La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 5)

 

Colt soldado

COLT

En 1836 el useño (useño natural de U.S.A.) Samuel Colt patentó el primer revolver de percusión. Una especie de Leyenda Urbana establece que Colt inventó el revolver. Nada más lejos de la realidad. Seguir leyendo “La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 5)”

La ampliación del Prado y sus daños

El proyecto

José María Aznar va a protagonizar una iniciativa contra el Patrimonio Nacional, nada más llegar a la Presidencia, de suma importancia. La operación conocida como la ampliación del Museo del Prado va a tener dos damnificados: el barrio del los Jerónimos y el Museo del Ejército.

Fue presentada a la opinión pública, como una necesidad de espacio para exponer las pinturas almacenadas en los sótanos de la pinacoteca. Una vez terminada el director Zugaza en un arranque de sinceridad, que bien podría haber tenido antes de iniciarse la misma, señalaba que “no sabía qué utilización dar a la antigua sede del Museo del Ejército”.

el-cubo-de-moneoLos ladrillos del cubo de Moneo en los Jerónimos, se erigen con una palmaria falta de sensibilidad artística, y lo que es peor aún, soslayando la ley del Patrimonio que protege el monumento. Tampoco se tiene en cuenta la opinión mayoritariamente contraria de los vecinos del barrio, ni de arquitectos y urbanistas como Foster o Lamela que son ajenos al sustancioso negocio que supone la obra para aquellos que están bien conectados con el Patronato del Prado.

En lugar de planificar un crecimiento armónico, sin dañar el entorno o a otros sectores de nuestra cultura, como hubiera sido ampliar por el subsuelo del jardín Botánico. De manera similar a como se amplió el museo de Bruselas o el Louvre. Se optó por la peor solución practicar el canibalismo artístico y laminar dos joyas de nuestro patrimonio. Todo ello sin reparar en gastos, para la mayor gloria y vanidad de unos políticos cuya incultura solo es superada por su incompetencia.

La Justificación

Sala del Museo en Madrid 2A falta de espacio expositivo, para el Museo del Prado, era preciso presentar una razón constructiva que justificara el traslado del Museo del Ejército de su sede. La recuperación del Salón de Reinos, del palacio del Buen Retiro, fue la idea propuesta. Para ello Aznar contó con la inestimable colaboración de dos prestigiosos hispanistas: J.Brown y J.H. Elliott.

Ambos en un ejercicio de arqueología palaciega, basándose en el relato del comerciante inglés Robert Bargrave que lo visitó en el invierto de 1954 – 55, establecen la hipótesis de la existencia de una balconada interior que circunvalaba todo el Salón y permitía la celebración de obras teatrales, dándole así a la estancia una doble utilización: salón del trono por el día, y corral de comedias por la noche, algo similar a “Belle de Jour”. Esta “recuperación” fue recibida de manera entusiasta por el Gobierno, con Miguel Ángel Cortés oficiando de ponente.

Existen numerosos elementos que permiten rechazar la hipótesis anterior:

  • No es plausible que el salón del trono sea utilizado como teatro, cuando sabemos la existencia de una estancia as hoc, el coliseo, a pocos metros y dentro del palacio “los reyes se entretienen en el Buen Retiro oyendo las comedias en el coliseo” (Pellicer, Avisos históricos Semanario Erudito 1640).
  • Tampoco era el Buen Retiro una construcción que tuviera falta de espacio y esa doble utilización iba contra la etiqueta y protocolo de la Casa de Borgoña y si se tiene en cuenta el comportamiento de la época en esas representaciones “en la cazuela de las mujeres han echado entre ellas ratones en cajas… y las damas se entretenían tirando huevos plateados llenos de agua de olor…” (Pellicer Op. Cit.)
  • La existencia de una balconada hubiera reducido el Salón de Reinos en lugar de engrandecerlo y la circulación de personas no hubiera sido posible a causa de la etiqueta (cubiertos ante el Rey solo los Grandes de España y por encima de él, nadie).
  • Los cuadros de Zurbarán no cabrían en el espacio existente entre balcones y ventanas si se añade una balconada interna.
  • “Los reyes estaban en la eminencia de las puertas” (Manuel Gallegos, Silva topográfica 1637), es decir sobre las puertas y no junto a ellas como les coloca Brown y Elliott, para poder poner su balconada.
  • Brown y Elliott justifican que Bargrave en su relato no haga mención de las pinturas del Salón “porque en invierno éstas solían sustituirse por tapices en los palacios españoles”. No obstante, si se continua con el relato “se ve que hay otra larga galería con gran copia de pinturas”. Por ello es difícil de aceptar, que siendo el principal motivo decorativo del Salón de Reinos los retratos reales, las pinturas de batalla y los trabajos de Hércules de Zurbarán; fueran sustituidos por tapices en invierno y no ocurriese lo mismo con otras estancias menos representativas del palacio. Sería renunciar la mitad del año al mensaje subliminal que se quería trasmitir a los embajadores y enviados extranjeros a través de las pinturas.  Objetivo principal del Conde-Duque y como lo realizó Velázquez al decorar el Salón.
  • Antonio Ponz en su obra Viaje de España (1793), en la parte dedicada a los Reales Sitios no hace ninguna mención a la balconada siendo por otra parte un relato pormenorizado y meticuloso de todo aquello que es reseñable en los diferentes palacios. Tampoco Gallegos (1637), Conca (1797), Mesonero Romanos (1867), Elías Tormo (1912), Marañón (1940), y Pantorba (1955) encontramos la menor referencia a la balconada interior.
  • El conde de Maule en su obra Viaje por España, Francia e Italia (1812), describe con detalle el Salón de Reinos en la época que lo visitó, 1812, se llamaba Sala de Cortes al encontrarse entonces el Salón del Trono en el palacio de Oriente. No menciona ninguna balconada interior en dicho espacio, aunque más adelante al hablar del teatro de palacio (coliseo) dice textualmente “la platea es de bastante extensión, circuida de cinco órdenes de palco, con su balaustrada, doradas”. No es lógico que describa con todo detalle las balaustradas de un teatro, cuya existencia es normal, para pasar por alto “otra” en el antiguo Salón del Trono, cuya construcción hubiera sido completamente novedosa.

Todos estos autores reseñan meticulosamente el palacio de Buen Retiro, y sus testimonios además de coincidir entre sí, coinciden también con las principales fuentes del siglo XVII que poseemos: Manuel Gallegos y J. Pellicer. Testimonios que están en consonancia con la costumbre en la construcción de los palacios en España y la etiqueta borgoñona de uso en la corte. EN resumen, todas ellas son más fiables que el relato de un comerciante inglés, en el que se basan Brown y Elliott para sustentar su hipótesis. Lo más sorprendente, es que los elementos indicados estaban al alcance de estos autores si se hubieran molestado lo más mínimo en buscarlos.

La recuperación del Salón de Reinos supondría una inversión cuantiosa en un proyecto con escaso valor cultural, aunque sí curioso. Por un lado sería preciso trasladar varias pinturas desde el Museo del Prado: 6 de Velázquez (los 5 reales y la rendición de Breda), los 11 de Zurbarán, 2 de Leonardo, 1 de Pereda, 1 de Mayno, 3 de Carducho, 1 de Castello y 1 de Cajés.

Todas las pinturas fueron pintadas para dar una impresión de conjunto, pues lo importante era el mensaje político, no su contemplación singular. Por ello la parte inferior de los cuadros de batalla y de los trabajos de Hércules están por encima del dintel de las puertas. Si se coloca la balconada propuesta por ambos autores, los cuadros bajan y su contemplación es acorde a nuestra época, pero no con la ideada con Velázquez en el siglo XVII. Aquí reside la curiosidad del proyecto, construyendo la balconada interna se logra la contemplación singular de las pinturas, aunque construyendo el Salón de Reinos que nunca existió.

Un Poco de Historia

El museo a pesar de su denominación no es propiedad del Ejército de Tierra, sino que como todos los museos nacionales sus titularidad pertenece al pueblo español.

Fue el primer museo nacional que se fundó en España en 1803. Ocupó unas estancias del palacio de Monteleón, colindante con el parque de Artillería.

