La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 4)

[Continuación de la tercera parte]

En 1818 un austriaco llamado von Augustin, coronel del ejército austriaco, patentó un sistema que fue adoptado como reglamentario por dicho ejército. Utilizaba unos fulminantes dentro de unos pequeños cilindros de cobre o zinc, los cuales se introducían en el oído del cañón el cual había sido agrandado ligeramente a este fin, las mordazas del gatillo transformadas en martillo y del rastrillo se había eliminado el “fusil”, como se llama a la pala del rastrillo y del que posteriormente tomó el nombre el arma de infantería, conservando la parte inferior o “cobija” que sujetaba el fulminante y que al golpear sobre ella el martillo producía la explosión del fulminante. De este sistema Von Augustin y como armas reglamentarias de Austria el Museo tiene un fusil de Infantería Mod. 1848 y una tercerola y una pistola ambas del Mod. de 1852.

En 1816 un inglés residente en EEUU llamado Joshua Saw, pantentó el sistema que se reveló como más eficiente; consistía en unas copas cilíndricas de metal (cobre, zinc o latón) de unos cinco mm de diámetro y unos siete de longitud, en cuyo fondo se depositaba una cantidad de fulminato de mercurio sellada con una gota de goma laca para su fijación e impermeabilización. Dichos cilindros, llamados pistones, se fijaban a una pieza de acero cuyo interior estaba taladrado de parte a parte por un orificio de un mm aproximadamente. Esta pieza, llamada chimenea, se enroscaba por su parte interior a una protuberancia del cañón, llamada bombeta; una vez cargado el cañón con pólvora y munición o bala, se fijaba un pistón en la chimenea y al ser golpeado por el percutor estallaba el fulminato haciendo arder la carga y produciendo el disparo.

El Museo alberga una gran cantidad de armas cortas y largas con llave de percusión por lo que elegir una como su representación se hace difícil. Pero hay una que se destaca no por alguna peculiaridad del mecanismo, pero si por su cañón; ya se había dicho la bondad de los cañones fabricados por los arcabuceros de Madrid durante los siglos XVII, XVIII y primer tercio del XIX, los cuales se pagaron a precio de oro y que fueron falsificados en múltiples ocasiones.  El arma elegida presenta esa condición, por lo que indirectamente supone un homenaje a los Arcabuceros Madrileños; se trata de una carabina de caza centroeuropea, probablemente austriaca por su aspecto y contextura, que tiene un cañón ochavado piramidal con el brocal y la recámara dimensionados o abocinados, con siete estrías o ranuras y con las facetas o generatrices repicadas a cincel para evitar los brillos al incidir la luz en las superficies pulidas estando aún pavonadas, tiene una mira con alza de corrección micrométrica por tornillo en altura, la corrección en dirección se practica por el punto de mira bajo la regla mnemotécnica de los tiradores de precisión. Para la corrección en dirección por el alza se mueve ésta hacia adonde se quiere que vaya el tiro y por el punto moviendo éste hacia adonde va el tiro. El cañón tiene la siguiente leyenda nielada en oro “Diego Esquivel/ en Madrit/ ano de 1803”. Junto a las faltas de ortografía, Madrit y ano, Diego Esquivel, citado por Isidro Soler como arcabucero conspicuo aunque no fuera Real, murió el 26 de enero de 1732, así que como no estuviera imbuido por el espíritu del Cid que venció batallas después de muerto, según la leyenda, no es posible que Esquivel hiciera este cañón, pero en cualquier caso demuestra la importancia de los cañones de Madrid que fueron, como se ha dicho, falsificados por su bondad.

En la segunda mitad del Siglo XVIII aparecen una serie de medios técnicos, la máquina de vapor, la lanzadera mecánica, la hilandera de algodón, entre otros que provocaron la llamada Revolución Industrial. En esta fase de la historia, la tecnología da un paso de gigante y los medios de producción junta a la imaginación desbordante de muchos intelectuales, provocan una avalancha de ingenios que se traducen en avances en todos los órdenes, y como no podía ser menos, en el mundo de las armas. Lo que en unos 250 años se había mantenido con pocas variaciones, se precipitó en una catarata de distintos inventos casi atropellándose unos a otros.

