cañón el cual había sido agrandado ligeramente a este fin, las mordazas del gatillo transformadas en martillo y del rastrillo se había eliminado el “fusil”, como se llama a la pala del rastrillo y del que posteriormente tomó el nombre el arma de infantería, conservando la parte inferior o “cobija” que sujetaba el fulminante y que al golpear sobre ella el martillo producía la explosión del fulminante. De este sistema Von Augustin y como armas reglamentarias de Austria el Museo tiene un fusil de Infantería Mod. 1848 y una tercerola y una pistola ambas del Mod. de 1852.

En 1816 un inglés residente en EEUU llamado Joshua Saw, pantentó el sistema que se reveló como más eficiente; consistía en unas copas cilíndricas de metal (cobre, zinc o latón) de unos cinco mm de diámetro y unos siete de longitud, en cuyo fondo se depositaba una cantidad de fulminato de mercurio sellada con una gota de goma laca para su fijación e impermeabilización. Dichos cilindros, llamados pistones, se fijaban a una pieza de acero cuyo interior estaba taladrado de parte a parte por un orificio de un mm aproximadamente. Esta pieza, llamada chimenea, se enroscaba por su parte interior a una protuberancia del cañón, llamada bombeta; una vez cargado el cañón con pólvora y munición o bala, se fijaba un pistón en la chimenea y al ser golpeado por el percutor estallaba el fulminato haciendo arder la carga y produciendo el disparo.

El Museo alberga una gran cantidad de armas cortas y largas con llave de percusión por lo que elegir una como su representación se hace difícil. Pero hay una que se destaca no por alguna peculiaridad del mecanismo, pero si por su cañón; ya se había dicho la bondad de los cañones fabricados por los arcabuceros de Madrid durante los siglos XVII, XVIII y primer tercio del XIX, los cuales se pagaron a precio de oro y que fueron falsificados en múltiples ocasiones.  El arma elegida presenta esa condición, por lo que indirectamente supone un homenaje a los Arcabuceros Madrileños; se trata de una carabina de caza centroeuropea, probablemente austriaca por su aspecto y contextura, que tiene un cañón ochavado piramidal con el brocal y la recámara dimensionados o abocinados, con siete estrías o ranuras y con las facetas o generatrices repicadas a cincel para evitar los brillos al incidir la luz en las superficies pulidas estando aún pavonadas, tiene una mira con alza de corrección micrométrica por tornillo en altura, la corrección en dirección se practica por el punto de mira bajo la regla mnemotécnica de los tiradores de precisión. Para la corrección en dirección por el alza se mueve ésta hacia adonde se quiere que vaya el tiro y por el punto moviendo éste hacia adonde va el tiro. El cañón tiene la siguiente leyenda nielada en oro “Diego Esquivel/ en Madrit/ ano de 1803”. Junto a las faltas de ortografía, Madrit y ano, Diego Esquivel, citado por Isidro Soler como arcabucero conspicuo aunque no fuera Real, murió el 26 de enero de 1732, así que como no estuviera imbuido por el espíritu del Cid que venció batallas después de muerto, según la leyenda, no es posible que Esquivel hiciera este cañón, pero en cualquier caso demuestra la importancia de los cañones de Madrid que fueron, como se ha dicho, falsificados por su bondad.

En la segunda mitad del Siglo XVIII aparecen una serie de medios técnicos, la máquina de vapor, la lanzadera mecánica, la hilandera de algodón, entre otros que provocaron la llamada Revolución Industrial. En esta fase de la historia, la tecnología da un paso de gigante y los medios de producción junta a la imaginación desbordante de muchos intelectuales, provocan una avalancha de ingenios que se traducen en avances en todos los órdenes, y como no podía ser menos, en el mundo de las armas. Lo que en unos 250 años se había mantenido con pocas variaciones, se precipitó en una catarata de distintos inventos casi atropellándose unos a otros.

En 1812 un suizo residente en París que se encontraba a la sazón trabajando en un proyecto tendente a lograr un dispositivo que permitiera dirigir a los globos con independencia del viento, patentó un modelo de culata y un cartucho que resolvía el problema, arduamente buscado desde siempre, de la carga por culata o retrocarga. Se llamaba Joanes Pauly; el sistema consistía en una culata móvil fijada por una bisagra, lo que permitía que girara sobre este eje, y que contenía una aguja percutora envuelta por un muelle espiral la cual se comprimía a voluntad y que la aguja era lanzada por el muelle con violencia cuando se apretaba la cola del disparador (en puridad armera así se llama a lo que vulgarmente se nombra como gatillo) para producir el disparo. Junto a esa culata diseñó y patentó un cartucho formado por un cilindro de cartulina que contenía la carga de pólvora, un taco de borra y la munición o la bala; el conjunto estaba sujeto en su parte posterior por un casquillo de latón que tenía un orificio en su base donde se ponía una píldora fulminante (formada por fulminato de mercurio amalgamado con goma laca). Cuando se producía el disparo merced a la presión de los gases de la pólvora el casquillo de latón se dilataba obturando totalmente la recámara e impidiendo el escape de gases por la culata.

La Sociedad de Fomento de la Industria Nacional hizo unas pruebas con este arma y concluyó que se podían hacer hasta doce disparos por minuto. Napoleón se interesó por el arma, pero como quiera que estuviera preparando la invasión de Rusia en su ánimo pesó la cuestión logística. Si para municionar a la ropa requería de X carros para armas que realizaban cuatro disparos por minuto a lo sumo, para armas que triplicaban la cadencia de juego tendrías que triplicar los carros y eso salía de sus posibilidades. Además Napoleón, que era un excelso estratega y táctico, consideraba que el arma del soldado tenía como misión principal defender psicológicamente a éste y ofender en el mismo sentido al enemigo. En el Museo y con el nº 33206 hay una magnífica escopeta de dos cañones sistema Pauly.

El sistema de Pauly se extendió ampliamente y un joven alemán, John Nickolaus von Dreyse, que había trabajado con Pauly entre 1809 y 1814 contribuyó de forma ostensible al desarrollo de las armas de retrocarga. De forma casual mientras examinaba un fulminante, descubrió lo que sería llamado el fusil de Aguja.

Needle_gun_cartridgeConsistía éste en un proyectil ovoidal que en su parte inferior, la más ancha, tenía fijado un salero (así se llamaba una pieza de madera con una concavidad semiesférica) en la que se fijaba un fulminante. En éste proyectil se introducía por la parte citada en un cartucho de papel nitrado que contenía la carga de pólvora; el arma tenía una aguja de unos 5mm, de la que sobresalía otra de unos 2 mm de grueso. La parte gruesa iba envuelta por un muelle espiral y conectada a un manubrio con pulsador al exterior del cañón; moviendo el pulsador de adelante hacia atrás la aguja retrocedía y comprimía el muelle al mismo tiempo quedando fijada al disparador por un diente; al apretar el disparador, la aguja era lanzada por la descompresión del muelle y atravesaba la carga de pólvora hasta incidir en el fulminante haciéndolo explosionar y prendiendo la carga produciendo el disparo.