Cinco años después, el 2 de mayo, los soldados allí destinados se unirían al pueblo de Madrid para enfrentarse a las tropas napoleónicas de ocupación. La mayor parte de ellos sucumbirían en el intento, los restantes serían fusilados al día siguiente en las tapia del Retiro. Este solo hecho lo hace único. Es el único museo existente en el mundo, que con su personal y sus fondos se ha enfrentado a un invasor. No obstante su importancia cultural no radica únicamente en este retazo de nuestra historia sino en la calidad de los fondos que posee, más de 33.000.

En 1813 tiene lugar la huida de España del rey José I y en su equipaje traslada a Francia el mayor expolio cometido contra nuestro patrimonio cultural de toda nuestra historia. Un año después el museo será instalado en el palacio de Buenavista, antigua residencia de Godoy. El general Espartero, después del abrazo de Vergara decide instalarse allí y los fondos del museo se colocaron en la crujía norte del palacio de Buen Retiro. Era lo único que quedaba en pie, además del Casín y la iglesia de los Jerónimos, después del paso de los franceses por Madrid y de utilizar como cuadras para la caballería de Murat el palacio que el Conde-Duque ofreció a Felipe IV

La formación, consolidación y crecimiento del museo tiene lugar en el siglo más difícil de nuestra historia, en las condiciones más adversas que imaginarse puedan. En cien años, España atraviesa por: tres guerras civiles, cuatro abdicaciones, un derrocamiento, una república, dos instauraciones monárquicas, dos restauraciones borbónicas, siete constituciones, dos invasiones extranjeras, la pérdida del imperio americano y de oriente, una guerra con EEUU, cuatro regencias y numerosos pronunciamientos militares.

Catálogo impresionante de inestabilidad política que obliga a rendir testimonio de admiración a todos aquellos que con su trabajo lo hicieron posible y que fueron capaces de salvaguardar y legarnos un Patrimonio Histórico de incalculable valor. Cuya conservación y transmisión a las sucesivas generaciones nos corresponde, ineludiblemente, hoy a nosotros.

Al poseer este museo el carácter y contenido de la historia general de España, su sede natural es la capital de la nación. Además existe otra razón y es que llevaba en ella más de 200 años y los museos no son circos para trasladarlos de ciudad en ciudad. Hasta la fecha nadie ha dado una razón cultural que justifique su traslado. Había otras opciones para incrementar el espacio del museo del Prado y el proyecto para la “recuperación” del Salón de Reinos, como he demostrado más arriba se sustentaba en una falsedad, eso sí avalada por dos prestigiosos hispanistas a quienes el Consejo de Ministros condecoró por si consejo con dos Grandes Cruces. Lo que cobraron lo desconozco. Por todo ello, creo que sería justo darle al señor Aznar el segundo puesto en la lista de expoliadores de nuestro Patrimonio Nacional, que hemos tenido a lo largo de nuestra historia, justo detrás del rey José I.

El Traslado

ihycm-2834-b-gExiste un aforismo que señala que el traslado de un museo equivale a la mitad de un incendio. Contemplando lo sucedido con la Tizona, con la colección de Medinaceli, con la hoploteca y con la colección de artillería; no puede tildarse de exagerado el aforismo anterior.

Nadie ha dado una razón plausible que justifique el traslado a Toledo, ni de su ubicación en el Alcázar. El único dato que poseo es que el alcalde de Toledo en la época era también compañero de estudios de Aznar. Según pasan los años parece confirmarse que el que después sería Presidente del Gobierno, en su juventud iba con malas compañías.

El Alcázar de Toledo ya tenía su propio museo de historia militar, además del pequeño museo en torno al asedio que sufrió en los inicios de la última guerra civil.

La decisión del traslado es, en mi opinión, un error que presenta múltiples aspectos:

  • El urbanístico. la obra de ampliación ha desvirtuado el espacio de la plaza de Zocodover. Toledo es patrimonio de la humanidad, concedido por UNESCO, al igual que en Madrid con el barrio de los Jerónimos se ha vulnerado la legislación que protege a la ciudad de obras que no estén debidamente avaladas. Las autoridades municipales y autonómicas, de ambas ciudades, han prestado su colaboración entusiasta a estos dos desafueros.
  • El arqueológico. Al removerse yacimientos celtas, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos de una manera nada ortodoxa.
  • La económica. Al situar a gran parte del museo en el subsuelo del Alcázar y pegado al cauce del Tajo, será necesario invertir una gran cantidad de recursos para conservar unos fondos, que en su mayor parte son metálicos o textiles. Una elección por encima del suelo y alejada del río hubiera sido más idónea.
  • La política. Ubicar el principal museo de la historia de España en uno de los edificios más emblemáticos, de uno de los bandos contendientes de la última guerra civil, todavía no superada, provocará rechazo. Un museo de historia debe aspirar a ser un lugar de encuentro, no de confrontación.
  • La museológica. En su sede anterior las piezas expuestas eran unas 27.000, en Toledo son 6500 y los criterios expositivos no son didácticos, sino estéticos.

Si se hubieran utilizado adecuadamente los magníficos yacimientos arqueológicos encontrados en el Alcázar. Podría haberse ideado un museo sobre la evolución cultural de la península ibérica, a partir de las diferentes técnicas de fortificación que poseían las civilizaciones que pasaron por Toledo. Ese museo de nueva planta y concepción, sí hubiera enriquecido el patrimonio toledano y nacional en lugar de deteriorarlo.

La salida del Museo del Ejército de Madrid ha significado privar al eje Prado Recoletos de un patrimonio que tiene desde hace más de 200 años, y lo que es peor dividir unas colecciones y perder unos fondos que son insustituibles. Además su nueva ubicación causará un efecto negativo y perdurable sobre la percepción que algunos ciudadanos tienen de sus Fuerzas Armadas.

Diego Camacho López-Escobar

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 4)

[Continuación de la tercera parte]

En 1818 un austriaco llamado von Augustin, coronel del ejército austriaco, patentó un sistema que fue adoptado como reglamentario por dicho ejército. Utilizaba unos fulminantes dentro de unos pequeños cilindros de cobre o zinc, los cuales se introducían en el oído del cañón el cual había sido agrandado ligeramente a este fin, las mordazas del gatillo transformadas en martillo y del rastrillo se había eliminado el “fusil”, como se llama a la pala del rastrillo y del que posteriormente tomó el nombre el arma de infantería, conservando la parte inferior o “cobija” que sujetaba el fulminante y que al golpear sobre ella el martillo producía la explosión del fulminante. De este sistema Von Augustin y como armas reglamentarias de Austria el Museo tiene un fusil de Infantería Mod. 1848 y una tercerola y una pistola ambas del Mod. de 1852.

En 1816 un inglés residente en EEUU llamado Joshua Saw, pantentó el sistema que se reveló como más eficiente; consistía en unas copas cilíndricas de metal (cobre, zinc o latón) de unos cinco mm de diámetro y unos siete de longitud, en cuyo fondo se depositaba una cantidad de fulminato de mercurio sellada con una gota de goma laca para su fijación e impermeabilización. Dichos cilindros, llamados pistones, se fijaban a una pieza de acero cuyo interior estaba taladrado de parte a parte por un orificio de un mm aproximadamente. Esta pieza, llamada chimenea, se enroscaba por su parte interior a una protuberancia del cañón, llamada bombeta; una vez cargado el cañón con pólvora y munición o bala, se fijaba un pistón en la chimenea y al ser golpeado por el percutor estallaba el fulminato haciendo arder la carga y produciendo el disparo.

