La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (Final))

El sistema de bala-cartucho  dio origen a una famosa saga de armas: los Winchester. Sus antecedentes más cercanos comienzan cuando en 1822, Walter  Hunt, nacido en el Estado de Nueva York se afinca en Brooklin. Toda su vida trabajó con plena intensidad  e imaginación en sus innumerables inventos,  que pese a ello y ellos, fue pobre de solemnidad, hasta el punto que murió en la miseria, literalmente de hambre, en 1859. En 1846 patentó un proyectil cilindrocónico con la base hueca en la que se situaba la carga de pólvora y se cerraba dicha base con un taponcito de corcho con un orificio en el centro para permitir el paso de las llamas al explotar el fulminante, el arma tenía una culata con una aguja percutora envuelta por un muelle espiral, movida por una palanca y con un tubo bajo el cañón para contener las balas. Un experto mecánico, Lewis Jennings, mejoró el mecanismo. Un tal Palmer consiguió la patente y Horace Smith y Daniel Wesson se asociaron con él y tras mejorarla, sacaron las correspondientes  licencias y comenzaron su fabricación.

    Según un catalogo  de EE.UU. de armas de ese país, solo quedan en el mundo alrededor de 26 Hunt_Jennings por lo que el Museo retiene un porcentaje notable de este arma.

                       

      Un grupo capitalista, entre los que estaba un camisero llamado Oliver Winchester, totalmente profano en armas pero dotado de un gran sentido de la publicidad y de las finanzas, compró la fábrica que se había creado en Norwich (Connecticut), los que crearon una compañía que se llamó “Volcanic Repeating Arms Company” y se dedicó a la fabricación de pistolas y carabinas de un modelo basado en el Jennings, que se llamó Volcanic; la cavidad inferior de las balas la aprovecharon para situar en ella un potente fulminante de fuego anular, pero la escasa potencia de los proyectiles y dificultades financieras llevaron a Ia quiebra a Ia Volcanic. Lo que fue aprovechado por Oliver Winchester para adquirirla. Nombró  director a Benjamin Tyler Henry,el cual en poco tiempo logró desarrollar un  cartucho de 44 centésimas de pulgada ( 11,17 m/m ) de calibre, de fuego anular y con  vaina de cobre que iban marcadas con una H en el culote, en honor de Henry.

En 1862 lanzó una carabina denominada Henry, la del Museo tiene el nº de inventario 4541. Hijo directo de esta fue el modelo 1866, conocida como Yellow Boy, en el mismo calibre 44 Henry y poco después  en44/40- Siguieron los modelos de los años 1873,1886,1892, 1894 y 1895,que fue el último de la saga de palanca y hecho para el Ejército con cargador lineal Mannlicher

en lugar del tradicional tubular, naturalmente de cada uno de los citados hay un ejemplar en la colección, incluyendo las réplicas hechas en España del modelo de 1892 por Charola y Anitua en Eibar y la réplica del modelo 1873 hecha en Oviedo para la Guardia Real y el 14 Tercio de ía Guardia Civil, éste tenía la característica de que la caña de la caja llegaba hasta el brocal, como el modelo que fué reglamentario para la Policía Montada del Canadá, en el calibre 44/40

   EI cargador tubular permitió la aparición de las armas, antes reseñadas, pero es menester dedicar un párrafo a un arma que supuso un hito en la retrocarga y repetición el arma diseñada por Cristopher M. Spencer. En el 6 de marzo de 1860 patentó un fusil de retrocarga y repetición con cargador tubular para siete tiros a introducir por la cureña, que funcionaba merced a una palanca que también hacía de guardamonte, como en Ios Henry, Volcanic y Winchester. En el Museo existen varios Spencer como el señalado con el nº 4208.

La aparición de sistemas de retrocarga se intensificó y en pocos años fueron multitud de ellos los que aparecieron a cual más eficaz. Los llamados Allin y Berdan, del nombre de sus inventores ambos useños, y consistían en recortar la recámara e implantar una culata móvil unida por una bisagra al Cañón y que contenía una aguja percutora y una uña para extraer el cartucho percutido y un muelle que se comprimía al cerrarla sobre el cañón y que cuando se levantaba se distendía expulsando la vaina percutida. Este sistema fue adoptado por el Ejército Español para transformar las armas reglamentarias de antecarga y pistón de los modelos de tercerola y mosquetón de 1857 y el fusil de infantería de 1859 a retrocarga por cartucho metálico y pistón en 1867. Similares a éste sistema fueron los Wanzl y el Werndl, ambos austriacos, de los que, como los que se citarán acto seguido, existen modelos en la colección.

      Los ingleses adoptaron el Snider de culata de bisagra pero que ésta rotaba lateralmente y que fue usado en el fusil reglamentario de 1866 en calibre de 577 milésimas de pulgada (14,65 mm ).

     Un modelo intermedio, pues usaba cartucho de papel nitrado y chimenea para pistón fué el Westley_ Richard de 1866, que fue conocido como de cola de mono y que fué hecho para los Yeomanry o Alabarderos Reales.

     En el 1871 Inglaterra adoptó el fusil de culata deslizante y cartucho metálico en el calibre de 450 milésimas de pulgada (11,43 mm.) diseñado por el mecánico suizo Friedrich von Martini y con el rayado del inglés Alexander Henry, llamado Martini_Henry. Una variante de éste modelo fue el portugués Guedes en calibre de 8 mm.

     En EE.UU. con motivo de la Guerra de Secesión se generó un aluvión de sistemas y de armas ingente, de lo que nos dará idea el hecho de que cuando empezó algunas unidades tenían todavía armas de silex o pedernal y acabó con la retrocarga, la repetición y la ametralladora mecánica, las famosas Gattlin. De entre esa vorágine destaca el sistema Remington de “culata giratoria o de rotación retrograda”. Fué desarrollado en la fábrica del mismo nombre por los ingenieros Leonard Geiger y Joseph Kider, y consistía en que la culata y el percutor estaban asentados en dos robustas piezas circulares secantes, de forma que cuando el sector secante de una entraba en la otra ambas piezas quedaban bloqueadas de forma que cuanto más fuerte fuera la presión más intensa sería la unión. La Junta Superior Facultativa del Ejército Español declaró, tras intensas pruebas, el 24 de febrero de 1871, reglamentario al fusil Remington. En 23 de diciembre de 1874 se adoptó el Modelo de Mosquetón Rayado para Artillería e Ingenieros. En el 13 de abril de 1889 se aprobó el llamado Fusil de Rayado de Retrocarga Modelo 1871-1889,  debido a las reformas proyectadas por el Teniente Coronel D. Luis Freire y el Comandante D. José Brull, que consistía en reformar el cartucho abotellado del Mod. 1871 por otro de forma ligeramente tronco-cónica y una nueva bala blindada con una envuelta de latón cobreado, una carga de 4,75 grm. de pólvora negra wesfaliana y dando a las estrías un paso de na vuelta en 55 cm, todo ello encaminado a lograr unos mayores alcances, precisión y velocidad para el proyectil.