De esta forma la carga ardía de adelante hacia atrás quemando toda la carga de pólvora, lo que no se producía tan completamente con las cargas tradicionales en las armas de precisión, en las que al arder la carga de atrás hacia delante ocasionaba que a veces, parte, mínima desde luego, fuera expulsada del cañón sin arder. El único inconveniente residía en que la aguja acababa torciéndose, partiéndose u oxidándose hasta quedar inútil.

Dreyse hizo aparecer este sistema entre 1827 y 1829 con una carabina de antecarga. Este modelo es difícil de encontrar pero el Museo tiene uno con el número de inventario de 33578. En 1837 lanzó un nuevo modelo con una culata móvil cilíndrica que contenía la aguja y el muelle en espiral, y que llevaba adosada un manubrio para su manejo, que por su semejanza con los usados en las puertas se le llamó cerrojo.

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[Continuará…]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte3)

 

[Continuación de la segunda parte]

En la primera década del Siglo XIX, un pastor de la Iglesia Escocesa, llamado Alexander John Forsyth, gran aficionado a la caza de becacinas, volvía a su casa con la percha vacía, casi como de costumbre; tenía una magnífica escopeta de Londres con llave a la francesa provista de cazoleta antihumedad que aseguraba la estanqueidad de ella, pero la alta humedad relativa de Escocia, país en el que en ocasiones no llueve, hacía que el polvorín de la cazoleta se humedeciera, al ser la pólvora negra tan higroscópica como un terrón de azúcar, de forma que cuando disparaba y pese a que era un cazador avezado y “corría la mano” para predecir el tiro, las avisadas becacinas, de vuelo vivaz, impredecible y capaces de giros radicales, en cuanto veían el humo de la cazoleta al arder el polvorín daban un tornillazo en su vuelo haciendo casi imposible abatirlas, y ello porque la humedad retrasaba unas milésimas de segundo la deflagración de la pólvora de la carga, en lo que los expertos del uso de estas viejas armas para el tiro de precisión y la caza llaman el “tardonazo”. Forsyth era un hombre ilustrado y estaba al tanto de las investigaciones del poder detonante de ciertas sales de metales (como oro, plata, mercurio), también conocía las experiencias del inglés Edward Howards con fulminato de mercurio. En base a estas experiencias se puso al trabajo y el 11 de abril de 1807 patentó la primera llave de percusión, conocida como la Llave de Frasco de Perfume, por su similitud con un pequeño esenciero o frasquito de perfume.

17960402_3El mecanismo de la llave era el siguiente: una pieza de hierro de fisonomía similar a un frasco o esenciero para perfume, tenía dos compartimentos estancos. El inferior que tenía acceso por su parte inferior mediante una chapa que se atornillaba, servía de reservorio para una pequeña cantidad de fulminato de mercurio. En el compartimento superior se alojaba una aguja de unos 2,5 mm de grueso que remataba su parte inferior en un ensanchamiento cilíndrico. La parte superior, que sobresalía del compartimento, estaba rodeada por un muelle de gusanillo que la mantenía lejos del fondo del compartimento. El “frasco de perfume” se fijaba al cañón del arma mediante un tornillo sobre el que podía pivotar a voluntad. El tornillo tenía una pequeña concavidad bajo la parte cilíndrica de la aguja que comunicaba con la recámara del cañón mediante una ranura practicada en el tornillo; una vez cargada el arma se giraba el “frasco” 180 grados, con lo que por gravedad, se depositaba una mínima cantidad de fulminato en la concavidad. Al apretar el disparador (que no “gatillo”) el gatillo (este es el nombre del conocido vulgarmente como percutor) que había visto eliminadas sus mordazas y sustituidas por una especie de martillo (de ahí su nombre) golpeaba la aguja y ésta lo hacía sobre la concavidad, haciendo detonar el fulminato depositado en ella y, por ende, la deflagración de la carga de la recámara asegurando el disparo inmediato por mucha que fuera la humedad relativa.

Con todas las ventajas que el procedimiento representaba, también aportaba grandes inconvenientes, como la posibilidad, más frecuente de lo supuesto, de que el fulminato depositado en la cavidad inferior, y a pesar de la estanqueidad del depósito, explosionara con el consiguiente peligro para el usuario. Como quiera que esto se produjera con relativa frecuencia, causó su eliminación al ser sustituida por otros procedimientos más seguros. La producción de este sistema fue casi exclusivamente en Inglaterra por lo que encontrar algún arma de este sistema fuera de dicha nación es casi insólito.

Dados los defectos reseñados la imaginación de nuestros antepasados resolvió el problema con el diseño de la llave de “Cebo Transportable o Corredizo”, la cual apareció hacia 1810. Consistía en un carril de selección rectangular sobre el que corría un pequeño depósito piriforme unido por una biela al gatillo, de forma que cuando se montaba éste para el disparo, tiraba del depósito haciéndolo deslizarse por el carril; éste tenía en su centro y en la generatriz superior, una concavidad comunicada por un oído con la recámara, en la cual se depositaba una mínima porción de fulminato. Al disparar, el gatillo empujaba al depósito hacia adelante, poniendo una cantidad de fulminato en la concavidad en donde incidía violentamente una aguja troncocónica en que remataba el gatillo haciendo explosionar el fulminato que producía el disparo sin transición.

El sistema duró poco tiempo porque la aparición de nuevos sistemas se desbordó,  y mientras en unos 250 años no había habido más que esporádicos avances, en unos pocos años aparecieron multitud de nuevos sistemas a cuál más eficiente. Dentro de la ingente colección del Museo se encontraban tres escopetas de este último sistema descrito, una de dos cañones y dos de uno solo, punzonadas por Artonduaga, Ramón Zuloaga y Celestino Jimenez. El sistema eliminaba el peligro de la explosión del frasco de perfume de Forsyth, pero su construcción era costosa por lo que aparecieron sistemas de más económica producción.

[Continuará]

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte2)

[Continuación de la parte 1]

A mediados del Siglo XVI aparecen dos Llaves que utilizan para la ignición de la pólvora del cebo una piedra de sílex o pedernal sujetas entre las mordazas de una pieza móvil, que sería llamada “gatillo” por su peculiar movimiento y efectos. Son éstas las conocidas como Chenapan (del holandés Snaphaunce que viene a significar “gallina picoteando”) y la Llave Española o de Patilla, como siempre fue llamada en España.

Tradicionalmente se ha considerado a la de Chenapán como mas antigua, pero no hay hasta ahora documento fehaciente que así lo acredite. La de Patilla o Española fue coetánea de la anterior y bien pudo ser la más antigua.