El Museo alberga una gran cantidad de armas cortas y largas con llave de percusión por lo que elegir una como su representación se hace difícil. Pero hay una que se destaca no por alguna peculiaridad del mecanismo, pero si por su cañón; ya se había dicho la bondad de los cañones fabricados por los arcabuceros de Madrid durante los siglos XVII, XVIII y primer tercio del XIX, los cuales se pagaron a precio de oro y que fueron falsificados en múltiples ocasiones.  El arma elegida presenta esa condición, por lo que indirectamente supone un homenaje a los Arcabuceros Madrileños; se trata de una carabina de caza centroeuropea, probablemente austriaca por su aspecto y contextura, que tiene un cañón ochavado piramidal con el brocal y la recámara dimensionados o abocinados, con siete estrías o ranuras y con las facetas o generatrices repicadas a cincel para evitar los brillos al incidir la luz en las superficies pulidas estando aún pavonadas, tiene una mira con alza de corrección micrométrica por tornillo en altura, la corrección en dirección se practica por el punto de mira bajo la regla mnemotécnica de los tiradores de precisión. Para la corrección en dirección por el alza se mueve ésta hacia adonde se quiere que vaya el tiro y por el punto moviendo éste hacia adonde va el tiro. El cañón tiene la siguiente leyenda nielada en oro “Diego Esquivel/ en Madrit/ ano de 1803”. Junto a las faltas de ortografía, Madrit y ano, Diego Esquivel, citado por Isidro Soler como arcabucero conspicuo aunque no fuera Real, murió el 26 de enero de 1732, así que como no estuviera imbuido por el espíritu del Cid que venció batallas después de muerto, según la leyenda, no es posible que Esquivel hiciera este cañón, pero en cualquier caso demuestra la importancia de los cañones de Madrid que fueron, como se ha dicho, falsificados por su bondad.

En la segunda mitad del Siglo XVIII aparecen una serie de medios técnicos, la máquina de vapor, la lanzadera mecánica, la hilandera de algodón, entre otros que provocaron la llamada Revolución Industrial. En esta fase de la historia, la tecnología da un paso de gigante y los medios de producción junta a la imaginación desbordante de muchos intelectuales, provocan una avalancha de ingenios que se traducen en avances en todos los órdenes, y como no podía ser menos, en el mundo de las armas. Lo que en unos 250 años se había mantenido con pocas variaciones, se precipitó en una catarata de distintos inventos casi atropellándose unos a otros.

En 1812 un suizo residente en París que se encontraba a la sazón trabajando en un proyecto tendente a lograr un dispositivo que permitiera dirigir a los globos con independencia del viento, patentó un modelo de culata y un cartucho que resolvía el problema, arduamente buscado desde siempre, de la carga por culata o retrocarga. Se llamaba Joanes Pauly; el sistema consistía en una culata móvil fijada por una bisagra, lo que permitía que girara sobre este eje, y que contenía una aguja percutora envuelta por un muelle espiral la cual se comprimía a voluntad y que la aguja era lanzada por el muelle con violencia cuando se apretaba la cola del disparador (en puridad armera así se llama a lo que vulgarmente se nombra como gatillo) para producir el disparo. Junto a esa culata diseñó y patentó un cartucho formado por un cilindro de cartulina que contenía la carga de pólvora, un taco de borra y la munición o la bala; el conjunto estaba sujeto en su parte posterior por un casquillo de latón que tenía un orificio en su base donde se ponía una píldora fulminante (formada por fulminato de mercurio amalgamado con goma laca). Cuando se producía el disparo merced a la presión de los gases de la pólvora el casquillo de latón se dilataba obturando totalmente la recámara e impidiendo el escape de gases por la culata.

La Sociedad de Fomento de la Industria Nacional hizo unas pruebas con este arma y concluyó que se podían hacer hasta doce disparos por minuto. Napoleón se interesó por el arma, pero como quiera que estuviera preparando la invasión de Rusia en su ánimo pesó la cuestión logística. Si para municionar a la ropa requería de X carros para armas que realizaban cuatro disparos por minuto a lo sumo, para armas que triplicaban la cadencia de juego tendrías que triplicar los carros y eso salía de sus posibilidades. Además Napoleón, que era un excelso estratega y táctico, consideraba que el arma del soldado tenía como misión principal defender psicológicamente a éste y ofender en el mismo sentido al enemigo. En el Museo y con el nº 33206 hay una magnífica escopeta de dos cañones sistema Pauly.

El sistema de Pauly se extendió ampliamente y un joven alemán, John Nickolaus von Dreyse, que había trabajado con Pauly entre 1809 y 1814 contribuyó de forma ostensible al desarrollo de las armas de retrocarga. De forma casual mientras examinaba un fulminante, descubrió lo que sería llamado el fusil de Aguja.

Needle_gun_cartridgeConsistía éste en un proyectil ovoidal que en su parte inferior, la más ancha, tenía fijado un salero (así se llamaba una pieza de madera con una concavidad semiesférica) en la que se fijaba un fulminante. En éste proyectil se introducía por la parte citada en un cartucho de papel nitrado que contenía la carga de pólvora; el arma tenía una aguja de unos 5mm, de la que sobresalía otra de unos 2 mm de grueso. La parte gruesa iba envuelta por un muelle espiral y conectada a un manubrio con pulsador al exterior del cañón; moviendo el pulsador de adelante hacia atrás la aguja retrocedía y comprimía el muelle al mismo tiempo quedando fijada al disparador por un diente; al apretar el disparador, la aguja era lanzada por la descompresión del muelle y atravesaba la carga de pólvora hasta incidir en el fulminante haciéndolo explosionar y prendiendo la carga produciendo el disparo.

De esta forma la carga ardía de adelante hacia atrás quemando toda la carga de pólvora, lo que no se producía tan completamente con las cargas tradicionales en las armas de precisión, en las que al arder la carga de atrás hacia delante ocasionaba que a veces, parte, mínima desde luego, fuera expulsada del cañón sin arder. El único inconveniente residía en que la aguja acababa torciéndose, partiéndose u oxidándose hasta quedar inútil.

Dreyse hizo aparecer este sistema entre 1827 y 1829 con una carabina de antecarga. Este modelo es difícil de encontrar pero el Museo tiene uno con el número de inventario de 33578. En 1837 lanzó un nuevo modelo con una culata móvil cilíndrica que contenía la aguja y el muelle en espiral, y que llevaba adosada un manubrio para su manejo, que por su semejanza con los usados en las puertas se le llamó cerrojo.

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[Continuará…]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte3)

 

[Continuación de la segunda parte]

En la primera década del Siglo XIX, un pastor de la Iglesia Escocesa, llamado Alexander John Forsyth, gran aficionado a la caza de becacinas, volvía a su casa con la percha vacía, casi como de costumbre; tenía una magnífica escopeta de Londres con llave a la francesa provista de cazoleta antihumedad que aseguraba la estanqueidad de ella, pero la alta humedad relativa de Escocia, país en el que en ocasiones no llueve, hacía que el polvorín de la cazoleta se humedeciera, al ser la pólvora negra tan higroscópica como un terrón de azúcar, de forma que cuando disparaba y pese a que era un cazador avezado y “corría la mano” para predecir el tiro, las avisadas becacinas, de vuelo vivaz, impredecible y capaces de giros radicales, en cuanto veían el humo de la cazoleta al arder el polvorín daban un tornillazo en su vuelo haciendo casi imposible abatirlas, y ello porque la humedad retrasaba unas milésimas de segundo la deflagración de la pólvora de la carga, en lo que los expertos del uso de estas viejas armas para el tiro de precisión y la caza llaman el “tardonazo”. Forsyth era un hombre ilustrado y estaba al tanto de las investigaciones del poder detonante de ciertas sales de metales (como oro, plata, mercurio), también conocía las experiencias del inglés Edward Howards con fulminato de mercurio. En base a estas experiencias se puso al trabajo y el 11 de abril de 1807 patentó la primera llave de percusión, conocida como la Llave de Frasco de Perfume, por su similitud con un pequeño esenciero o frasquito de perfume.