      El alemán Pedro Pablo Mauser, el menor de trece hermanos, nacido en junio de 1832, hijo de un maestro de armas de la Real Fábrica de Wurtemberg, comenzó a trabajar en 1852 en dicha fábrica y junto a su hermano Guillermo  dedicaron un tiempo al estudio de un arma de retrocarga, sin llegar a un final práctico. Trabajó después, con von Dreyse, en ese tiempo, basándose en su fusil, diseñó una nueva culata móvil de cerrojo del que eliminó la aguja larga y un cartucho metálico de fuego central con un calibre de 11 mm. Tras varias experiencias financieras y societarias regresaron ambos a Obendorf de Neckar de donde eran originarios y lograron que el Ejército alemán adoptara su fusil como reglamentario con un pedido de cien mil fusiles, lo que les permitió adquirir la fábrica de Oberndorf. En 1897 se asociaron con la Fábrica Alemana de Armas y Municiones de Berlin (D.W.U.M.F) . Con el nº 49l7 la colección exhibe un Mauser 1871. En 1884 Ianzaron un modelo con cargador tubular bajo el cañón y en 1898 el último con cargador en el cajón de mecanismos para cinco cartuchos al tresbolillo, el cual había sido diseñado en el Polígono de Experiencias Militares de Madrid durante el año 1892 mientras se mejoraba el modelo de Mauser español de ese mismo año como se verá.

        Por Real orden de 3l de marzo de 1888 se creó la Comisión Mixta de Armas Portátiles de Fuego al objeto de buscar y seleccionar el que se considerará el mejor sistema de cierre y repetición para las armas portátiles para el Ejército Español.  Por Real Decreto de 2 de diciembre de 1891 se disponía hacer pruebas con diversas armas de varios calibres y sistemas por el Rgto de Saboya  nº 2 y el Batallón de Puerto Rico nº 19, tras ellas se dispuso que se adoptara el fusil Mauser de 7 x57 mm.y de acuerdo con por dicha empresa se denominó Fusil Mauser Español 1892. No obstante y tras los primeros modelos fabricados, siguieron las experiencias para la mejora de éste y en 7 de diciembre de 1983 se aprobó el que se denominó Fusil Mauser Español modelo 1893: difería del 1892 en que en lugar de tener un cargador lineal Manliiher para cinco cartuchos , premioso de carga pues había que retirarlo del fusil y cargar uno a uno los cartuchos en el cargador, se practicó un hueco bajo el cañón de mecánismos en tresbolillo que fué el que Ia casa Mauser utlizó para sus Modelos del 1898. Por Real Orden de 18 de julio de 1895 se fabrica la llamada Carabina Mauser Española Modelo 1895 para plazas montadas y por ReaI orden de 14 de noviembre de 1916 se crea el Mosquetón modelo de 1916.

      Casi coetáneamente fueron apareciendo diversos sistemas de retrocarga por cerrojo en diversos países cuales: en Francia el Chassepot monotiro en l866 y en el mismo país el Gras modelo 1874 y el Kropatschek con cargador tubular bajo el cañón en 1878, también en Francia y en 1886 el fusil Lebel, primero en utilizar pólvora sin humo, por lo que redujo su calibre a 8mm. dado las mayores presiones que esta pólvora originaba sobre la negra tradicional, y  el Berthier, en 1890, también en 8 mm de calibre, de todos ellos hay representación en el Museo.

      En Italia, en 1871 apareció el fusil Vetterli monotiro y en l887 el Vetterli_Vitali con cargador lineal; por último en 189l el Carcano_Paravicino  en calibre 6,5 x 53.

      En Austria el Mannlicher de tracción recta y cargador lineal. Mannlincher modelo l884, del que existe representación en el Museo

     En Inglaterra en 1888 adoptaron el Lee_Metford Mark 1, en calibre 303 milésimas de pulgada (7,69mm.)

     En Rusia en 1869 el Berdan II monotiro y de culata de cerrojo, y en 1891 el Mosin _Nagant.

       En Holanda el Beaumont monotiro y en 1888 el Beaumont_Vitali.

   En Dinamarca el Krag_Jorgensen en 8 mm. de calibre y el mismo fusil fué adoptado por los EE.UU, en 1892  en el calibre 30/40 (7,62mm. y 2,59 grm. de carga de pólvora). Este fusil tenía la particularidad de que la carga de la munición se hacía por el lateral derecho del cajón de mecanismos por medio de una trampilla con manubrio, lo que hacía la operación premiosa.

      En Japón, país que pasó sin transición de la mecha o serpentín y antecarga a la retrocarga monotiro  y cartucho metálico, en 1880 con el Murata monotiro,en 1887 con el mismo pero con cargador tubular bajo el cañón y en 1894 con el Arisaka_Meiji de 6,5 mm.de calibre y modificado en 1899 a7,7 mm. De todos los modelos reseñados últimamente hay la correspondiente representación en el Museo.

      Parece menester hacer relación de algunos proyectos de fusiles diseñados por españoles, que si no fueron declarados reglamentarios si merecen reseña por lo que aportaban como novedad en su momento; todos ellos fueron diseñados con el ob¡eto de ser adoptados para el Ejército Español, pero, por diversas causas no fueron aceptados: así el Núñez de Castro, de expulsión automática de las vainas al abrir la culata, el García Saéz, de culata giratoria, el La Rosa, de los denominados de caja partida, por cuanto el cañón y la caña giraban hacia el lado derecho para permitir la introducción del cartucho. El Núñez de Castro usaba cartucho metálico y los de García Saéz y La  Rosa eran para cartucho de papel nitrado y pistón con chimenea.