En 1812 un suizo residente en París que se encontraba a la sazón trabajando en un proyecto tendente a lograr un dispositivo que permitiera dirigir a los globos con independencia del viento, patentó un modelo de culata y un cartucho que resolvía el problema, arduamente buscado desde siempre, de la carga por culata o retrocarga. Se llamaba Joanes Pauly; el sistema consistía en una culata móvil fijada por una bisagra, lo que permitía que girara sobre este eje, y que contenía una aguja percutora envuelta por un muelle espiral la cual se comprimía a voluntad y que la aguja era lanzada por el muelle con violencia cuando se apretaba la cola del disparador (en puridad armera así se llama a lo que vulgarmente se nombra como gatillo) para producir el disparo. Junto a esa culata diseñó y patentó un cartucho formado por un cilindro de cartulina que contenía la carga de pólvora, un taco de borra y la munición o la bala; el conjunto estaba sujeto en su parte posterior por un casquillo de latón que tenía un orificio en su base donde se ponía una píldora fulminante (formada por fulminato de mercurio amalgamado con goma laca). Cuando se producía el disparo merced a la presión de los gases de la pólvora el casquillo de latón se dilataba obturando totalmente la recámara e impidiendo el escape de gases por la culata.

La Sociedad de Fomento de la Industria Nacional hizo unas pruebas con este arma y concluyó que se podían hacer hasta doce disparos por minuto. Napoleón se interesó por el arma, pero como quiera que estuviera preparando la invasión de Rusia en su ánimo pesó la cuestión logística. Si para municionar a la ropa requería de X carros para armas que realizaban cuatro disparos por minuto a lo sumo, para armas que triplicaban la cadencia de juego tendrías que triplicar los carros y eso salía de sus posibilidades. Además Napoleón, que era un excelso estratega y táctico, consideraba que el arma del soldado tenía como misión principal defender psicológicamente a éste y ofender en el mismo sentido al enemigo. En el Museo y con el nº 33206 hay una magnífica escopeta de dos cañones sistema Pauly.

El sistema de Pauly se extendió ampliamente y un joven alemán, John Nickolaus von Dreyse, que había trabajado con Pauly entre 1809 y 1814 contribuyó de forma ostensible al desarrollo de las armas de retrocarga. De forma casual mientras examinaba un fulminante, descubrió lo que sería llamado el fusil de Aguja.

Needle_gun_cartridgeConsistía éste en un proyectil ovoidal que en su parte inferior, la más ancha, tenía fijado un salero (así se llamaba una pieza de madera con una concavidad semiesférica) en la que se fijaba un fulminante. En éste proyectil se introducía por la parte citada en un cartucho de papel nitrado que contenía la carga de pólvora; el arma tenía una aguja de unos 5mm, de la que sobresalía otra de unos 2 mm de grueso. La parte gruesa iba envuelta por un muelle espiral y conectada a un manubrio con pulsador al exterior del cañón; moviendo el pulsador de adelante hacia atrás la aguja retrocedía y comprimía el muelle al mismo tiempo quedando fijada al disparador por un diente; al apretar el disparador, la aguja era lanzada por la descompresión del muelle y atravesaba la carga de pólvora hasta incidir en el fulminante haciéndolo explosionar y prendiendo la carga produciendo el disparo.

De esta forma la carga ardía de adelante hacia atrás quemando toda la carga de pólvora, lo que no se producía tan completamente con las cargas tradicionales en las armas de precisión, en las que al arder la carga de atrás hacia delante ocasionaba que a veces, parte, mínima desde luego, fuera expulsada del cañón sin arder. El único inconveniente residía en que la aguja acababa torciéndose, partiéndose u oxidándose hasta quedar inútil.