Una escopeta italiana con Llave de Chenapán a la florentina y firmada por el eminente armero italiano Lazarino Cominazzo destaca en la colección del Museo; además tiene una peculiaridad que la hace reseñable amén de su cuidada construcción, y es que tiene la cureña (la extremidad posterior de lo que se conoce como culata) abatible mediante una bisagra y un pestillo que permiten plegarla para un más fácil transporte.

La Llave de Patilla o Española tenía un mecanismo similar a la anterior; se diferenciaba en que el rastrillo, en forma de L, hacía las veces de cobija, en la de Chenapán era otra pieza más, y que en el Muelle Real se situaba al exterior de la platina (chapa de acero en donde se alojaban las distintas piezas de su mecanismo) lo que tenía la ventaja de que al no estar limitado su espacio era de gran tamaño, y por ende, de suma fortaleza; la Chenapán lo tenía al interior de la pletina por lo que era más pequeño y débil, pues al tener que hacer un hueco en la caja para incrustar la Llave a la altura de la garganta de aquélla, éste no podía ser muy profundo so pena de romper la caja.

Como pieza destacable de la colección se ha elegido el fusil Reglamentario del Ejército Español Modelo 1724. El arma se reglamentó en tiempos de Felipe V y a través de la Ordenanza del Intendente D. Marcos de Aracil. Era la primera vez que se describía como debía ser el fusil para el Ejército. Hasta ese momento los Asentadores Reales (nombrados por el Rey) se encargaban de contactar con los distintos talleres de las Vascongadas para la fabricación de los arcabuces y mosquetes que se consideraban necesarios pero unificando los calibres, y para el resto del arma cada taller tenía su modelo propio.

El fusil de la colección se encontraba en la exposición de la Delegación del Museo en Toledo, de donde se trajo para unirlo a la colección de armas reglamentarias del Ejército Español. la conservación de este fusil no era buena, pues le faltaba el Rastrillo y el Muelle Real; se consiguió que un menestral metalúrgico, gran conocedor y restaurador de armas antiguas, D. Lisardo Losada Ancillo, rehiciera ambas piezas, las cuales previamente a cementar el Rastrillo y templar y revenir el Muelle Real, fueron troqueladas con una R (indicativo de reconstrucción, reproducción o réplica) haciendo constar esta circunstancia en la ficha de catalogación a la posteridad.

Uno de los pocos casos en que conocemos quién y cuando se descubrió un sistema, se produjo en la primera década del siglo XVII, cuando Marín Le Bourgeoys, armero de Lixieus, en la Normandía francesa, patentó una nueva llave de sílex, la cual era una mixtura de la de Chenapán y la Española o de Patilla. De aquella tomaba el conjunto de platina, nuez, fiador y muelle real al interior de la platina, y de la de Patilla, el rastrillo que hacía a la vez de Cobija. Intervino entonces la “Grandeur” y algunos franceses dijeron que ésta era la verdadera llave de sílex, como si las dos anteriores fueran un juguete de la señorita Pepis.

De la ingente cantidad de armas con llave de sílex a la francesa de la colección es menester destacar una por su condición de muestra del deseo permanente de lograr un sistema que, al menos, aumentara la cadencia de tiro a efectos militares. A finales del siglo XVIII y principios del XIX dos useños (useño, natural de U.S.A) llamados Joseph Belton en el siglo XVIII y mejorado en el XIX por Chambers, diseñaron y realizaron el fusil conocido como de Traca. Era un sistema ingenioso, pero como demostró su uso, con “más ruido que nueces”. Partiendo de un fusil militar, el sistema residía en lo siguiente: además de la llave correspondiente instalaba otra, del tamaño de una pistola militas. A unos 30 centímetros de ésta, se introducía una carga de pólvora reducida de la de guerra (unos seis gramos)una bala que tenía un taladro de unos dos milímetros que traspasaba la bala, el cual se rellenaba de polvorín aglomerado con goma laca para que no se saliera de él. Sobre los anteriores se introducía otra carga del mismo peso y otra bala como la anterior, y así sucesivamente hasta completar unas doce cargas. Joseph Belton informó en 1777 al Congreso de los EE.UU. que con pequeñas modificaciones se podría doblar el número de cargas. Chambers a inicios del XIX introdujo alguna mejora, como asegurar el gatillo en la posición de seguro mediante una biela que pivotaba sobre un eje fijado en la platina y con un gancho en su extremo posterior que se incrustaba en un orificio practicado en el corazón del gatillo, de forma que se aseguraba la imposibilidad de disparo mientras se cargaba el arma. Operación, como se comprende, premiosa. Una vez cargada el arma, un hábil juego de palancas hacía que se disparara la llave delantera y al arder la carga el fuego prendía el polvorín del taladro de la bala haciendo que la carga siguiente se incendiara produciendo un disparo nuevo, y así sucesivamente hasta agotar todas las cargas.

El sistema, si bien ingenioso, adolecía de varios inconvenientes, pues una vez que se disparaba el primer tiro, no había quién los interrumpiera, con la consiguiente tortura del tirador que tenía que sufrir los sucesivos y violentos culatazos. Amén de que solo conseguiría regar de balas la provincia, porque las posibilidades de precisión, de por si febles con un arma de ánima lisa, se multiplicaban únicamente un defecto en la carga. O alguna mecha inserta en las balas que no ardiera paraba la traca de disparos, lo que inutilizaba el arma momentáneamente. Ya Belton había dicho que una vez disparada la traca de cargas, el arma podía utilizarse de forma convencional, como un fusil monotiro.

Indudablemente el efecto psicológico se conseguía. Disparar tal número de balas ininterrupidamente debería producir cierto espanto, cuando en la época solo se lograban hacer hasta cuatro disparos por minuto como máximo. Por último, se hace necesario señalar que de este tipo de armas solo han llegado dos hasta nuestros días, al menos hasta el momento. Una se encuentra en el Arsenal de Woolwich en Inglaterra, el cual está hecho a partir de un fusil militar inglés Brown Bess, y otro en la colección del Museo, siglado con el número de inventario 2164, hecho a partir de un fusil reglamentario francés modelo Año XVIII, que incomprensiblemente no está expuesto en el Nuevo Museo de Toledo al tratarse de una pieza prácticamente única.

Belton también diseñó y realizó un cañón de traca. Se componía de un haz de cañones (unos cinco) intercomunicados, de forma que al dar fuego a uno, éste se comunicaba a los restantes, pudiendo lanzar alrededor de cuarenta proyectiles en unos breves segundos. Al día de hoy solo han llegado dos cañones con este sistema, uno se encuentra en Lieja en un Museo, y el otro, como prueba incontrovertible de su importancia, se encontraba en la Exposición de la Delegación del Museo del Ejército de Madrid en Toledo. Se componía de un haz de cinco cañones de unos 3,5 centímetros de calibre, sujetos en una horquilla sobre la que podían pivotar para su manejo y puntería.