     En 1907 el Coronel Mondragón del ejército mejicano, patenta el primer fusil semiautomático por toma de gases del mundo, en el calibre del español 7×57 y con cargador lineal Manlicher, le llamó como al Presidente de su país a la sazón, Porfirio Díaz.     En esta fugaz visión de una magistral colección se ha tratado de reflejar en estas líneas, pero con el temor de la evidencia de no solo haber dejado mucho en el tintero, sino con tinteros sin abrir, pero dada la abultada cantidad de piezas de la colección y la limitación de capacidades del que suscribe, sólo se ha podido dar un sucinto y empobrecido reflejo de la realidad.

                                                                 Madrid, 10 de octubre de 2014

Fdo. Iosé Borja Pérez ,

 

 

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 5)

 

Colt soldado

COLT

En 1836 el useño (useño natural de U.S.A.) Samuel Colt patentó el primer revolver de percusión. Una especie de Leyenda Urbana establece que Colt inventó el revolver. Nada más lejos de la realidad. Seguir leyendo “La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 5)”

La ampliación del Prado y sus daños

El proyecto

José María Aznar va a protagonizar una iniciativa contra el Patrimonio Nacional, nada más llegar a la Presidencia, de suma importancia. La operación conocida como la ampliación del Museo del Prado va a tener dos damnificados: el barrio del los Jerónimos y el Museo del Ejército.

Fue presentada a la opinión pública, como una necesidad de espacio para exponer las pinturas almacenadas en los sótanos de la pinacoteca. Una vez terminada el director Zugaza en un arranque de sinceridad, que bien podría haber tenido antes de iniciarse la misma, señalaba que “no sabía qué utilización dar a la antigua sede del Museo del Ejército”.

el-cubo-de-moneoLos ladrillos del cubo de Moneo en los Jerónimos, se erigen con una palmaria falta de sensibilidad artística, y lo que es peor aún, soslayando la ley del Patrimonio que protege el monumento. Tampoco se tiene en cuenta la opinión mayoritariamente contraria de los vecinos del barrio, ni de arquitectos y urbanistas como Foster o Lamela que son ajenos al sustancioso negocio que supone la obra para aquellos que están bien conectados con el Patronato del Prado.

En lugar de planificar un crecimiento armónico, sin dañar el entorno o a otros sectores de nuestra cultura, como hubiera sido ampliar por el subsuelo del jardín Botánico. De manera similar a como se amplió el museo de Bruselas o el Louvre. Se optó por la peor solución practicar el canibalismo artístico y laminar dos joyas de nuestro patrimonio. Todo ello sin reparar en gastos, para la mayor gloria y vanidad de unos políticos cuya incultura solo es superada por su incompetencia.

La Justificación

Sala del Museo en Madrid 2A falta de espacio expositivo, para el Museo del Prado, era preciso presentar una razón constructiva que justificara el traslado del Museo del Ejército de su sede. La recuperación del Salón de Reinos, del palacio del Buen Retiro, fue la idea propuesta. Para ello Aznar contó con la inestimable colaboración de dos prestigiosos hispanistas: J.Brown y J.H. Elliott.

Ambos en un ejercicio de arqueología palaciega, basándose en el relato del comerciante inglés Robert Bargrave que lo visitó en el invierto de 1954 – 55, establecen la hipótesis de la existencia de una balconada interior que circunvalaba todo el Salón y permitía la celebración de obras teatrales, dándole así a la estancia una doble utilización: salón del trono por el día, y corral de comedias por la noche, algo similar a “Belle de Jour”. Esta “recuperación” fue recibida de manera entusiasta por el Gobierno, con Miguel Ángel Cortés oficiando de ponente.

Existen numerosos elementos que permiten rechazar la hipótesis anterior:

  • No es plausible que el salón del trono sea utilizado como teatro, cuando sabemos la existencia de una estancia as hoc, el coliseo, a pocos metros y dentro del palacio “los reyes se entretienen en el Buen Retiro oyendo las comedias en el coliseo” (Pellicer, Avisos históricos Semanario Erudito 1640).
  • Tampoco era el Buen Retiro una construcción que tuviera falta de espacio y esa doble utilización iba contra la etiqueta y protocolo de la Casa de Borgoña y si se tiene en cuenta el comportamiento de la época en esas representaciones “en la cazuela de las mujeres han echado entre ellas ratones en cajas… y las damas se entretenían tirando huevos plateados llenos de agua de olor…” (Pellicer Op. Cit.)
  • La existencia de una balconada hubiera reducido el Salón de Reinos en lugar de engrandecerlo y la circulación de personas no hubiera sido posible a causa de la etiqueta (cubiertos ante el Rey solo los Grandes de España y por encima de él, nadie).
  • Los cuadros de Zurbarán no cabrían en el espacio existente entre balcones y ventanas si se añade una balconada interna.
  • “Los reyes estaban en la eminencia de las puertas” (Manuel Gallegos, Silva topográfica 1637), es decir sobre las puertas y no junto a ellas como les coloca Brown y Elliott, para poder poner su balconada.
  • Brown y Elliott justifican que Bargrave en su relato no haga mención de las pinturas del Salón “porque en invierno éstas solían sustituirse por tapices en los palacios españoles”. No obstante, si se continua con el relato “se ve que hay otra larga galería con gran copia de pinturas”. Por ello es difícil de aceptar, que siendo el principal motivo decorativo del Salón de Reinos los retratos reales, las pinturas de batalla y los trabajos de Hércules de Zurbarán; fueran sustituidos por tapices en invierno y no ocurriese lo mismo con otras estancias menos representativas del palacio. Sería renunciar la mitad del año al mensaje subliminal que se quería trasmitir a los embajadores y enviados extranjeros a través de las pinturas.  Objetivo principal del Conde-Duque y como lo realizó Velázquez al decorar el Salón.
  • Antonio Ponz en su obra Viaje de España (1793), en la parte dedicada a los Reales Sitios no hace ninguna mención a la balconada siendo por otra parte un relato pormenorizado y meticuloso de todo aquello que es reseñable en los diferentes palacios. Tampoco Gallegos (1637), Conca (1797), Mesonero Romanos (1867), Elías Tormo (1912), Marañón (1940), y Pantorba (1955) encontramos la menor referencia a la balconada interior.
  • El conde de Maule en su obra Viaje por España, Francia e Italia (1812), describe con detalle el Salón de Reinos en la época que lo visitó, 1812, se llamaba Sala de Cortes al encontrarse entonces el Salón del Trono en el palacio de Oriente. No menciona ninguna balconada interior en dicho espacio, aunque más adelante al hablar del teatro de palacio (coliseo) dice textualmente “la platea es de bastante extensión, circuida de cinco órdenes de palco, con su balaustrada, doradas”. No es lógico que describa con todo detalle las balaustradas de un teatro, cuya existencia es normal, para pasar por alto “otra” en el antiguo Salón del Trono, cuya construcción hubiera sido completamente novedosa.