Dreyse hizo aparecer este sistema entre 1827 y 1829 con una carabina de antecarga. Este modelo es difícil de encontrar pero el Museo tiene uno con el número de inventario de 33578. En 1837 lanzó un nuevo modelo con una culata móvil cilíndrica que contenía la aguja y el muelle en espiral, y que llevaba adosada un manubrio para su manejo, que por su semejanza con los usados en las puertas se le llamó cerrojo.

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[Continuará…]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte2)

[Continuación de la parte 1]

A mediados del Siglo XVI aparecen dos Llaves que utilizan para la ignición de la pólvora del cebo una piedra de sílex o pedernal sujetas entre las mordazas de una pieza móvil, que sería llamada “gatillo” por su peculiar movimiento y efectos. Son éstas las conocidas como Chenapan (del holandés Snaphaunce que viene a significar “gallina picoteando”) y la Llave Española o de Patilla, como siempre fue llamada en España.

Tradicionalmente se ha considerado a la de Chenapán como mas antigua, pero no hay hasta ahora documento fehaciente que así lo acredite. La de Patilla o Española fue coetánea de la anterior y bien pudo ser la más antigua.

Una escopeta italiana con Llave de Chenapán a la florentina y firmada por el eminente armero italiano Lazarino Cominazzo destaca en la colección del Museo; además tiene una peculiaridad que la hace reseñable amén de su cuidada construcción, y es que tiene la cureña (la extremidad posterior de lo que se conoce como culata) abatible mediante una bisagra y un pestillo que permiten plegarla para un más fácil transporte.

La Llave de Patilla o Española tenía un mecanismo similar a la anterior; se diferenciaba en que el rastrillo, en forma de L, hacía las veces de cobija, en la de Chenapán era otra pieza más, y que en el Muelle Real se situaba al exterior de la platina (chapa de acero en donde se alojaban las distintas piezas de su mecanismo) lo que tenía la ventaja de que al no estar limitado su espacio era de gran tamaño, y por ende, de suma fortaleza; la Chenapán lo tenía al interior de la pletina por lo que era más pequeño y débil, pues al tener que hacer un hueco en la caja para incrustar la Llave a la altura de la garganta de aquélla, éste no podía ser muy profundo so pena de romper la caja.

Como pieza destacable de la colección se ha elegido el fusil Reglamentario del Ejército Español Modelo 1724. El arma se reglamentó en tiempos de Felipe V y a través de la Ordenanza del Intendente D. Marcos de Aracil. Era la primera vez que se describía como debía ser el fusil para el Ejército. Hasta ese momento los Asentadores Reales (nombrados por el Rey) se encargaban de contactar con los distintos talleres de las Vascongadas para la fabricación de los arcabuces y mosquetes que se consideraban necesarios pero unificando los calibres, y para el resto del arma cada taller tenía su modelo propio.

El fusil de la colección se encontraba en la exposición de la Delegación del Museo en Toledo, de donde se trajo para unirlo a la colección de armas reglamentarias del Ejército Español. la conservación de este fusil no era buena, pues le faltaba el Rastrillo y el Muelle Real; se consiguió que un menestral metalúrgico, gran conocedor y restaurador de armas antiguas, D. Lisardo Losada Ancillo, rehiciera ambas piezas, las cuales previamente a cementar el Rastrillo y templar y revenir el Muelle Real, fueron troqueladas con una R (indicativo de reconstrucción, reproducción o réplica) haciendo constar esta circunstancia en la ficha de catalogación a la posteridad.

Uno de los pocos casos en que conocemos quién y cuando se descubrió un sistema, se produjo en la primera década del siglo XVII, cuando Marín Le Bourgeoys, armero de Lixieus, en la Normandía francesa, patentó una nueva llave de sílex, la cual era una mixtura de la de Chenapán y la Española o de Patilla. De aquella tomaba el conjunto de platina, nuez, fiador y muelle real al interior de la platina, y de la de Patilla, el rastrillo que hacía a la vez de Cobija. Intervino entonces la “Grandeur” y algunos franceses dijeron que ésta era la verdadera llave de sílex, como si las dos anteriores fueran un juguete de la señorita Pepis.