[continuará]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte1)

sala de armasLa colección se compone de 1362 armas distintas que abarcan un periodo desde los primeros Truenos, Truenos de Mano, Cañones o Culebrinas de Mano, como fueron llamadas las primeras armas de fuego portátiles, hasta el último fusil Reglamentario del Ejército Español, el Model 1943, el Mauser con acción 1898, de retrocarga y repetición, del calibre 7,92 x 57 mm. La colección de los distintos modelos Reglamentarios del fusil de asalto español CETME se encuentran en lo que era la exposición y depósito del Museo en el Alcázar de Toledo.

Hacer una reseña de tal colección se escapa de la intención y capacidad de este artículo, por lo que se hará un breve resumen cronológico de los distintos descubrimientos armeros y se reseñará alguno de los especímenes de la colección como ejemplo de su importancia y universalidad.

El arma de fuego portátil más antigua que ha llegado a nuestros días, es la conocida como Cañón de Tannenberg, por haber sido encontrada en la ciudad de ese nombre, y que se ha datado de 1390.

Armas similares de este tipo han llegado en escaso número a nuestro tiempo, pese a ello el museo disfruta en su colección de cuatro ejemplares. El siglado con el número 1926 fue usado por los hombres de Cortés durante la Conquista de México, y parece que quedó de guarnición en el puesto establecido en Segura de la Frontera, a una jornada de marcha de Villarica de la Vera Cruz.

Un manuscrito alemán de 1473 y un icono de 1475, representando un combate durante la Guerra de los Cien años, son los documentos más antiguos que hay sobre la Llave de Mecha o Serpentín, la cual permitió plenamente el uso de estas armas por un sólo hombre.

Hay una buena cantidad de arcabuces y mosquetes con llave de mecha o serpentín en la colección, pero ninguno de ellos, armas de factura tosca y poco atractiva, tiene suficiente entidad para destacarlo, pero como colección es universal. Una prueba de ello son las armas de países que consideraremos exóticos o lejanos. Tres arcabuces chinos de tosca y rudísima construcción pertenecen a este tipo exótico; parece que fueron donados al Museo por un agregado militar español en Pekín tras su estancia a mediados del siglo XIX. También como exóticos figuran dos Bandukh Torador, como llaman en la India a unos arcabuces de mecha o serpentín que tienen como característica más señalada que el serpentín es directo, es decir, que se mueve en la dirección del proyectil, mientras que en la mayoría de los de Europa el serpentín se movía en dirección inversa. Por último, también tiene presencia Japón con cinco “tepös” como llaman en este país a los arcabuces con llave de mecha o serpentín;  estos tienen dos características destacables: sus llaves son como las del último modelo que se elaboró en Europa, que tenían el serpentín lanzado y directo; lanzado porque éste quedaba sujeto por una uña y cuando le apretaba el disparador y por efecto de un muelle de bronce era lanzado contra la cazoleta, lo que aseguraba la ignición del polvorín (como se llamaba a la fina pólvora que se ponía en la cazoleta del arma); la segunda era que la caja remataba en una cureña (la parte posterior de lo que se conoce vulgarmente como culata) de carrillera, la cual fue usada en el centro de Europa.

arcabuceroEl mosquete fue desarrollado por los españoles durante el desplazamiento de los Tercios Españoles a Flandes al mando del Duque de Alba, y según narra el Mariscal Londoño, se utilizó para parar los ataques de una suerte de caballería holandesa, que emboscada en las manchas de bosque de la llanura holandesa, atacaba al Tercio cuando se desplazaba en marcha de maniobras. El Duque pidió a Londoño que desarrollaran un arma que pudiera parar a esta caballería, puesto que los arcabuces, por su escaso calibre (unos 16 mm) no tenían poder de parada suficiente. Los mosquetes con un calibre de a 8 balas en libra (unos 22 mm  de calibre y con una bala esférica de plomo de unos 50 gr de peso) tenían velocidad y potencia para derribar a un caballo al galope hasta unos 100 m.

En la primera década del siglo XVI aparece un nuevo mecanismo o llave conocido como la Llave de Rueda. Aunque algunos alemanes se empecinan en atribuir el invento a Juan Keifuss de Nuremberg, lo cierto es que hasta día de hoy no hay documento fehaciente que lo acredite, sin embargo es incuestionable que en uno de los doce volúmenes del Codex Atlanticus, conservados en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, escritos en 1508 por Leonardo da Vinci, aparece el diseño inequívoco de una llave de rueda; una de  sus numerosas piezas de su estructura, y fundamental, es una cadena articulada, que todo el mundo está de acuerdo que también es un diseño de da Vinci, así que “blanco y en botella”. La llave funcionaba de forma similar a como lo hace un mechero convencional actual: una rueda dentada (en la llave de rueda la rueda tenía unas ranuras alrededor del borde) al rozar con fuerza sobre una piedra “ad hoc” provoca unas chispas que encienden el combustible del mechero.

pistolageneralriegoEl Museo tiene una buena colección de armas de Rueda, tanto en cortas como en largas; de estas la mayoría con cañón rayado para tiro a larga distancia y precisión. Una característica de éstas es la de que eran armas de difícil y costosa elaboración para los medios de la época, por lo que sólo personas con gran capacidad económica podían adquirirlas. De ahí que estén ricamente decoradas con incrustaciones de marfil, hueso, metales preciosos e incluso gemas preciosas. De esta colección destacan dos pistolas, conocidas como Puffer en Alemania. Una con caja de nogal totalmente taraceada con marfil, con la coz esférica y lobulada, que perteneció al General Riego, el cual se levantó contra Fernando VII en las Cabezas de San Juan, y que, tiempo después fue ajusticiado en Madrid tras ser ignominiosa y cruelmente arrastrado en un serón por las calles. La otra es una pistola con caja de hierro batido, con una caja de respetos en la empuñadura, con la coz en cola de pez, que tiene los punzones de Leonhard Danner que trabajó en Nuremberg entre 1507 y 1585 creando una saga de armeros de renombre universal. Este tipo de pistolas fueron las que usaban los Herreruelos españoles, una tropa de caballería, y los Reiter alemanes, también caballería

[continuará]

José Borja Pérez

 

Los Recuerdos de la luchas contra la Piratería en Filipinas, por Gabriel Rodríguez

escalera    En el Museo del Ejército, cuando lo era realmente, podían verse, en la escalera principal y en la sala de Ultramar, varias lantakas, curiosos cañones giratorios de bronce, de distintos calibres. Eran los recuerdos de la lucha contra la piratería malayo-mahometana, en Filipinas.        