Todos estos autores reseñan meticulosamente el palacio de Buen Retiro, y sus testimonios además de coincidir entre sí, coinciden también con las principales fuentes del siglo XVII que poseemos: Manuel Gallegos y J. Pellicer. Testimonios que están en consonancia con la costumbre en la construcción de los palacios en España y la etiqueta borgoñona de uso en la corte. EN resumen, todas ellas son más fiables que el relato de un comerciante inglés, en el que se basan Brown y Elliott para sustentar su hipótesis. Lo más sorprendente, es que los elementos indicados estaban al alcance de estos autores si se hubieran molestado lo más mínimo en buscarlos.

La recuperación del Salón de Reinos supondría una inversión cuantiosa en un proyecto con escaso valor cultural, aunque sí curioso. Por un lado sería preciso trasladar varias pinturas desde el Museo del Prado: 6 de Velázquez (los 5 reales y la rendición de Breda), los 11 de Zurbarán, 2 de Leonardo, 1 de Pereda, 1 de Mayno, 3 de Carducho, 1 de Castello y 1 de Cajés.

Todas las pinturas fueron pintadas para dar una impresión de conjunto, pues lo importante era el mensaje político, no su contemplación singular. Por ello la parte inferior de los cuadros de batalla y de los trabajos de Hércules están por encima del dintel de las puertas. Si se coloca la balconada propuesta por ambos autores, los cuadros bajan y su contemplación es acorde a nuestra época, pero no con la ideada con Velázquez en el siglo XVII. Aquí reside la curiosidad del proyecto, construyendo la balconada interna se logra la contemplación singular de las pinturas, aunque construyendo el Salón de Reinos que nunca existió.

Un Poco de Historia

El museo a pesar de su denominación no es propiedad del Ejército de Tierra, sino que como todos los museos nacionales sus titularidad pertenece al pueblo español.

Fue el primer museo nacional que se fundó en España en 1803. Ocupó unas estancias del palacio de Monteleón, colindante con el parque de Artillería.

Cinco años después, el 2 de mayo, los soldados allí destinados se unirían al pueblo de Madrid para enfrentarse a las tropas napoleónicas de ocupación. La mayor parte de ellos sucumbirían en el intento, los restantes serían fusilados al día siguiente en las tapia del Retiro. Este solo hecho lo hace único. Es el único museo existente en el mundo, que con su personal y sus fondos se ha enfrentado a un invasor. No obstante su importancia cultural no radica únicamente en este retazo de nuestra historia sino en la calidad de los fondos que posee, más de 33.000.

En 1813 tiene lugar la huida de España del rey José I y en su equipaje traslada a Francia el mayor expolio cometido contra nuestro patrimonio cultural de toda nuestra historia. Un año después el museo será instalado en el palacio de Buenavista, antigua residencia de Godoy. El general Espartero, después del abrazo de Vergara decide instalarse allí y los fondos del museo se colocaron en la crujía norte del palacio de Buen Retiro. Era lo único que quedaba en pie, además del Casín y la iglesia de los Jerónimos, después del paso de los franceses por Madrid y de utilizar como cuadras para la caballería de Murat el palacio que el Conde-Duque ofreció a Felipe IV

La formación, consolidación y crecimiento del museo tiene lugar en el siglo más difícil de nuestra historia, en las condiciones más adversas que imaginarse puedan. En cien años, España atraviesa por: tres guerras civiles, cuatro abdicaciones, un derrocamiento, una república, dos instauraciones monárquicas, dos restauraciones borbónicas, siete constituciones, dos invasiones extranjeras, la pérdida del imperio americano y de oriente, una guerra con EEUU, cuatro regencias y numerosos pronunciamientos militares.

Catálogo impresionante de inestabilidad política que obliga a rendir testimonio de admiración a todos aquellos que con su trabajo lo hicieron posible y que fueron capaces de salvaguardar y legarnos un Patrimonio Histórico de incalculable valor. Cuya conservación y transmisión a las sucesivas generaciones nos corresponde, ineludiblemente, hoy a nosotros.

Al poseer este museo el carácter y contenido de la historia general de España, su sede natural es la capital de la nación. Además existe otra razón y es que llevaba en ella más de 200 años y los museos no son circos para trasladarlos de ciudad en ciudad. Hasta la fecha nadie ha dado una razón cultural que justifique su traslado. Había otras opciones para incrementar el espacio del museo del Prado y el proyecto para la “recuperación” del Salón de Reinos, como he demostrado más arriba se sustentaba en una falsedad, eso sí avalada por dos prestigiosos hispanistas a quienes el Consejo de Ministros condecoró por si consejo con dos Grandes Cruces. Lo que cobraron lo desconozco. Por todo ello, creo que sería justo darle al señor Aznar el segundo puesto en la lista de expoliadores de nuestro Patrimonio Nacional, que hemos tenido a lo largo de nuestra historia, justo detrás del rey José I.

El Traslado

ihycm-2834-b-gExiste un aforismo que señala que el traslado de un museo equivale a la mitad de un incendio. Contemplando lo sucedido con la Tizona, con la colección de Medinaceli, con la hoploteca y con la colección de artillería; no puede tildarse de exagerado el aforismo anterior.

Nadie ha dado una razón plausible que justifique el traslado a Toledo, ni de su ubicación en el Alcázar. El único dato que poseo es que el alcalde de Toledo en la época era también compañero de estudios de Aznar. Según pasan los años parece confirmarse que el que después sería Presidente del Gobierno, en su juventud iba con malas compañías.

El Alcázar de Toledo ya tenía su propio museo de historia militar, además del pequeño museo en torno al asedio que sufrió en los inicios de la última guerra civil.