De la ingente cantidad de armas con llave de sílex a la francesa de la colección es menester destacar una por su condición de muestra del deseo permanente de lograr un sistema que, al menos, aumentara la cadencia de tiro a efectos militares. A finales del siglo XVIII y principios del XIX dos useños (useño, natural de U.S.A) llamados Joseph Belton en el siglo XVIII y mejorado en el XIX por Chambers, diseñaron y realizaron el fusil conocido como de Traca. Era un sistema ingenioso, pero como demostró su uso, con “más ruido que nueces”. Partiendo de un fusil militar, el sistema residía en lo siguiente: además de la llave correspondiente instalaba otra, del tamaño de una pistola militas. A unos 30 centímetros de ésta, se introducía una carga de pólvora reducida de la de guerra (unos seis gramos)una bala que tenía un taladro de unos dos milímetros que traspasaba la bala, el cual se rellenaba de polvorín aglomerado con goma laca para que no se saliera de él. Sobre los anteriores se introducía otra carga del mismo peso y otra bala como la anterior, y así sucesivamente hasta completar unas doce cargas. Joseph Belton informó en 1777 al Congreso de los EE.UU. que con pequeñas modificaciones se podría doblar el número de cargas. Chambers a inicios del XIX introdujo alguna mejora, como asegurar el gatillo en la posición de seguro mediante una biela que pivotaba sobre un eje fijado en la platina y con un gancho en su extremo posterior que se incrustaba en un orificio practicado en el corazón del gatillo, de forma que se aseguraba la imposibilidad de disparo mientras se cargaba el arma. Operación, como se comprende, premiosa. Una vez cargada el arma, un hábil juego de palancas hacía que se disparara la llave delantera y al arder la carga el fuego prendía el polvorín del taladro de la bala haciendo que la carga siguiente se incendiara produciendo un disparo nuevo, y así sucesivamente hasta agotar todas las cargas.

El sistema, si bien ingenioso, adolecía de varios inconvenientes, pues una vez que se disparaba el primer tiro, no había quién los interrumpiera, con la consiguiente tortura del tirador que tenía que sufrir los sucesivos y violentos culatazos. Amén de que solo conseguiría regar de balas la provincia, porque las posibilidades de precisión, de por si febles con un arma de ánima lisa, se multiplicaban únicamente un defecto en la carga. O alguna mecha inserta en las balas que no ardiera paraba la traca de disparos, lo que inutilizaba el arma momentáneamente. Ya Belton había dicho que una vez disparada la traca de cargas, el arma podía utilizarse de forma convencional, como un fusil monotiro.

Indudablemente el efecto psicológico se conseguía. Disparar tal número de balas ininterrupidamente debería producir cierto espanto, cuando en la época solo se lograban hacer hasta cuatro disparos por minuto como máximo. Por último, se hace necesario señalar que de este tipo de armas solo han llegado dos hasta nuestros días, al menos hasta el momento. Una se encuentra en el Arsenal de Woolwich en Inglaterra, el cual está hecho a partir de un fusil militar inglés Brown Bess, y otro en la colección del Museo, siglado con el número de inventario 2164, hecho a partir de un fusil reglamentario francés modelo Año XVIII, que incomprensiblemente no está expuesto en el Nuevo Museo de Toledo al tratarse de una pieza prácticamente única.

Belton también diseñó y realizó un cañón de traca. Se componía de un haz de cañones (unos cinco) intercomunicados, de forma que al dar fuego a uno, éste se comunicaba a los restantes, pudiendo lanzar alrededor de cuarenta proyectiles en unos breves segundos. Al día de hoy solo han llegado dos cañones con este sistema, uno se encuentra en Lieja en un Museo, y el otro, como prueba incontrovertible de su importancia, se encontraba en la Exposición de la Delegación del Museo del Ejército de Madrid en Toledo. Se componía de un haz de cinco cañones de unos 3,5 centímetros de calibre, sujetos en una horquilla sobre la que podían pivotar para su manejo y puntería.

[continuará]