    Los misioneros españoles tuvieron una gran aceptación en aquel archipiélago, que pronto fue un país cristiano. Pero en el gran conjunto formado por Mindanao, el archipiélago de Joló y las islas Samales, ya habían llegado los musulmanes y la sociedad se parecía a la de los países musulmanes de  África, con la idea clara de la guerra santa contra los cristianos. Estaban divididos en sultanatos, en los que dependían del sultán los dattos, una mezcla de señores feudales y jefes de zona o poblado, que con sus vasallos, ejercían la piratería desde hacía siglos. Eran fanáticos musulmanes, no sabemos si ortodoxos o de alguna secta; muy bien adiestrados para la lucha y la navegación, y muy duros, austeros y resistentes. Se les llamaba moros, como a todos los musulmanes.  Contaban con buena provisión de armas blancas, como los kris y los campilanes, disponían de fusiles modernos, y tenían un eficaz sistema defensivo, con las cottas, fortalezas, bien artilladas con lantakas y establecidas en puntos que dominaban los accesos a aquellas islas, defendidas además por la espesa vegetación tropical. Con embarcaciones ligeras, las vintas, pancos y barotos, muy ágiles y rápidas y armadas con lantakas, eran una amenaza en los mares próximos. Sus eficaces defensas hacían fracasar a las expediciones de castigo con fuerzas reducidas. Recordaba el Mediterráneo con los piratas berberiscos. Se relacionaban con Borneo e incluso con la China.          

    En el siglo XIX, se les combatió en la época de Fernando VII, pero ello decayó después. Cuando fue Ministro de Ultramar Álvarez Méndez, llamado Álvarez Mendizábal (el de la Desamortización), ordenó no combatir a los moros y hacer acuerdos comerciales con ellos; el sultán de Joló accedió al acuerdo, pero los dattos siguieron ejerciendo la piratería.

    Cuando llegó al poder el general Narváez, se decidió resolver el problema con energía. Se hicieron reconocimientos de las islas, que demostraron que el asentamiento más importante de  los piratas era la isla de Balanguingui, por su fortaleza natural, sus fuertes cottas y su elevado número de guerreros y embarcaciones. Los intentos de penetración en las islas con fuerzas reducidas eran fácilmente rechazados, por lo que el Capitán General Clavería ordenó al coronel Peñaranda que hiciera un reconocimiento de Balanguingui, con mayores medios, pero fue también rechazado. Entonces organizó una expedición con potentes medios navales y terrestres, que tras durísimos combates, en febrero de 1848, dominó la isla, destruyó sus fortificaciones y se llevó su armamento; así aquella fuerte  guarida de piratas quedó anulada para mucho tiempo. Fue la operación más importante contra la piratería.  

    El más extraordinario hecho de armas contra la piratería tuvo lugar el 17 de noviembre de 1861. Fue el asalto y toma de la cotta de Pagalugán, en Mindanao, el único caso conocido de que un barco embistiera con la proa a una fortificación terrestre. En marzo de ese año, el después famoso almirante Méndez Núñez ascendió a capitán de fragata y fue destinado al mando de la División de Fuerzas Sutiles del Sur de las Visayas, del que se hizo cargo en septiembre. Tenía a su cargo la vigilancia de la zona más expuesta a los ataques de los piratas. 

    En Mindanao, se había ocupado y guarnecido el puerto de Cottabato, que servía para la vigilancia de las costas de aquella isla, cuya capital, Zamboanga, era el único puerto con actividad notable. En Mindanao, fuera de Zamboanga y los pequeños puertos, la autoridad española se basaba sobre todo en los acuerdos con los sultanes de Buayán y Tumbao y los dattos, a quienes se respetaba su organización y se les exigía la adhesión al Rey de España y un tributo. A veces había sublevaciones y guerras locales, que   terminaban con expediciones que los obligaban a someterse y dejar de ejercer la piratería, a la que volvían después.

    En el citado año 1861, el datto Maghuda, que dominaba en el Río Grande de Mindanao, posiblemente como reacción contra la ocupación de Cottabato, que dificultaba  la piratería, se sublevó y se lanzó a las acciones piráticas, en las que se llegó a cañonear a barcos mercantes y a atacar a pueblos costeros de indígenas cristianos. Maghuda contaba con varios miles de hombres, dispuestos siempre a la guerra santa contra los cristianos,y con la enorme y fuerte cotta de Pagalugán, que dominaba dicho río. Esa cotta estaba artillada con cuatro cañones modernos y un gran número de lantakas. Dominaba el río, elevada sobre un estrecho recodo del mismo, en el que las embarcaciones derivaban por la corriente, quedando bajo el fuego de los cañones. La guarnecían unos quinientos hombres, más otros mil en su pantanoso exterior.    

    Para acabar con la situación de inseguridad e incluso de terror, en aquella región, el Capitán General decidió organizar una expedición, con medios suficientes para tomar aquel reducto de piratas y dominar el Río Grande. Era Jefe de Estado Mayor el coronel D. José Ferrater, que fue nombrado jefe de la expedición y de su fuerza terrestre, formada por seis compañías de Infantería, cuatro piezas de Artillería de Montaña y una sección de Zapadores. La fuerza naval, mandada por el capitán de fragata Méndez Núñez, se organizó con dos corbetas, la “Constancia”, buque insignia, y la “Valiente”; cuatro cañoneros y cuatro falúas, más tres veleros para el transporte de tropas. El día 16, los buques de esta fuerza naval se concentraron en aguas próximas a Cottabato y, a continuación, encabezados por la “Constancia”, zarparon hacia el Río Grande y lo remontaron hasta un recodo del mismo, entre el dominado por la cotta y su desembocadura. Al asomar la “Constancia”, hicieron fuego desde la cotta, pero sin alcance suficiente. Allí fondearon los buques y  desembarcaron dos compañías, para reconocer las defensas de la fortaleza, misión que no pudieron cumplir, por impedir su aproximación una extensa ciénaga. Entonces hizo el reconocimiento Méndez Núñez, con tres botes. A su regreso a la “Constancia”, se inició la  preparación del ataque planeado, con el desembarco de un agrupamiento formado por dos compañías de cazadores y una de granaderos y dos piezas de artillería, que ocuparon una posición frente a la cotta, para atacarla, con el apoyo de los fuegos de los barcos. Con un bien coordinado plan de fuegos terrestres y navales, se iba a realizar el asalto, franqueando los obstáculos y llevando escalas para salvar la muralla. Pero tan bien preparado plan fracasó, por ser imposible tanto batir la cotta sin alcanzara los asaltantes, como mantener los cañoneros su fuego con eficacia, por la inestabilidad que les causaba la fuerte corriente del río en el recodo. Ante esta situación, el coronel Ferrater, el capitán de fragata Méndez Núñez y el teniente de navío Malcampo, comandante de la “Constancia”, estudiaron reunidos la conveniencia de retirarse y volver a atacar la cotta con más fuerzas. Pero Méndez Núñez expuso la temeraria idea de embestir a toda máquina con la “Constancia” contra el muro del fuerte y asaltarlo simultáneamente desde tierra y desde la corbeta. El coronel aprobó esa novedosa acción y decidió un nuevo asalto. Entonces Méndez Núñez ordenó disponer a los infantes y marineros para el asalto, mandados por el entonces alférez de navío D. Pascual Cervera. A una señal, a las ocho y cuarto de dicho día, la “Constancia” abordó la fortaleza, que fue asaltada simultáneamente por  la tropa y marinería dispuesta en la corbeta y por la fuerza desplegada en tierra. En el combate murieron unos doscientos de los ocupantes de la cotta, entre ellos el datto Maghuda, y los demás huyeron. Las bajas propias fueron dieciocho muertos y noventa y ocho heridos. La fortaleza fue volada, después de recoger lo que tenía interés. Así quedó anulada la terrible cotta de Pagalugán. Se recogieron las banderas, enviadas al Museo Naval, y muchas armas, entre ellas varias lantakas y armas blancas, que fueron enviadas al entonces Museo de Artillería. Son las lantakas que tenía el Museo del Ejército y parte de las armas blancas de su Sala de Ultramar.                            