La decisión del traslado es, en mi opinión, un error que presenta múltiples aspectos:

  • El urbanístico. la obra de ampliación ha desvirtuado el espacio de la plaza de Zocodover. Toledo es patrimonio de la humanidad, concedido por UNESCO, al igual que en Madrid con el barrio de los Jerónimos se ha vulnerado la legislación que protege a la ciudad de obras que no estén debidamente avaladas. Las autoridades municipales y autonómicas, de ambas ciudades, han prestado su colaboración entusiasta a estos dos desafueros.
  • El arqueológico. Al removerse yacimientos celtas, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos de una manera nada ortodoxa.
  • La económica. Al situar a gran parte del museo en el subsuelo del Alcázar y pegado al cauce del Tajo, será necesario invertir una gran cantidad de recursos para conservar unos fondos, que en su mayor parte son metálicos o textiles. Una elección por encima del suelo y alejada del río hubiera sido más idónea.
  • La política. Ubicar el principal museo de la historia de España en uno de los edificios más emblemáticos, de uno de los bandos contendientes de la última guerra civil, todavía no superada, provocará rechazo. Un museo de historia debe aspirar a ser un lugar de encuentro, no de confrontación.
  • La museológica. En su sede anterior las piezas expuestas eran unas 27.000, en Toledo son 6500 y los criterios expositivos no son didácticos, sino estéticos.

Si se hubieran utilizado adecuadamente los magníficos yacimientos arqueológicos encontrados en el Alcázar. Podría haberse ideado un museo sobre la evolución cultural de la península ibérica, a partir de las diferentes técnicas de fortificación que poseían las civilizaciones que pasaron por Toledo. Ese museo de nueva planta y concepción, sí hubiera enriquecido el patrimonio toledano y nacional en lugar de deteriorarlo.

La salida del Museo del Ejército de Madrid ha significado privar al eje Prado Recoletos de un patrimonio que tiene desde hace más de 200 años, y lo que es peor dividir unas colecciones y perder unos fondos que son insustituibles. Además su nueva ubicación causará un efecto negativo y perdurable sobre la percepción que algunos ciudadanos tienen de sus Fuerzas Armadas.

Diego Camacho López-Escobar

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte 4)

[Continuación de la tercera parte]

En 1818 un austriaco llamado von Augustin, coronel del ejército austriaco, patentó un sistema que fue adoptado como reglamentario por dicho ejército. Utilizaba unos fulminantes dentro de unos pequeños cilindros de cobre o zinc, los cuales se introducían en el oído del cañón el cual había sido agrandado ligeramente a este fin, las mordazas del gatillo transformadas en martillo y del rastrillo se había eliminado el “fusil”, como se llama a la pala del rastrillo y del que posteriormente tomó el nombre el arma de infantería, conservando la parte inferior o “cobija” que sujetaba el fulminante y que al golpear sobre ella el martillo producía la explosión del fulminante. De este sistema Von Augustin y como armas reglamentarias de Austria el Museo tiene un fusil de Infantería Mod. 1848 y una tercerola y una pistola ambas del Mod. de 1852.

En 1816 un inglés residente en EEUU llamado Joshua Saw, pantentó el sistema que se reveló como más eficiente; consistía en unas copas cilíndricas de metal (cobre, zinc o latón) de unos cinco mm de diámetro y unos siete de longitud, en cuyo fondo se depositaba una cantidad de fulminato de mercurio sellada con una gota de goma laca para su fijación e impermeabilización. Dichos cilindros, llamados pistones, se fijaban a una pieza de acero cuyo interior estaba taladrado de parte a parte por un orificio de un mm aproximadamente. Esta pieza, llamada chimenea, se enroscaba por su parte interior a una protuberancia del cañón, llamada bombeta; una vez cargado el cañón con pólvora y munición o bala, se fijaba un pistón en la chimenea y al ser golpeado por el percutor estallaba el fulminato haciendo arder la carga y produciendo el disparo.

El Museo alberga una gran cantidad de armas cortas y largas con llave de percusión por lo que elegir una como su representación se hace difícil. Pero hay una que se destaca no por alguna peculiaridad del mecanismo, pero si por su cañón; ya se había dicho la bondad de los cañones fabricados por los arcabuceros de Madrid durante los siglos XVII, XVIII y primer tercio del XIX, los cuales se pagaron a precio de oro y que fueron falsificados en múltiples ocasiones.  El arma elegida presenta esa condición, por lo que indirectamente supone un homenaje a los Arcabuceros Madrileños; se trata de una carabina de caza centroeuropea, probablemente austriaca por su aspecto y contextura, que tiene un cañón ochavado piramidal con el brocal y la recámara dimensionados o abocinados, con siete estrías o ranuras y con las facetas o generatrices repicadas a cincel para evitar los brillos al incidir la luz en las superficies pulidas estando aún pavonadas, tiene una mira con alza de corrección micrométrica por tornillo en altura, la corrección en dirección se practica por el punto de mira bajo la regla mnemotécnica de los tiradores de precisión. Para la corrección en dirección por el alza se mueve ésta hacia adonde se quiere que vaya el tiro y por el punto moviendo éste hacia adonde va el tiro. El cañón tiene la siguiente leyenda nielada en oro “Diego Esquivel/ en Madrit/ ano de 1803”. Junto a las faltas de ortografía, Madrit y ano, Diego Esquivel, citado por Isidro Soler como arcabucero conspicuo aunque no fuera Real, murió el 26 de enero de 1732, así que como no estuviera imbuido por el espíritu del Cid que venció batallas después de muerto, según la leyenda, no es posible que Esquivel hiciera este cañón, pero en cualquier caso demuestra la importancia de los cañones de Madrid que fueron, como se ha dicho, falsificados por su bondad.

En la segunda mitad del Siglo XVIII aparecen una serie de medios técnicos, la máquina de vapor, la lanzadera mecánica, la hilandera de algodón, entre otros que provocaron la llamada Revolución Industrial. En esta fase de la historia, la tecnología da un paso de gigante y los medios de producción junta a la imaginación desbordante de muchos intelectuales, provocan una avalancha de ingenios que se traducen en avances en todos los órdenes, y como no podía ser menos, en el mundo de las armas. Lo que en unos 250 años se había mantenido con pocas variaciones, se precipitó en una catarata de distintos inventos casi atropellándose unos a otros.