17960402_3El mecanismo de la llave era el siguiente: una pieza de hierro de fisonomía similar a un frasco o esenciero para perfume, tenía dos compartimentos estancos. El inferior que tenía acceso por su parte inferior mediante una chapa que se atornillaba, servía de reservorio para una pequeña cantidad de fulminato de mercurio. En el compartimento superior se alojaba una aguja de unos 2,5 mm de grueso que remataba su parte inferior en un ensanchamiento cilíndrico. La parte superior, que sobresalía del compartimento, estaba rodeada por un muelle de gusanillo que la mantenía lejos del fondo del compartimento. El “frasco de perfume” se fijaba al cañón del arma mediante un tornillo sobre el que podía pivotar a voluntad. El tornillo tenía una pequeña concavidad bajo la parte cilíndrica de la aguja que comunicaba con la recámara del cañón mediante una ranura practicada en el tornillo; una vez cargada el arma se giraba el “frasco” 180 grados, con lo que por gravedad, se depositaba una mínima cantidad de fulminato en la concavidad. Al apretar el disparador (que no “gatillo”) el gatillo (este es el nombre del conocido vulgarmente como percutor) que había visto eliminadas sus mordazas y sustituidas por una especie de martillo (de ahí su nombre) golpeaba la aguja y ésta lo hacía sobre la concavidad, haciendo detonar el fulminato depositado en ella y, por ende, la deflagración de la carga de la recámara asegurando el disparo inmediato por mucha que fuera la humedad relativa.

Con todas las ventajas que el procedimiento representaba, también aportaba grandes inconvenientes, como la posibilidad, más frecuente de lo supuesto, de que el fulminato depositado en la cavidad inferior, y a pesar de la estanqueidad del depósito, explosionara con el consiguiente peligro para el usuario. Como quiera que esto se produjera con relativa frecuencia, causó su eliminación al ser sustituida por otros procedimientos más seguros. La producción de este sistema fue casi exclusivamente en Inglaterra por lo que encontrar algún arma de este sistema fuera de dicha nación es casi insólito.

Dados los defectos reseñados la imaginación de nuestros antepasados resolvió el problema con el diseño de la llave de “Cebo Transportable o Corredizo”, la cual apareció hacia 1810. Consistía en un carril de selección rectangular sobre el que corría un pequeño depósito piriforme unido por una biela al gatillo, de forma que cuando se montaba éste para el disparo, tiraba del depósito haciéndolo deslizarse por el carril; éste tenía en su centro y en la generatriz superior, una concavidad comunicada por un oído con la recámara, en la cual se depositaba una mínima porción de fulminato. Al disparar, el gatillo empujaba al depósito hacia adelante, poniendo una cantidad de fulminato en la concavidad en donde incidía violentamente una aguja troncocónica en que remataba el gatillo haciendo explosionar el fulminato que producía el disparo sin transición.

El sistema duró poco tiempo porque la aparición de nuevos sistemas se desbordó,  y mientras en unos 250 años no había habido más que esporádicos avances, en unos pocos años aparecieron multitud de nuevos sistemas a cuál más eficiente. Dentro de la ingente colección del Museo se encontraban tres escopetas de este último sistema descrito, una de dos cañones y dos de uno solo, punzonadas por Artonduaga, Ramón Zuloaga y Celestino Jimenez. El sistema eliminaba el peligro de la explosión del frasco de perfume de Forsyth, pero su construcción era costosa por lo que aparecieron sistemas de más económica producción.

[Continuará]

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte2)

[Continuación de la parte 1]

A mediados del Siglo XVI aparecen dos Llaves que utilizan para la ignición de la pólvora del cebo una piedra de sílex o pedernal sujetas entre las mordazas de una pieza móvil, que sería llamada “gatillo” por su peculiar movimiento y efectos. Son éstas las conocidas como Chenapan (del holandés Snaphaunce que viene a significar “gallina picoteando”) y la Llave Española o de Patilla, como siempre fue llamada en España.

Tradicionalmente se ha considerado a la de Chenapán como mas antigua, pero no hay hasta ahora documento fehaciente que así lo acredite. La de Patilla o Española fue coetánea de la anterior y bien pudo ser la más antigua.

Una escopeta italiana con Llave de Chenapán a la florentina y firmada por el eminente armero italiano Lazarino Cominazzo destaca en la colección del Museo; además tiene una peculiaridad que la hace reseñable amén de su cuidada construcción, y es que tiene la cureña (la extremidad posterior de lo que se conoce como culata) abatible mediante una bisagra y un pestillo que permiten plegarla para un más fácil transporte.

La Llave de Patilla o Española tenía un mecanismo similar a la anterior; se diferenciaba en que el rastrillo, en forma de L, hacía las veces de cobija, en la de Chenapán era otra pieza más, y que en el Muelle Real se situaba al exterior de la platina (chapa de acero en donde se alojaban las distintas piezas de su mecanismo) lo que tenía la ventaja de que al no estar limitado su espacio era de gran tamaño, y por ende, de suma fortaleza; la Chenapán lo tenía al interior de la pletina por lo que era más pequeño y débil, pues al tener que hacer un hueco en la caja para incrustar la Llave a la altura de la garganta de aquélla, éste no podía ser muy profundo so pena de romper la caja.

Como pieza destacable de la colección se ha elegido el fusil Reglamentario del Ejército Español Modelo 1724. El arma se reglamentó en tiempos de Felipe V y a través de la Ordenanza del Intendente D. Marcos de Aracil. Era la primera vez que se describía como debía ser el fusil para el Ejército. Hasta ese momento los Asentadores Reales (nombrados por el Rey) se encargaban de contactar con los distintos talleres de las Vascongadas para la fabricación de los arcabuces y mosquetes que se consideraban necesarios pero unificando los calibres, y para el resto del arma cada taller tenía su modelo propio.

El fusil de la colección se encontraba en la exposición de la Delegación del Museo en Toledo, de donde se trajo para unirlo a la colección de armas reglamentarias del Ejército Español. la conservación de este fusil no era buena, pues le faltaba el Rastrillo y el Muelle Real; se consiguió que un menestral metalúrgico, gran conocedor y restaurador de armas antiguas, D. Lisardo Losada Ancillo, rehiciera ambas piezas, las cuales previamente a cementar el Rastrillo y templar y revenir el Muelle Real, fueron troqueladas con una R (indicativo de reconstrucción, reproducción o réplica) haciendo constar esta circunstancia en la ficha de catalogación a la posteridad.

Uno de los pocos casos en que conocemos quién y cuando se descubrió un sistema, se produjo en la primera década del siglo XVII, cuando Marín Le Bourgeoys, armero de Lixieus, en la Normandía francesa, patentó una nueva llave de sílex, la cual era una mixtura de la de Chenapán y la Española o de Patilla. De aquella tomaba el conjunto de platina, nuez, fiador y muelle real al interior de la platina, y de la de Patilla, el rastrillo que hacía a la vez de Cobija. Intervino entonces la “Grandeur” y algunos franceses dijeron que ésta era la verdadera llave de sílex, como si las dos anteriores fueran un juguete de la señorita Pepis.

De la ingente cantidad de armas con llave de sílex a la francesa de la colección es menester destacar una por su condición de muestra del deseo permanente de lograr un sistema que, al menos, aumentara la cadencia de tiro a efectos militares. A finales del siglo XVIII y principios del XIX dos useños (useño, natural de U.S.A) llamados Joseph Belton en el siglo XVIII y mejorado en el XIX por Chambers, diseñaron y realizaron el fusil conocido como de Traca. Era un sistema ingenioso, pero como demostró su uso, con “más ruido que nueces”. Partiendo de un fusil militar, el sistema residía en lo siguiente: además de la llave correspondiente instalaba otra, del tamaño de una pistola militas. A unos 30 centímetros de ésta, se introducía una carga de pólvora reducida de la de guerra (unos seis gramos)una bala que tenía un taladro de unos dos milímetros que traspasaba la bala, el cual se rellenaba de polvorín aglomerado con goma laca para que no se saliera de él. Sobre los anteriores se introducía otra carga del mismo peso y otra bala como la anterior, y así sucesivamente hasta completar unas doce cargas. Joseph Belton informó en 1777 al Congreso de los EE.UU. que con pequeñas modificaciones se podría doblar el número de cargas. Chambers a inicios del XIX introdujo alguna mejora, como asegurar el gatillo en la posición de seguro mediante una biela que pivotaba sobre un eje fijado en la platina y con un gancho en su extremo posterior que se incrustaba en un orificio practicado en el corazón del gatillo, de forma que se aseguraba la imposibilidad de disparo mientras se cargaba el arma. Operación, como se comprende, premiosa. Una vez cargada el arma, un hábil juego de palancas hacía que se disparara la llave delantera y al arder la carga el fuego prendía el polvorín del taladro de la bala haciendo que la carga siguiente se incendiara produciendo un disparo nuevo, y así sucesivamente hasta agotar todas las cargas.