                                                                                                       

                                                                                                            Gabriel Rodríguez

Reflexiones sobre el Museo del Ejército

salon de reinosEl día 24 de julio de 1996 el recientemente nombrado Presidente de Gobierno D. José María Aznar, acompañado de los miembros del Patronato del Museo del Prado, del JEME y de los hispanistas ingleses Brown y Elliot, decide, aconsejado por estos últimos, la restauración del Salón de Reinos y el traslado al Alcázar de Toledo del Museo del Ejército, después de casi 200 años, en aquel momento de residencia en el Palacio del Buen Retiro.

Esta decisión, a todas luces precipitada, no va seguida de informes rigurosos sobre la conveniencia del traslado, no se hace estudio económico serio del coste de la operación, no se tiene en cuenta el daño que se hace al patrimonio cultural de Madrid, a la historia acumulada durante casi 200 años y al pueblo de Madrid, al que se priva de una joya museística única en opinión del insigne arquitetecto D. Fernando Chueca Goitia.

Lamento no coincidir con las manifestaciones del General Álvarez Carballa en la entrevista concedida a este medio sobre el coste y la duración de una rehabilitación del Palacio del Buen Retiro pues, como se ha demostrado, con el paso de los años el coste del traslado y la construcción del nuevo edificio en Toledo ha superado con creces los de la posible intervención a que se refiere el General Álvarez Carballa.

Es cierto que el Ejército no disponía de fondos para llevar a cabo esta empresa. Pero en aquel momento se había firmado un acuerdo entre los ministerios de Defensa y Cultura por el que este último ponía a disposición de Defensa 4.500 millones de las antiguas pesetas sobrantes de la negociación sobre la colección Thyssen. Este dinero hubiera sido más que suficiente para renovar el Palacio del Buen Retiro.

El coste de la operación “Toledana” ha supuesto 6 ó 7 veces la cantidad citada anteriormente y los gastos de personal y mantenimiento amenazan con ahogar el futuro del nuevo Museo.

Estoy de acuerdo con el general Álvarez Carballa que el Museo de Madrid necesitaba una “poda” de parte de sus fondos, un nuevo plan museográfico y la incorporación de nuevas tecnologías audiovisuales y de otro tipo a la exposición permanente.

Por otro lado, si como se apuntó entonces se pretendía evitar que el Alcázar pasara a manos civiles, había una solución para evitarlo que consistía en mantener en Madrid el Museo con sus colecciones y crear en Toledo un Museo de España siglo XX que comprendiera todos los hechos histórico-militares desde 1898  pasando por la Guerra de África, Guerra Civil, División Azul, Ifni-Sahara y misiones de paz, con un coste mínimo y sin alterar la estructura del Alcázar y su entorno.

En aquellos momentos, 1997-98, el entonces Alcalde de Madrid, Sr. Álvarez del Manzano, ofreció como edificios alternativos en la capital para albergar el Museo la parte del Cuartel del Conde-Duque, aún sin restaurar, o el edificio del Matadero, ambos convertidos hoy en Polos Culturales de primer orden, y una vez más con un coste de acondicionamiento muy inferior al de la solución adoptada.

El traslado se lleva a cabo sin que exista una disposición legar escrita que la apoye, vulnerando la ley de Patrimonio, la carta de Toledo-Washington, las opiniones de la UNESCO, ICOMOS y la Real Academia de la Historia ya que, de acuerdo con las disposiciones de estos organismos, no se puede alterar el entorno ni las estructura de los bienes de interés cultural. De todo ello se hizo caso omiso.

El Museo del Ejército de Madrid contaba con unas extraordinarias colecciones (armas blancas, armas de fuego, banderas, miniaturas, artillería medieval, obras de arte, etc) únicas en el mundo y reconocidas así por los prestigiosos museólogos como los directores de los Museos Militares de París y Londres. Estas colecciones, forjadas a lo largo de 200 años, en la actualidad han visto cómo los fondos que la componían se dispersaban en museos regionales y organismos oficiales de todo tipo o permanecen durmiendo el sueño de los justos en los famosos “almacenes visitables”, causando un daño irreparable, haciendo que su recuperación sea imposible.

La construcción del edificio toledano se hace excavando la fachada N. del Alcázar, excavación que se inicia con bull-dozers sin tener en cuenta los restos arqueológicos que allí pudieran existir, ya que la colina del Alcázar había conocido a lo largo dela Historia asentamientos romanos, visigóticos, árabes y cristianos. Cuando aparecen los primeros restos se inicia una excavación más cuidadosa y científica que la realizada hasta entonces y dirigida por el Director del Museo Arqueológico. Debido a estos descubrimientos y ante la necesidad de conservarlos dada su importancia, hay que modificar el proyecto arquitectónico inicial, lo que supone un coste añadido a lo gastado hasta entonces.

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El resultado de todas estas operaciones ha dado lugar a un edificio frío y desangelado, de hormigón y ladrillo, que desentona con el entorno de forma escandalosa. Este nuevo Museo expone en su colección permanente no más de 5000 fondos, frente a los 25000 que se exponían en Madrid. Sus escaleras mecánicas y sus interminables pasillos no producen emoción alguna en el visitante, ni desde luego exaltan los valores éticos morales y patrióticos que un museo de este tipo debería despertar, como así era el caso del Museo de Madrid según figura en las múltiples opiniones vertidas en los libros de visitas que existen al efecto.

Prácticamente no quedan rastros de la que fue al epopeya del Alcázar, una hazaña única en la historia del siglo XX que despertó la admiración y el respeto del mundo entero. Las referencias a la Guerra Civil son mínimas y las cartelas explicativas que las acompañan a menudo tergiversan y manipulan la Historia.

Por último, quiero desmontar un argumento que se ha empleado con insistencia para justificar el traslado. Se dice que el Museo de Madrid tenía 30.000 visitantes al año y que el de Toledo tendría 300.000. La primera de las cifras es parcialmente incierta ya que , durante la década de los 90, la media de visitantes estaba en torno a los 60.000, cantidad superior a la media de visitas de los Museos Nacionales con la excepción del Prado, Reina Sofía y Thyssen, y es a partir de 1999 cuando empiezan a cerrar salas, se rompe la relación con colegios y asociaciones varias y se suprimen exposiciones y actos culturales. Es a partir de ese momento cuando el número de visitantes disminuye notablemente.