En 1812 un suizo residente en París que se encontraba a la sazón trabajando en un proyecto tendente a lograr un dispositivo que permitiera dirigir a los globos con independencia del viento, patentó un modelo de culata y un cartucho que resolvía el problema, arduamente buscado desde siempre, de la carga por culata o retrocarga. Se llamaba Joanes Pauly; el sistema consistía en una culata móvil fijada por una bisagra, lo que permitía que girara sobre este eje, y que contenía una aguja percutora envuelta por un muelle espiral la cual se comprimía a voluntad y que la aguja era lanzada por el muelle con violencia cuando se apretaba la cola del disparador (en puridad armera así se llama a lo que vulgarmente se nombra como gatillo) para producir el disparo. Junto a esa culata diseñó y patentó un cartucho formado por un cilindro de cartulina que contenía la carga de pólvora, un taco de borra y la munición o la bala; el conjunto estaba sujeto en su parte posterior por un casquillo de latón que tenía un orificio en su base donde se ponía una píldora fulminante (formada por fulminato de mercurio amalgamado con goma laca). Cuando se producía el disparo merced a la presión de los gases de la pólvora el casquillo de latón se dilataba obturando totalmente la recámara e impidiendo el escape de gases por la culata.

La Sociedad de Fomento de la Industria Nacional hizo unas pruebas con este arma y concluyó que se podían hacer hasta doce disparos por minuto. Napoleón se interesó por el arma, pero como quiera que estuviera preparando la invasión de Rusia en su ánimo pesó la cuestión logística. Si para municionar a la ropa requería de X carros para armas que realizaban cuatro disparos por minuto a lo sumo, para armas que triplicaban la cadencia de juego tendrías que triplicar los carros y eso salía de sus posibilidades. Además Napoleón, que era un excelso estratega y táctico, consideraba que el arma del soldado tenía como misión principal defender psicológicamente a éste y ofender en el mismo sentido al enemigo. En el Museo y con el nº 33206 hay una magnífica escopeta de dos cañones sistema Pauly.

El sistema de Pauly se extendió ampliamente y un joven alemán, John Nickolaus von Dreyse, que había trabajado con Pauly entre 1809 y 1814 contribuyó de forma ostensible al desarrollo de las armas de retrocarga. De forma casual mientras examinaba un fulminante, descubrió lo que sería llamado el fusil de Aguja.

Needle_gun_cartridgeConsistía éste en un proyectil ovoidal que en su parte inferior, la más ancha, tenía fijado un salero (así se llamaba una pieza de madera con una concavidad semiesférica) en la que se fijaba un fulminante. En éste proyectil se introducía por la parte citada en un cartucho de papel nitrado que contenía la carga de pólvora; el arma tenía una aguja de unos 5mm, de la que sobresalía otra de unos 2 mm de grueso. La parte gruesa iba envuelta por un muelle espiral y conectada a un manubrio con pulsador al exterior del cañón; moviendo el pulsador de adelante hacia atrás la aguja retrocedía y comprimía el muelle al mismo tiempo quedando fijada al disparador por un diente; al apretar el disparador, la aguja era lanzada por la descompresión del muelle y atravesaba la carga de pólvora hasta incidir en el fulminante haciéndolo explosionar y prendiendo la carga produciendo el disparo.

De esta forma la carga ardía de adelante hacia atrás quemando toda la carga de pólvora, lo que no se producía tan completamente con las cargas tradicionales en las armas de precisión, en las que al arder la carga de atrás hacia delante ocasionaba que a veces, parte, mínima desde luego, fuera expulsada del cañón sin arder. El único inconveniente residía en que la aguja acababa torciéndose, partiéndose u oxidándose hasta quedar inútil.

Dreyse hizo aparecer este sistema entre 1827 y 1829 con una carabina de antecarga. Este modelo es difícil de encontrar pero el Museo tiene uno con el número de inventario de 33578. En 1837 lanzó un nuevo modelo con una culata móvil cilíndrica que contenía la aguja y el muelle en espiral, y que llevaba adosada un manubrio para su manejo, que por su semejanza con los usados en las puertas se le llamó cerrojo.

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[Continuará…]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte3)

 

[Continuación de la segunda parte]

En la primera década del Siglo XIX, un pastor de la Iglesia Escocesa, llamado Alexander John Forsyth, gran aficionado a la caza de becacinas, volvía a su casa con la percha vacía, casi como de costumbre; tenía una magnífica escopeta de Londres con llave a la francesa provista de cazoleta antihumedad que aseguraba la estanqueidad de ella, pero la alta humedad relativa de Escocia, país en el que en ocasiones no llueve, hacía que el polvorín de la cazoleta se humedeciera, al ser la pólvora negra tan higroscópica como un terrón de azúcar, de forma que cuando disparaba y pese a que era un cazador avezado y “corría la mano” para predecir el tiro, las avisadas becacinas, de vuelo vivaz, impredecible y capaces de giros radicales, en cuanto veían el humo de la cazoleta al arder el polvorín daban un tornillazo en su vuelo haciendo casi imposible abatirlas, y ello porque la humedad retrasaba unas milésimas de segundo la deflagración de la pólvora de la carga, en lo que los expertos del uso de estas viejas armas para el tiro de precisión y la caza llaman el “tardonazo”. Forsyth era un hombre ilustrado y estaba al tanto de las investigaciones del poder detonante de ciertas sales de metales (como oro, plata, mercurio), también conocía las experiencias del inglés Edward Howards con fulminato de mercurio. En base a estas experiencias se puso al trabajo y el 11 de abril de 1807 patentó la primera llave de percusión, conocida como la Llave de Frasco de Perfume, por su similitud con un pequeño esenciero o frasquito de perfume.

17960402_3El mecanismo de la llave era el siguiente: una pieza de hierro de fisonomía similar a un frasco o esenciero para perfume, tenía dos compartimentos estancos. El inferior que tenía acceso por su parte inferior mediante una chapa que se atornillaba, servía de reservorio para una pequeña cantidad de fulminato de mercurio. En el compartimento superior se alojaba una aguja de unos 2,5 mm de grueso que remataba su parte inferior en un ensanchamiento cilíndrico. La parte superior, que sobresalía del compartimento, estaba rodeada por un muelle de gusanillo que la mantenía lejos del fondo del compartimento. El “frasco de perfume” se fijaba al cañón del arma mediante un tornillo sobre el que podía pivotar a voluntad. El tornillo tenía una pequeña concavidad bajo la parte cilíndrica de la aguja que comunicaba con la recámara del cañón mediante una ranura practicada en el tornillo; una vez cargada el arma se giraba el “frasco” 180 grados, con lo que por gravedad, se depositaba una mínima cantidad de fulminato en la concavidad. Al apretar el disparador (que no “gatillo”) el gatillo (este es el nombre del conocido vulgarmente como percutor) que había visto eliminadas sus mordazas y sustituidas por una especie de martillo (de ahí su nombre) golpeaba la aguja y ésta lo hacía sobre la concavidad, haciendo detonar el fulminato depositado en ella y, por ende, la deflagración de la carga de la recámara asegurando el disparo inmediato por mucha que fuera la humedad relativa.