El sistema, si bien ingenioso, adolecía de varios inconvenientes, pues una vez que se disparaba el primer tiro, no había quién los interrumpiera, con la consiguiente tortura del tirador que tenía que sufrir los sucesivos y violentos culatazos. Amén de que solo conseguiría regar de balas la provincia, porque las posibilidades de precisión, de por si febles con un arma de ánima lisa, se multiplicaban únicamente un defecto en la carga. O alguna mecha inserta en las balas que no ardiera paraba la traca de disparos, lo que inutilizaba el arma momentáneamente. Ya Belton había dicho que una vez disparada la traca de cargas, el arma podía utilizarse de forma convencional, como un fusil monotiro.

Indudablemente el efecto psicológico se conseguía. Disparar tal número de balas ininterrupidamente debería producir cierto espanto, cuando en la época solo se lograban hacer hasta cuatro disparos por minuto como máximo. Por último, se hace necesario señalar que de este tipo de armas solo han llegado dos hasta nuestros días, al menos hasta el momento. Una se encuentra en el Arsenal de Woolwich en Inglaterra, el cual está hecho a partir de un fusil militar inglés Brown Bess, y otro en la colección del Museo, siglado con el número de inventario 2164, hecho a partir de un fusil reglamentario francés modelo Año XVIII, que incomprensiblemente no está expuesto en el Nuevo Museo de Toledo al tratarse de una pieza prácticamente única.

Belton también diseñó y realizó un cañón de traca. Se componía de un haz de cañones (unos cinco) intercomunicados, de forma que al dar fuego a uno, éste se comunicaba a los restantes, pudiendo lanzar alrededor de cuarenta proyectiles en unos breves segundos. Al día de hoy solo han llegado dos cañones con este sistema, uno se encuentra en Lieja en un Museo, y el otro, como prueba incontrovertible de su importancia, se encontraba en la Exposición de la Delegación del Museo del Ejército de Madrid en Toledo. Se componía de un haz de cinco cañones de unos 3,5 centímetros de calibre, sujetos en una horquilla sobre la que podían pivotar para su manejo y puntería.

[continuará]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte1)

sala de armasLa colección se compone de 1362 armas distintas que abarcan un periodo desde los primeros Truenos, Truenos de Mano, Cañones o Culebrinas de Mano, como fueron llamadas las primeras armas de fuego portátiles, hasta el último fusil Reglamentario del Ejército Español, el Model 1943, el Mauser con acción 1898, de retrocarga y repetición, del calibre 7,92 x 57 mm. La colección de los distintos modelos Reglamentarios del fusil de asalto español CETME se encuentran en lo que era la exposición y depósito del Museo en el Alcázar de Toledo.

Hacer una reseña de tal colección se escapa de la intención y capacidad de este artículo, por lo que se hará un breve resumen cronológico de los distintos descubrimientos armeros y se reseñará alguno de los especímenes de la colección como ejemplo de su importancia y universalidad.

El arma de fuego portátil más antigua que ha llegado a nuestros días, es la conocida como Cañón de Tannenberg, por haber sido encontrada en la ciudad de ese nombre, y que se ha datado de 1390.

Armas similares de este tipo han llegado en escaso número a nuestro tiempo, pese a ello el museo disfruta en su colección de cuatro ejemplares. El siglado con el número 1926 fue usado por los hombres de Cortés durante la Conquista de México, y parece que quedó de guarnición en el puesto establecido en Segura de la Frontera, a una jornada de marcha de Villarica de la Vera Cruz.

Un manuscrito alemán de 1473 y un icono de 1475, representando un combate durante la Guerra de los Cien años, son los documentos más antiguos que hay sobre la Llave de Mecha o Serpentín, la cual permitió plenamente el uso de estas armas por un sólo hombre.

Hay una buena cantidad de arcabuces y mosquetes con llave de mecha o serpentín en la colección, pero ninguno de ellos, armas de factura tosca y poco atractiva, tiene suficiente entidad para destacarlo, pero como colección es universal. Una prueba de ello son las armas de países que consideraremos exóticos o lejanos. Tres arcabuces chinos de tosca y rudísima construcción pertenecen a este tipo exótico; parece que fueron donados al Museo por un agregado militar español en Pekín tras su estancia a mediados del siglo XIX. También como exóticos figuran dos Bandukh Torador, como llaman en la India a unos arcabuces de mecha o serpentín que tienen como característica más señalada que el serpentín es directo, es decir, que se mueve en la dirección del proyectil, mientras que en la mayoría de los de Europa el serpentín se movía en dirección inversa. Por último, también tiene presencia Japón con cinco “tepös” como llaman en este país a los arcabuces con llave de mecha o serpentín;  estos tienen dos características destacables: sus llaves son como las del último modelo que se elaboró en Europa, que tenían el serpentín lanzado y directo; lanzado porque éste quedaba sujeto por una uña y cuando le apretaba el disparador y por efecto de un muelle de bronce era lanzado contra la cazoleta, lo que aseguraba la ignición del polvorín (como se llamaba a la fina pólvora que se ponía en la cazoleta del arma); la segunda era que la caja remataba en una cureña (la parte posterior de lo que se conoce vulgarmente como culata) de carrillera, la cual fue usada en el centro de Europa.

arcabuceroEl mosquete fue desarrollado por los españoles durante el desplazamiento de los Tercios Españoles a Flandes al mando del Duque de Alba, y según narra el Mariscal Londoño, se utilizó para parar los ataques de una suerte de caballería holandesa, que emboscada en las manchas de bosque de la llanura holandesa, atacaba al Tercio cuando se desplazaba en marcha de maniobras. El Duque pidió a Londoño que desarrollaran un arma que pudiera parar a esta caballería, puesto que los arcabuces, por su escaso calibre (unos 16 mm) no tenían poder de parada suficiente. Los mosquetes con un calibre de a 8 balas en libra (unos 22 mm  de calibre y con una bala esférica de plomo de unos 50 gr de peso) tenían velocidad y potencia para derribar a un caballo al galope hasta unos 100 m.

En la primera década del siglo XVI aparece un nuevo mecanismo o llave conocido como la Llave de Rueda. Aunque algunos alemanes se empecinan en atribuir el invento a Juan Keifuss de Nuremberg, lo cierto es que hasta día de hoy no hay documento fehaciente que lo acredite, sin embargo es incuestionable que en uno de los doce volúmenes del Codex Atlanticus, conservados en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, escritos en 1508 por Leonardo da Vinci, aparece el diseño inequívoco de una llave de rueda; una de  sus numerosas piezas de su estructura, y fundamental, es una cadena articulada, que todo el mundo está de acuerdo que también es un diseño de da Vinci, así que “blanco y en botella”. La llave funcionaba de forma similar a como lo hace un mechero convencional actual: una rueda dentada (en la llave de rueda la rueda tenía unas ranuras alrededor del borde) al rozar con fuerza sobre una piedra “ad hoc” provoca unas chispas que encienden el combustible del mechero.

pistolageneralriegoEl Museo tiene una buena colección de armas de Rueda, tanto en cortas como en largas; de estas la mayoría con cañón rayado para tiro a larga distancia y precisión. Una característica de éstas es la de que eran armas de difícil y costosa elaboración para los medios de la época, por lo que sólo personas con gran capacidad económica podían adquirirlas. De ahí que estén ricamente decoradas con incrustaciones de marfil, hueso, metales preciosos e incluso gemas preciosas. De esta colección destacan dos pistolas, conocidas como Puffer en Alemania. Una con caja de nogal totalmente taraceada con marfil, con la coz esférica y lobulada, que perteneció al General Riego, el cual se levantó contra Fernando VII en las Cabezas de San Juan, y que, tiempo después fue ajusticiado en Madrid tras ser ignominiosa y cruelmente arrastrado en un serón por las calles. La otra es una pistola con caja de hierro batido, con una caja de respetos en la empuñadura, con la coz en cola de pez, que tiene los punzones de Leonhard Danner que trabajó en Nuremberg entre 1507 y 1585 creando una saga de armeros de renombre universal. Este tipo de pistolas fueron las que usaban los Herreruelos españoles, una tropa de caballería, y los Reiter alemanes, también caballería

[continuará]

José Borja Pérez

 

Ya está disponible el primer libro de la Asociación donde se relata en detalle El Expolio del Museo del Ejército

 

Vamos a tener la suerte de contar con presentaciones del libro y mesas redondas próximamente:

Mesa Redonda: Presidencia, introducción, resumen sobre los fondos del museo y finalización, Juan Antonio Sánchez, General de Brigada DEM, ex-Director del Museo; resumen histórico, Gabriel Rodríguez, Coronel DEM; resumen jurídico, Pedro Rey, Coronel y Abogado; presentación del libro, José María Manrique, Coronel DEM.