Los 300.000 famosos eran los visitantes que tenia el Alcázar en los años 90 los cuales, como final del periplo artístico por la ciudad de Toledo, deseaban visitar el despacho del Coronel Moscardó (hoy casi oculto), el Museo del Asedio, los sótanos del edificio donde se encontraban la enfermería, la capilla y las otras instalaciones para proteger a las personas asediadas. En aquel entonces había una sección Delegada del Museo de Madrid en Toledo que ocupaba parte de la planta baja y de la primera del Alcázar con unas 15 salas entre las que destacaba la de África del siglo XX. Pues bien, estas salas eran visitadas por una parte mínima de los 300.000 visitantes. Aunque esa cifra fuera cierta, de ninguna manera un criterio puramente numérico puede utilizarse como argumento para destruir 200 años de Historia en un museo único e irrepetible.

Estoy de acuerdo con el General Álvarez Carballa cuando, de forma valiente y gallarda, expone su opinión al final de la entrevista sobre el resultado último del plan museológico (carencia de emoción del museo y no destacar los valores propios del Alcázar), postura que le honra y muy propia de su condición de militar, consciente de la responsabilidad que ello entraña. Por el contrario, no soy muy optimista sobre posibles cambios en el futuro que de alguna manera recuperaran los valores perdidos.

Vivimos en tiempos difíciles en lo económico, en lo moral, en lo social, en la educación y en lo patriótico, pero la Asociación de Amigos del Museo del Ejército de Madrid, a la cual me honro en pertenecer, tiene la esperanza de que, en un día no muy lejano, Madrid podrá recuperar un Museo de Historia Militar que llene el vacío que la desaparición del Museo del ejército de Madrid ha dejado en el corazón de un gran número de españoles, especialmente los madrileños.

 

D. Juan A. Sánchez García

G. B. de Infantería (R) DEM

Ex-Director del Museo del Ejército

Publicado en la revista MILITARES, nº 97, Diciembre de 2012 

El recuerdo del héroe de Cascorro en el antiguo Museo del Ejército de Madrid

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ACTUALIZACIÓN:

La Dirección del Museo nos ha informado amablemente de que el busto de Eloy Gonzalo, el Héroe de Cascorro, se encuentra en la sala “La Restauración Monárquica 1874- 1923”. Más datos al final del artículo

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En toda España se recuerda a Eloy Gonzalo, el Héroe de Cascorro, aunque casi siempre con confusión entre su nombre y el del lugar del hecho heroico que le dio justa fama, lo que prueba la frase  más mili que Cascorro. Pero poca importancia tiene eso. Lo grave e indignante es la situación que ha denunciado, entre otros, el coronel D. José Luis Isabel, en su artículo El Ejército que olvidó a sus héroes, en ABC de Toledo. Ese magnífico artículo cita a varios héroes recordados en el Museo del Ejército, en Madrid, de los que ahora no puede verse ni siquiera su nombre. El Museo del Ejército, uno de los mejores del Mundo y el mejor por sus colecciones, ha sido reducido a una parte mínima de sus fondos, no los más valiosos, ni más significativos, sin ninguna colección. Y para eso se han gastado ingentes cantidades de dinero y se han  deshecho dos museos, el Museo del Ejército citado y el del Alcázar de Toledo, el que exponía la historia del mismo y los recuerdos de la heroica gesta del asedio, con los testimonios del homenaje de promociones y comisiones españolas, hispanoamericanas, etc. Es decir, se ha gastado  dinero público en cometer tres expoliaciones, a tenor del artículo 4 de la Ley del Patrimonio Histórico Español: las de ambos museos y la del de Montjuich, en Barcelona. Tres atentados contra la Historia de España y contra la Cultura de Defensa.

Lo que ahora puede verse, más que un museo militar, es una simple exposición de piezas. Y para eso se ha gastado tanto y se han dejado de exponer las valiosísimas colecciones y los recuerdos de las gestas y los héroes, que son parte fundamental de los museos militares, que deben ser aulas vivas de Historia y sobre todo de Historia Militar.

Entre esos héroes que se han relegado al olvido, por mala fe, por ignorancia, o por ambos motivos, recordamos aquí a uno de los más populares, el Héroe de Cascorro.

Eloy Gonzalo nació en Madrid y fue depositado en la Inclusa, con ropas de buena calidad y una nota con el nombre y apellidos que se le debían imponer. Fue adoptado por un guardia civil, destinado en Chapinería (Madrid), donde residió hasta los veintiún años, con sólo dos ausencias: cuando su padre adoptivo fue ascendido y destinado a otro pueblo, del que pronto volvió; y cuando le llegó el retiro y regresó a su pueblo, del que Eloy volvió después y fue empleado de un propietario, cuyos hijos eran amigos suyos.

Fue carabinero, con destino en Estepona y Algeciras. Cuando recibió la licencia para contraer matrimonio, con el permiso de doce días, fue a ver a su novia y la encontró con un teniente del Cuerpo, en actitud de flagrante infidelidad. Él empuñó su arma,  pero los allí presentes le impidieron usarla. Fue condenado a doce años de prisión, pero se publicó un R.D. en que se indultaba a quienes, estando en prisión militar, por delito que no afectase a su honor, solicitasen destino a Cuba. Lo solicitó y fue destinado al 1er. Batallón del Regimiento María Cristina nº 63, en Puerto Príncipe (Camagüey).

Se incorporó en diciembre de 1895 y, desde el primer momento, demostró gran valor y espíritu militar. El 28 de marzo de 1896, su compañía, la 1ª, se hizo cargo del destacamento de Cascorro, a 63 Kms. al S.E. de Puerto Príncipe. La mandaba el capitán Neila de Ciria; su sección, la 1ª,  el teniente Perier, y su  pelotón el sargento Tropel.

El asedio de Cascorro empezó el 22 de septiembre de 1896. La insurrección seguía al E. de la Trocha de Júcaro a Morón, pero al O., sus restos estaban acorralados en el final de la isla. Por ello, necesitaba una victoria, por pequeña que fuera, para lo cual Máximo Gómez concentró, en la zona de Cascorro, la mayoría de las partidas de Oriente, con más  de cinco mil hombres. Al amanecer, cercaron el pueblo e iniciaron el fuego de cañón contra los tres fortines. El día 25, el capitán ordenó al teniente Perier una salida con veinticinco voluntarios, que impidió a los atacantes ocupar una casa próxima; uno de ellos fue Eloy Gonzalo. Los días 25, 27 y 28, se intimó la rendición, con buenas condiciones, siempre rechazadas; la última, por carta del marqués de Santa Lucía, su presidente de la república, con oferta de paso libre hasta Puerto Príncipe.   