Con todas las ventajas que el procedimiento representaba, también aportaba grandes inconvenientes, como la posibilidad, más frecuente de lo supuesto, de que el fulminato depositado en la cavidad inferior, y a pesar de la estanqueidad del depósito, explosionara con el consiguiente peligro para el usuario. Como quiera que esto se produjera con relativa frecuencia, causó su eliminación al ser sustituida por otros procedimientos más seguros. La producción de este sistema fue casi exclusivamente en Inglaterra por lo que encontrar algún arma de este sistema fuera de dicha nación es casi insólito.

Dados los defectos reseñados la imaginación de nuestros antepasados resolvió el problema con el diseño de la llave de “Cebo Transportable o Corredizo”, la cual apareció hacia 1810. Consistía en un carril de selección rectangular sobre el que corría un pequeño depósito piriforme unido por una biela al gatillo, de forma que cuando se montaba éste para el disparo, tiraba del depósito haciéndolo deslizarse por el carril; éste tenía en su centro y en la generatriz superior, una concavidad comunicada por un oído con la recámara, en la cual se depositaba una mínima porción de fulminato. Al disparar, el gatillo empujaba al depósito hacia adelante, poniendo una cantidad de fulminato en la concavidad en donde incidía violentamente una aguja troncocónica en que remataba el gatillo haciendo explosionar el fulminato que producía el disparo sin transición.

El sistema duró poco tiempo porque la aparición de nuevos sistemas se desbordó,  y mientras en unos 250 años no había habido más que esporádicos avances, en unos pocos años aparecieron multitud de nuevos sistemas a cuál más eficiente. Dentro de la ingente colección del Museo se encontraban tres escopetas de este último sistema descrito, una de dos cañones y dos de uno solo, punzonadas por Artonduaga, Ramón Zuloaga y Celestino Jimenez. El sistema eliminaba el peligro de la explosión del frasco de perfume de Forsyth, pero su construcción era costosa por lo que aparecieron sistemas de más económica producción.

[Continuará]

 

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte2)

[Continuación de la parte 1]

A mediados del Siglo XVI aparecen dos Llaves que utilizan para la ignición de la pólvora del cebo una piedra de sílex o pedernal sujetas entre las mordazas de una pieza móvil, que sería llamada “gatillo” por su peculiar movimiento y efectos. Son éstas las conocidas como Chenapan (del holandés Snaphaunce que viene a significar “gallina picoteando”) y la Llave Española o de Patilla, como siempre fue llamada en España.

Tradicionalmente se ha considerado a la de Chenapán como mas antigua, pero no hay hasta ahora documento fehaciente que así lo acredite. La de Patilla o Española fue coetánea de la anterior y bien pudo ser la más antigua.

Una escopeta italiana con Llave de Chenapán a la florentina y firmada por el eminente armero italiano Lazarino Cominazzo destaca en la colección del Museo; además tiene una peculiaridad que la hace reseñable amén de su cuidada construcción, y es que tiene la cureña (la extremidad posterior de lo que se conoce como culata) abatible mediante una bisagra y un pestillo que permiten plegarla para un más fácil transporte.

La Llave de Patilla o Española tenía un mecanismo similar a la anterior; se diferenciaba en que el rastrillo, en forma de L, hacía las veces de cobija, en la de Chenapán era otra pieza más, y que en el Muelle Real se situaba al exterior de la platina (chapa de acero en donde se alojaban las distintas piezas de su mecanismo) lo que tenía la ventaja de que al no estar limitado su espacio era de gran tamaño, y por ende, de suma fortaleza; la Chenapán lo tenía al interior de la pletina por lo que era más pequeño y débil, pues al tener que hacer un hueco en la caja para incrustar la Llave a la altura de la garganta de aquélla, éste no podía ser muy profundo so pena de romper la caja.

Como pieza destacable de la colección se ha elegido el fusil Reglamentario del Ejército Español Modelo 1724. El arma se reglamentó en tiempos de Felipe V y a través de la Ordenanza del Intendente D. Marcos de Aracil. Era la primera vez que se describía como debía ser el fusil para el Ejército. Hasta ese momento los Asentadores Reales (nombrados por el Rey) se encargaban de contactar con los distintos talleres de las Vascongadas para la fabricación de los arcabuces y mosquetes que se consideraban necesarios pero unificando los calibres, y para el resto del arma cada taller tenía su modelo propio.

El fusil de la colección se encontraba en la exposición de la Delegación del Museo en Toledo, de donde se trajo para unirlo a la colección de armas reglamentarias del Ejército Español. la conservación de este fusil no era buena, pues le faltaba el Rastrillo y el Muelle Real; se consiguió que un menestral metalúrgico, gran conocedor y restaurador de armas antiguas, D. Lisardo Losada Ancillo, rehiciera ambas piezas, las cuales previamente a cementar el Rastrillo y templar y revenir el Muelle Real, fueron troqueladas con una R (indicativo de reconstrucción, reproducción o réplica) haciendo constar esta circunstancia en la ficha de catalogación a la posteridad.

Uno de los pocos casos en que conocemos quién y cuando se descubrió un sistema, se produjo en la primera década del siglo XVII, cuando Marín Le Bourgeoys, armero de Lixieus, en la Normandía francesa, patentó una nueva llave de sílex, la cual era una mixtura de la de Chenapán y la Española o de Patilla. De aquella tomaba el conjunto de platina, nuez, fiador y muelle real al interior de la platina, y de la de Patilla, el rastrillo que hacía a la vez de Cobija. Intervino entonces la “Grandeur” y algunos franceses dijeron que ésta era la verdadera llave de sílex, como si las dos anteriores fueran un juguete de la señorita Pepis.