Fecha: Miércoles 15 a las 18:30.

Lugar: en Hermandad de la Legión, C/ San Nicolás,11, puerta lateral.

Duración prevista: 50 minutos.  

 

anuncio libro 3El Museo del Ejército, heredero del Real Museo de Artillería, el tercero más antiguo de España y que combatió con sus cañones el 2 de Mayo de 1808,  existió en Madrid desde su creación en 1803 hasta el año 2005 en que fue materialmente deshecho con la excusa de su totalmente inconveniente traslado a un Alcázar de Toledo ocupado en parte importante por la Biblioteca de la Comunidad y necesitado de ingentes, costosas y difícilmente legales obras. Y decimos legales porque, sobre que la orden de traslado no apareció en ningún BOE, se hizo en contra del pronunciamiento de la Real Academia de la Historia y vulnerando la ley de Patrimonio, la carta de Toledo-Washington, y las opiniones de la UNESCO, ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), entre otras cosas,  por el daño que iba a suponer al edificio histórico del Alcázar.

Además, en Toledo se exponen solo la mitad de los fondos que podían admirar con anterioridad al traslado, por lo que, si recordamos que uno de los pretextos aducidos para el desalojo del Museo de su sede de Madrid era que en el Alcázar se iba a cuadruplicar su superficie expositiva, resulta que, una vez más, la mentira tiene las patas cortas. Al expolio del Museo de Madrid y su Sección Delegada en Toledo, se ha unido la del “Museo del Asedio”, borrando prácticamente la Gesta del Alcázar. Así se ha privado al pueblo español  del testimonio de lo que ha sido su verdadera Historia. Según el diario El País (de 19-VII-2010), el costo total de la operación ha sido 101’4 millones €, mayor que la ampliación del Reina Sofía (92 M€).

Esta es la cabal historia del Museo, o mejor, de los museos del Ejército, con sus grandezas y sus miserias.

La Asociación de Amigos del Museo del Ejército de Madrid interpuso dos recursos contencioso-administrativos y ha luchado, y lucha, por su reintegración, si quiera parcial, a Madrid. Por ello, como colofón de nuestro trabajo,  hacemos un llamamiento al Gobierno, a la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid, para que en la centenaria y hoy abandonada sede del Museo, se agrupe una parte significativa de sus piezas para  que puedan ser conocidas especialmente por los españoles más jóvenes.

 

Detalles del libro:

Autor: Asociación Amigos del Museo del Ejército en Madrid.

80 Páginas a todo color. 150 ilustraciones. Precio  12’00 €.

Encuadernación: Rústica (50 ejemplares en cartoné). Dimensiones: 24×17 cm. Peso: 0’2 kg.

ISBN: 978-84-16200-12-2. Idioma: español.

Editorial Galland Books: C/ Estación, 41 – 47004 Valladolid· Tfn.: 983 116 527/ 983 290 774.

Contactar: http://www.aresenyalius.com/contactar.html · Tiendas con libros de Galland Books.

Asociación Amigos del Museo del E. en Madrid: C/Romero Robledo 12, 6º B.- 28008 MADRID.

Tfn.: 91 543 17 86. www.amigosmuseoejercitomadrid.com, amigosmuseoejercitomadrid@gmail.com.

Desastre y Ruina por Imprevisión. Traslado del Museo del Ejército

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Concurren en el traslado del Museo del Ejército al Alcázar de Toledo, además de una agresión a nuestro patrimonio histórico, una serie concatenada de disparates que han supuesto un despilfarro económico, y que terminará, si Dios no lo impide, con la destrucción de fondos históricos irremplazables, amén del daño infligido al  edificio histórico del Alcázar.

Hechos previos al traslado:

El día 21 de junio de 1994, la Ministra Dª. Carmen Alborch, compareció ante la Comisión de Cultura del Congreso, solicitando, por si fuera necesario por si fuera necesario ampliar el Museo del Prado, el ala norte del Palacio del Buen Retiro, ocupado por Museo del Ejército.

Para buscar una sede, acorde con la importancia de sus fondos, al Museo del Ejército, se crea una “Comisión de Estudio y Preparación de una Posible Nueva Sede”, que no llegó a reunirse.

Con el cambio de Gobierno, el nuevo Presidente de Gobierno; Sr. Aznar decide, sin consulta alguna a los órganos especializados, trasladar el Museo del Ejército al Alcázar de Toledo. Traslado que ya intentaron y desistieron de ello, sin duda tras recibir informes desfavorables,  los Generales Primo de Rivera y Franco, en 1929 y 1965 respectivamente.

Esta es la primera imprevisión, origen de todas las demás y del despilfarro económico, que ha sido, y sigue siendo, el traslado del Museo del Ejército al Alcázar de Toledo, como confirmamos a continuación.

Ordenado, de forma personal, por el propio Presidente Aznar, convencido de que el mayor volumen aparente del Alcázar, era suficiente para permitir, en condiciones ventajosas, la instalación de los fondos del Museo, se procede de forma inmediata  al estudio de la nueva Sede, con el resultado desfavorable por una serie de circunstancias descritas por el Coronel  Ingeniero Politécnico Rocabert Bielsa, de la forma siguiente:

Con respecto a la superficie, hay que decir que aunque el volumen aparente del Alcázar es enorme, tiene en su interior un gran patio de armas rectangular  con claustro, que resta superficie utilizable. Además, de las tres plantas que dispone el edificio sobre rasante, la se encuentra cedida  a la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha para biblioteca pública. Por otra parte el sótano y semisótano, tienen una accesibilidad problemática y el espacio está muy compartimentado. Finalmente la singular tipología del edificio, con gran altura de techos, enormes escaleras, zaguanes, disminuye aún mas la superficie disponible del mismo.

Por la falta de espacio se formó un grupo de trabajo en el que participó el autor del artículo, que llega a la conclusión de que el edificio histórico era insuficiente, por lo que era necesario buscar nuevos espacios arquitectónicos, que se obtendrían mediante la construcción de un edificio de nueva planta, bajo la explanada de la fachada norte del Alcázar, todo ello a pesar de que, al determinar la naturaleza y formación del subsuelo, mediante sondeos y penetraciones dinámicas, el Ministerio de Educación  Cultura y Deportes realizó una cata arqueológica  donde descubrieron restos de cierta importancia. Dejando el Alcázar para exposición permanente y el nuevo edificio para el resto del programa.

Este, a mi entender, es el motivo que, en las dos ocasiones anteriores, hizo desistir a los Generales Primo de Rivera y Franco, pero no en este caso, como, a continuación, como cantan los resultados.

Esta es la segunda imprevisión, de consecuencias desastrosas, por coste y resultados, como se verá claramente de todo lo que sigue.

Continúa el Coronel Rocabert, en la parte del artículo que llama “EMPEZABAN LAS DIFICULTADES”, contando que se organizo el trabajo en dos fases:

Primera Fase; que consistía en la preparación del edificio histórico, para Exposición Permanente.

Segunda Fase;  construcción del edifico de nueva planta, bajo la explanada norte.