El día 30, los atacantes ocuparon sigilosamente una casa a unos cincuenta metros del fortín, desde la que hacían un fuego muy efectivo. La situación era grave en extremo y la única solución era quemar dicha casa, lo que se intentó, sin conseguirlo. Entonces Eloy Gonzalo se ofreció para prender fuego a la misma, con la condición de que lo atasen con una cuerda, para tirar de él en caso de muerte. El capitán aceptó y Eloy Gonzalo, atado con una larga maroma y con una caja de cerillas y un bote de petróleo, salió del fortín, apoyado por sus disparos, fue a la citada casa, la incendió y regresó ileso. Para dispersar a los atrincherados cerca, el capitán ordenó una nueva salida, con veinte voluntarios, uno de los cuales fue otra vez Eloy Gonzalo.

La lucha continuó hasta la tarde del 4 de octubre, en que los atacantes se retiraron, al llegar una columna, tras varios días de marcha y dieciséis combates. El día 5, aún se combatió y, al amanecer del 6, la columna entró en el pueblo y liberó a sus defensores.

La noticia, publicada por El Imparcial, y después por toda la prensa, inició su fama.  

Por la defensa de Cascorro, se concedieron varias condecoraciones y el Casino Español de Puerto Príncipe hizo entrega de una medalla de plata, de notable valor artístico, a todos los defensores. Eloy Gonzalo recibió la Cruz de Plata del Mérito Militar con distintivo rojo pensionada, entonces la más alta condecoración para las clases de tropa. De Chapinería, le escribió un amigo, en nombre de todos. El Ayuntamiento de Madrid, le envió una felicitación y un donativo. Y la Junta Patriótica Españolade La Guaira (Venezuela), le envió una felicitación y un cuantioso donativo.

            El 1º de febrero de 1897, la insurrección estaba prácticamente acabada, excepto en la zona oriental dela isla. El batallón fue destacado a la zona de las ciénagas de Zapata y Macurijes, zona de selva pantanosa, muy insana. Ya no había combates, sino marchas, reconocimientos y vigilancia. A primeros de junio, él empezó a sentirse mal y no quiso ser evacuado. Pero el día 6, estaba peor y lo fue al Hospital Militar de Matanzas; allí se le diagnosticó enterocolitis ulcerosa, de lo que falleció el día 18. Lo habían respetado las balas, pero fue víctima de las insalubres ciénagas.

En diciembre de 1898, sus restos fueron trasladados a Madrid, donde recibieron un gran homenaje oficial y popular. Fueron depositados en la basílica de Atocha y después  inhumados en el cementerio de la Almudena.

El Ayuntamiento de Madrid dedicó al héroe el monumento en la plaza de Cascorro,  así llamada desde entonces, y la calle de su nombre. Y se le elevaron otros monumentos en Chapinería, su pueblo, y en San Bartolomé de Pinares, el de sus padres adoptivos.

En el Museo del Ejército de Madrid, se le dedicó un busto, en que estaba representado con su  uniforme de Ultramar. ¿Dónde está ahora ese busto, que era su recuerdo?  

Gabriel Rodríguez

P.D. La Dirección del Museo nos ha informado amablemente de que el busto de Eloy Gonzalo, el Héroe de Cascorro, se encuentra en la sala “La Restauración Monárquica 1874- 1923”, en la forma que se ve en las fotografías adjuntas de dicho busto, su entorno y su cartela. Nos alegra saber que está bien conservado e instalado.

 

 

 

 

La contestación a las preguntas sobre la laureada que lleva dicho busto, en vez de la Medalla de Plata que ostentó realmente, es que esa laureada es la condecoración equivalente establecida en el Reglamento de Recompensas aprobado años después.

 

El Alcázar de Toledo, por Alfonso Ussía

Si algo no entra en el hábito de los militares es la mentira. Un militar mentiroso no es un militar. Y si la mentira, además, se viste de manipulación, sesgo y majadería, se llega a la conclusión de que no viene de la decencia uniformada, sino de la falta de respeto a la verdad de nuestros actuales gobernantes. Ignoro quién es el manipulador que pretende, con setenta años de retraso, borrar un largo episodio de heroísmo que ha sido reconocido como tal unánimemente. La heroica resistencia de los defensores del Alcázar de Toledo en la Guerra Civil fue reconocida y admirada por los propios sitiadores.



Pero llega el tonto setenta años más  tarde, y quiere triunfar donde la victoria y la derrota son páginas de la Historia. Que lo intente el tonto, su superiora y el superior de la superiora. No lo van a conseguir. Creo que hay dos ministerios, Interior y Defensa, que por su carácter institucional merecen más reflexión ante las críticas que otros departamentos. He sido, y siempre lo seré, más prudente con un ministro de Defensa que con el titular de una cartera más cercana al partido gobernante que a la totalidad de los españoles. Pero lo que pretende el tonto que tiene por ahí suelto la ministra Chacón , además de una villanía histórica –o mejor, contrahistórica–, es una soberana imbecilidad. Este Gobierno no sabe qué hacer para reescribir un pasado inmutable. El asedio al Alcázar de Toledo, donde un grupo de soldados valientes del Ejército Nacional, resistió durante más de setenta días a las fuerzas republicanas infinitamente más poderosas, está no sólo en la Historia de España, sino en la de los grandes hechos militares de todo el mundo. Eliminar del Alcázar la Historia del Alcázar sólo se le ocurre a un ceporro sesgado y mentiroso. Es de esperar que sea un ceporro y no una ceporrra, dado que el titular actual de la cartera de Defensa es una mujer.

La Historia se asume. El Alcázar resistió con heroísmo. Allí había además de soldados, mujeres y niños. El general Moscardó no entregó el Alcázar ni a cambio de la vida de su hijo, que fue cobardemente ejecutado. Han pasado más de setenta años, y el ceporro pretende borrar el fracaso de los sitiadores y el triunfo de los sitiados. No tiene sentido. Y lo hace desde el ministerio que agrupa a quienes no saben mentir. Lo dice César Vidal: «Los héroes no se discuten». Son de todos. Setenta años más tarde, aquel heroísmo no puede herir a nadie. Sólo a los mentirosos y los manipuladores. A los cretinos, a los rencorosos. Apenas quedan protagonistas vivos de la victoria en la Guerra Civil. Lo mismo que derrotados. Los hijos de los que ganaron han renunciado hace mucho a seguir ganando. Pero muchos descendientes de los que perdieron –en gran parte, por su culpa-, quieren ganar una Guerra con setenta años de retraso. Una necedad y un despropósito. Eliminar del Museo del Ejército del Alcázar los vestigios y muestras de aquel episodio heroico es una prueba de resentimiento impotente. Lo que  se suponía fácil lo convirtieron en imposible unos héroes. Respétenlos  y no mientan. Si la ministra no rectifica el plan del ceporro, lo siento señora ministra, pero la ceporra será usted.