Alcázar de Toledo. Museo del Ejército

(Es de valorar en este momento, que aun no se había desarrollado el discurso histórico de Nuevo Museo y, por lo tanto el Programa Museográfico, documento que ha de ser base para la contratación del proyecto de diseño, que se contrató a principios de 2005 (Teniente Coronel Guerrero Acosta, Revista Ejército de mayo de 2007, La nueva exposición del Museo de Ejército). Enorme vació (nueva imprevisión), que permaneció hasta muy avanzadas las obras, como el mismo autor reconoce, al manifestar que al comprometerse, el equipo que se hizo cargo de ello, en el año 2003, las obras del proyecto arquitectónico estaban muy avanzadas. Lo ratifica el General Zorzo Ferrer en la Resista MILITARES nº 73 de octubre de 2005. El Programa Museográfico se entregó en 2007.)

Se empezó por la segunda fase, por cuestiones económicas o de oportunidad, seguimos con el Coronel Rocabert, “EMPEZABAN LAS DIFICULTADES”, por lo tanto empiezan a excavar en la fachada norte del Alcázar, y aparecen todo tipo de restos arqueológicos de gran valor arquitectónico, por lo que hubo que cambiar el emplazamiento del Edificio de Nueva Planta, redactando un nuevo proyecto, que consistió en trasladarlo hacia el oeste, dejando la zona de restos fuera de la edificación, al tiempo que se protegió de la intemperie por una gran losa, que constituyó el suelo de la antigua explanada norte, soportada por una retícula de pilares de 8×8 m. El nuevo proyecto proponía una excavación de 28m a 6m, al pie del Torreón nordeste.

(Debo comentar en este momento que:

Como ya se dijo, en el estudio del terreno se habían encontrado restos de cierta importancia.

El edificio de nueva planta de la explanada Norte, quedaba bajo rasante sin afectar al aspecto externo del Alcázar.

En su nuevo emplazamiento, donde la fachada del Alcázar queda diecinueve metros por debajo de la explanada norte, queda como un edificio adosado al histórico, como una agresión arquitectónica, denunciada ante la UNESCO.

Este error, que se debe considerar de bulto, acarrea nuevos gastos y dilaciones en la obra, que nos relata el propio Coronel Rocabert)

En el nuevo emplazamiento, tras nuevos estudios y proyecto, vuelve a aparecer restos importantes, que  han quedado a la vista del público mediante una estructura con metacrilato, todo con los mismos problemas y dilaciones.)

Pero los problemas aumentan al empezar, la primera fase siempre siguiendo al autor del escrito, diciendo: La ejecución de esta obra fue muy dificultosa. Por una parte el vecino de arriba (la biblioteca de la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha) exigía que las obras no afectaran al normal funcionamiento de su actividad, cosa difícil de conseguir cuando, entre otras actuaciones, el proyecto contemplaba la demolición y nueva construcción de los tres núcleos de escaleras. Protegidas que accedían hasta su planta y servían para asegurar la evacuación en caso de incendios, la construcción de un nuevo acceso y la construcción de un nuevo forjado para ubicar sobre él la recepción de la Biblioteca…, manteniendo las seguridades de evacuación, y contra incendios, para hasta 500 visitantes diarios.

La tipología del edificio, conserva partes originales, que requirieron la presencia permanente de un equipo de arqueólogos, por lo que frecuentemente se suspendieron las obras, buscando soluciones a los problemas que constantemente se planteaban. Dice el autor: Las soluciones técnicas que proponía el proyecto, en ocasiones,  eran difíciles de llevar a la práctica. Unas veces, por falta de información sobre el comportamiento de los materiales que constituían el edificio; otras por las sorpresas que se producían al descubrir en ocasiones aljibes, cuevas, galerías o elementos constructivos desconcertantes.

Conclusión: El proyecto arquitectónico, que inicialmente fue de 4.000.000.000 de Pts, para el Edificio de Nueva Planta y 2.000.000.000 de Pts. para la preparación del Alcázar, pasa a ser, según la versión oficial, de 51.383.783,16 € abonados por el Ministerio de Cultura y 12.511.723,08€ abonados por Defensa. Consultadas fuentes expertas en la materia, de forma oficiosa, calculan que el importe real es tres veces mayor que el reconocido, hay que agregar a esto los gasto de almacenamiento de fondos, en los sótanos de la Escuela Politécnica, y gastos de traslado que no conocemos y relaciono aparte.

Como al principio se ha dicho, todo empezó, como previsión, por si el Museo del Prado necesitaba nuevos espacios, por lo que es notable que, después de todo lo descrito, después de desaparecer el Museo del Asedio del Alcázar, y tener desperdigados o en Almacenes visitables, la mayor parte de los fondos del Museo del Ejército, el Ala Norte del Palacio del Buen Retiro, Sede que fue de nuestro Museo, se encuentra desocupada y en situación de abandono.

Coronel Pedro Rey

Reflexiones sobre el Museo del Ejército

salon de reinosEl día 24 de julio de 1996 el recientemente nombrado Presidente de Gobierno D. José María Aznar, acompañado de los miembros del Patronato del Museo del Prado, del JEME y de los hispanistas ingleses Brown y Elliot, decide, aconsejado por estos últimos, la restauración del Salón de Reinos y el traslado al Alcázar de Toledo del Museo del Ejército, después de casi 200 años, en aquel momento de residencia en el Palacio del Buen Retiro.

Esta decisión, a todas luces precipitada, no va seguida de informes rigurosos sobre la conveniencia del traslado, no se hace estudio económico serio del coste de la operación, no se tiene en cuenta el daño que se hace al patrimonio cultural de Madrid, a la historia acumulada durante casi 200 años y al pueblo de Madrid, al que se priva de una joya museística única en opinión del insigne arquitetecto D. Fernando Chueca Goitia.

Lamento no coincidir con las manifestaciones del General Álvarez Carballa en la entrevista concedida a este medio sobre el coste y la duración de una rehabilitación del Palacio del Buen Retiro pues, como se ha demostrado, con el paso de los años el coste del traslado y la construcción del nuevo edificio en Toledo ha superado con creces los de la posible intervención a que se refiere el General Álvarez Carballa.

Es cierto que el Ejército no disponía de fondos para llevar a cabo esta empresa. Pero en aquel momento se había firmado un acuerdo entre los ministerios de Defensa y Cultura por el que este último ponía a disposición de Defensa 4.500 millones de las antiguas pesetas sobrantes de la negociación sobre la colección Thyssen. Este dinero hubiera sido más que suficiente para renovar el Palacio del Buen Retiro.

El coste de la operación “Toledana” ha supuesto 6 ó 7 veces la cantidad citada anteriormente y los gastos de personal y mantenimiento amenazan con ahogar el futuro del nuevo Museo.

Estoy de acuerdo con el general Álvarez Carballa que el Museo de Madrid necesitaba una “poda” de parte de sus fondos, un nuevo plan museográfico y la incorporación de nuevas tecnologías audiovisuales y de otro tipo a la exposición permanente.

Por otro lado, si como se apuntó entonces se pretendía evitar que el Alcázar pasara a manos civiles, había una solución para evitarlo que consistía en mantener en Madrid el Museo con sus colecciones y crear en Toledo un Museo de España siglo XX que comprendiera todos los hechos histórico-militares desde 1898  pasando por la Guerra de África, Guerra Civil, División Azul, Ifni-Sahara y misiones de paz, con un coste mínimo y sin alterar la estructura del Alcázar y su entorno.

En aquellos momentos, 1997-98, el entonces Alcalde de Madrid, Sr. Álvarez del Manzano, ofreció como edificios alternativos en la capital para albergar el Museo la parte del Cuartel del Conde-Duque, aún sin restaurar, o el edificio del Matadero, ambos convertidos hoy en Polos Culturales de primer orden, y una vez más con un coste de acondicionamiento muy inferior al de la solución adoptada.

El traslado se lleva a cabo sin que exista una disposición legar escrita que la apoye, vulnerando la ley de Patrimonio, la carta de Toledo-Washington, las opiniones de la UNESCO, ICOMOS y la Real Academia de la Historia ya que, de acuerdo con las disposiciones de estos organismos, no se puede alterar el entorno ni las estructura de los bienes de interés cultural. De todo ello se hizo caso omiso.

El Museo del Ejército de Madrid contaba con unas extraordinarias colecciones (armas blancas, armas de fuego, banderas, miniaturas, artillería medieval, obras de arte, etc) únicas en el mundo y reconocidas así por los prestigiosos museólogos como los directores de los Museos Militares de París y Londres. Estas colecciones, forjadas a lo largo de 200 años, en la actualidad han visto cómo los fondos que la componían se dispersaban en museos regionales y organismos oficiales de todo tipo o permanecen durmiendo el sueño de los justos en los famosos “almacenes visitables”, causando un daño irreparable, haciendo que su recuperación sea imposible.

La construcción del edificio toledano se hace excavando la fachada N. del Alcázar, excavación que se inicia con bull-dozers sin tener en cuenta los restos arqueológicos que allí pudieran existir, ya que la colina del Alcázar había conocido a lo largo dela Historia asentamientos romanos, visigóticos, árabes y cristianos. Cuando aparecen los primeros restos se inicia una excavación más cuidadosa y científica que la realizada hasta entonces y dirigida por el Director del Museo Arqueológico. Debido a estos descubrimientos y ante la necesidad de conservarlos dada su importancia, hay que modificar el proyecto arquitectónico inicial, lo que supone un coste añadido a lo gastado hasta entonces.

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El resultado de todas estas operaciones ha dado lugar a un edificio frío y desangelado, de hormigón y ladrillo, que desentona con el entorno de forma escandalosa. Este nuevo Museo expone en su colección permanente no más de 5000 fondos, frente a los 25000 que se exponían en Madrid. Sus escaleras mecánicas y sus interminables pasillos no producen emoción alguna en el visitante, ni desde luego exaltan los valores éticos morales y patrióticos que un museo de este tipo debería despertar, como así era el caso del Museo de Madrid según figura en las múltiples opiniones vertidas en los libros de visitas que existen al efecto.

Prácticamente no quedan rastros de la que fue al epopeya del Alcázar, una hazaña única en la historia del siglo XX que despertó la admiración y el respeto del mundo entero. Las referencias a la Guerra Civil son mínimas y las cartelas explicativas que las acompañan a menudo tergiversan y manipulan la Historia.

Por último, quiero desmontar un argumento que se ha empleado con insistencia para justificar el traslado. Se dice que el Museo de Madrid tenía 30.000 visitantes al año y que el de Toledo tendría 300.000. La primera de las cifras es parcialmente incierta ya que , durante la década de los 90, la media de visitantes estaba en torno a los 60.000, cantidad superior a la media de visitas de los Museos Nacionales con la excepción del Prado, Reina Sofía y Thyssen, y es a partir de 1999 cuando empiezan a cerrar salas, se rompe la relación con colegios y asociaciones varias y se suprimen exposiciones y actos culturales. Es a partir de ese momento cuando el número de visitantes disminuye notablemente.

Los 300.000 famosos eran los visitantes que tenia el Alcázar en los años 90 los cuales, como final del periplo artístico por la ciudad de Toledo, deseaban visitar el despacho del Coronel Moscardó (hoy casi oculto), el Museo del Asedio, los sótanos del edificio donde se encontraban la enfermería, la capilla y las otras instalaciones para proteger a las personas asediadas. En aquel entonces había una sección Delegada del Museo de Madrid en Toledo que ocupaba parte de la planta baja y de la primera del Alcázar con unas 15 salas entre las que destacaba la de África del siglo XX. Pues bien, estas salas eran visitadas por una parte mínima de los 300.000 visitantes. Aunque esa cifra fuera cierta, de ninguna manera un criterio puramente numérico puede utilizarse como argumento para destruir 200 años de Historia en un museo único e irrepetible.

Estoy de acuerdo con el General Álvarez Carballa cuando, de forma valiente y gallarda, expone su opinión al final de la entrevista sobre el resultado último del plan museológico (carencia de emoción del museo y no destacar los valores propios del Alcázar), postura que le honra y muy propia de su condición de militar, consciente de la responsabilidad que ello entraña. Por el contrario, no soy muy optimista sobre posibles cambios en el futuro que de alguna manera recuperaran los valores perdidos.

Vivimos en tiempos difíciles en lo económico, en lo moral, en lo social, en la educación y en lo patriótico, pero la Asociación de Amigos del Museo del Ejército de Madrid, a la cual me honro en pertenecer, tiene la esperanza de que, en un día no muy lejano, Madrid podrá recuperar un Museo de Historia Militar que llene el vacío que la desaparición del Museo del ejército de Madrid ha dejado en el corazón de un gran número de españoles, especialmente los madrileños.

 

D. Juan A. Sánchez García

G. B. de Infantería (R) DEM

Ex-Director del Museo del Ejército

Publicado en la revista MILITARES, nº 97, Diciembre de 2012 

Museo del Ejército (Quién te ha visto y quién te ve)

La práctica totalidad de la sociedad española, en sus diversos sectores, se mostró en todo momento contraria al traslado del Museo del Ejército. Se consideraba como el mayor atentado cultural de los últimos tiempos y se acumulaban muchas y poderosas razones en favor de prolongar su permanencia en Madrid, donde era uno de los tres mejores museos militares del mundo,  el primero de ellos, sin duda, en al menos cuatro de sus más famosas colecciones. Así lo describía en un artículo el General Alvarez Carballa, en valioso testimonio, por sustentarlo el mejor conocedor tanto del Alcázar Toledo como del Museo del Ejército, del que a la sazón era  Director, y a cuya orden se acometían por entonces los preparativos de desmontaje y embalaje, para el traslado del Museo, que al año siguiente (2005), cerraría su puertas al  público en Madrid:

“Se trata de un Museo con una extraordinaria riqueza de fondos, que, especialmente en aspectos como Artillería antigua, armas blancas y de fuego, colecciones como la armería de Medinaceli, o piezas como la Tizona del Cid o la espada jineta de Boabdil, y otras muchas, que harían interminable su relación, le hacen uno de los mejores del mundo. Por otra parte escenarios como el famoso Salón de Reinos, son por sí mismos piezas de Museo, y el conjunto de continente y contenido, la presencia de gloriosas Banderas y de recuerdos entrañables de nuestra Historia, ha conmovido a generaciones de visitantes que han tenido ocasión de contemplarlos. Y, desde un punto de vista museológico, se trata de un Museo de los llamados románticos (“MILITARIA”, Revista de cultura militar, nº 18, año 2004, pág. 89).

Sin causa para remover el Museo, y sin otra razón: a) para quien dio la orden de traslado que su propio criterio y capricho personal, y b) para quienes la ejecutaron, que la obediencia debida, se esperaba que, una vez en el digno y glorioso Alcázar, el Museo cumpliese  su sagrado cometido. La dolorosa y triste realidad ha sido muy otra, según describe, con su indudable autoridad, el Coronel D. J. Luis Isabel:

“Son escasos los retratos que ofrecen datos sobre los personajes que representan y lo mismo sucede con otras piezas. ¿Dónde se habla de las gestas gloriosas de nuestro Ejército, de sus victorias y derrotas en los campos de batalla, de los hechos heroicos protagonizados por nuestros soldados, de sus sacrificios y abnegación? ¿Dónde aparece el homenaje a nuestros héroes, la casi totalidad de ellos ocultos para siempre? El hecho de que se trate de un museo estatal no obliga a darle el mismo trato y sistema expositivo que el de otros museos de igual carácter. Un museo de este tipo debe saber mostrar las glorias del Ejército para que los españoles  que lo visiten se sientan orgullosos de él, y esto, siento decirlo, no se ha logrado o, lo que es peor, no se ha pretendido”. (ATENEA, nº 40 Octubre 2012, pág. 78).

Por su parte, el General Alvarez Carballa, ocho años después de su elogioso artículo sobre el Museo en su sede del Salón de Reinos,  manifiesta en una reciente entrevista:

“Un museo militar tiene que ser capaz de crear un clima, un ambiente, una emoción, de forma que, sin faltar al rigor científico o a la Historia, el visitante salga poco menos que dando Vivas a España. Me parece que no se ha conseguido. Echo en falta lo que podemos llamar emoción y, en otro orden de cosas, destacar los valores propios del Alcázar. (“MILITARES”, 96, Julio 2012, pág. 11)

Museo del Ejército, nuestro orgullo, quién te ha visto y quién te ve.

 

Alfredo García de Moya.

Octubre 2012.