De la ingente cantidad de armas con llave de sílex a la francesa de la colección es menester destacar una por su condición de muestra del deseo permanente de lograr un sistema que, al menos, aumentara la cadencia de tiro a efectos militares. A finales del siglo XVIII y principios del XIX dos useños (useño, natural de U.S.A) llamados Joseph Belton en el siglo XVIII y mejorado en el XIX por Chambers, diseñaron y realizaron el fusil conocido como de Traca. Era un sistema ingenioso, pero como demostró su uso, con “más ruido que nueces”. Partiendo de un fusil militar, el sistema residía en lo siguiente: además de la llave correspondiente instalaba otra, del tamaño de una pistola militas. A unos 30 centímetros de ésta, se introducía una carga de pólvora reducida de la de guerra (unos seis gramos)una bala que tenía un taladro de unos dos milímetros que traspasaba la bala, el cual se rellenaba de polvorín aglomerado con goma laca para que no se saliera de él. Sobre los anteriores se introducía otra carga del mismo peso y otra bala como la anterior, y así sucesivamente hasta completar unas doce cargas. Joseph Belton informó en 1777 al Congreso de los EE.UU. que con pequeñas modificaciones se podría doblar el número de cargas. Chambers a inicios del XIX introdujo alguna mejora, como asegurar el gatillo en la posición de seguro mediante una biela que pivotaba sobre un eje fijado en la platina y con un gancho en su extremo posterior que se incrustaba en un orificio practicado en el corazón del gatillo, de forma que se aseguraba la imposibilidad de disparo mientras se cargaba el arma. Operación, como se comprende, premiosa. Una vez cargada el arma, un hábil juego de palancas hacía que se disparara la llave delantera y al arder la carga el fuego prendía el polvorín del taladro de la bala haciendo que la carga siguiente se incendiara produciendo un disparo nuevo, y así sucesivamente hasta agotar todas las cargas.

El sistema, si bien ingenioso, adolecía de varios inconvenientes, pues una vez que se disparaba el primer tiro, no había quién los interrumpiera, con la consiguiente tortura del tirador que tenía que sufrir los sucesivos y violentos culatazos. Amén de que solo conseguiría regar de balas la provincia, porque las posibilidades de precisión, de por si febles con un arma de ánima lisa, se multiplicaban únicamente un defecto en la carga. O alguna mecha inserta en las balas que no ardiera paraba la traca de disparos, lo que inutilizaba el arma momentáneamente. Ya Belton había dicho que una vez disparada la traca de cargas, el arma podía utilizarse de forma convencional, como un fusil monotiro.

Indudablemente el efecto psicológico se conseguía. Disparar tal número de balas ininterrupidamente debería producir cierto espanto, cuando en la época solo se lograban hacer hasta cuatro disparos por minuto como máximo. Por último, se hace necesario señalar que de este tipo de armas solo han llegado dos hasta nuestros días, al menos hasta el momento. Una se encuentra en el Arsenal de Woolwich en Inglaterra, el cual está hecho a partir de un fusil militar inglés Brown Bess, y otro en la colección del Museo, siglado con el número de inventario 2164, hecho a partir de un fusil reglamentario francés modelo Año XVIII, que incomprensiblemente no está expuesto en el Nuevo Museo de Toledo al tratarse de una pieza prácticamente única.

Belton también diseñó y realizó un cañón de traca. Se componía de un haz de cañones (unos cinco) intercomunicados, de forma que al dar fuego a uno, éste se comunicaba a los restantes, pudiendo lanzar alrededor de cuarenta proyectiles en unos breves segundos. Al día de hoy solo han llegado dos cañones con este sistema, uno se encuentra en Lieja en un Museo, y el otro, como prueba incontrovertible de su importancia, se encontraba en la Exposición de la Delegación del Museo del Ejército de Madrid en Toledo. Se componía de un haz de cinco cañones de unos 3,5 centímetros de calibre, sujetos en una horquilla sobre la que podían pivotar para su manejo y puntería.

[continuará]

 

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte1)

sala de armasLa colección se compone de 1362 armas distintas que abarcan un periodo desde los primeros Truenos, Truenos de Mano, Cañones o Culebrinas de Mano, como fueron llamadas las primeras armas de fuego portátiles, hasta el último fusil Reglamentario del Ejército Español, el Model 1943, el Mauser con acción 1898, de retrocarga y repetición, del calibre 7,92 x 57 mm. La colección de los distintos modelos Reglamentarios del fusil de asalto español CETME se encuentran en lo que era la exposición y depósito del Museo en el Alcázar de Toledo.

Hacer una reseña de tal colección se escapa de la intención y capacidad de este artículo, por lo que se hará un breve resumen cronológico de los distintos descubrimientos armeros y se reseñará alguno de los especímenes de la colección como ejemplo de su importancia y universalidad.

El arma de fuego portátil más antigua que ha llegado a nuestros días, es la conocida como Cañón de Tannenberg, por haber sido encontrada en la ciudad de ese nombre, y que se ha datado de 1390.

Armas similares de este tipo han llegado en escaso número a nuestro tiempo, pese a ello el museo disfruta en su colección de cuatro ejemplares. El siglado con el número 1926 fue usado por los hombres de Cortés durante la Conquista de México, y parece que quedó de guarnición en el puesto establecido en Segura de la Frontera, a una jornada de marcha de Villarica de la Vera Cruz.

Un manuscrito alemán de 1473 y un icono de 1475, representando un combate durante la Guerra de los Cien años, son los documentos más antiguos que hay sobre la Llave de Mecha o Serpentín, la cual permitió plenamente el uso de estas armas por un sólo hombre.

Hay una buena cantidad de arcabuces y mosquetes con llave de mecha o serpentín en la colección, pero ninguno de ellos, armas de factura tosca y poco atractiva, tiene suficiente entidad para destacarlo, pero como colección es universal. Una prueba de ello son las armas de países que consideraremos exóticos o lejanos. Tres arcabuces chinos de tosca y rudísima construcción pertenecen a este tipo exótico; parece que fueron donados al Museo por un agregado militar español en Pekín tras su estancia a mediados del siglo XIX. También como exóticos figuran dos Bandukh Torador, como llaman en la India a unos arcabuces de mecha o serpentín que tienen como característica más señalada que el serpentín es directo, es decir, que se mueve en la dirección del proyectil, mientras que en la mayoría de los de Europa el serpentín se movía en dirección inversa. Por último, también tiene presencia Japón con cinco “tepös” como llaman en este país a los arcabuces con llave de mecha o serpentín;  estos tienen dos características destacables: sus llaves son como las del último modelo que se elaboró en Europa, que tenían el serpentín lanzado y directo; lanzado porque éste quedaba sujeto por una uña y cuando le apretaba el disparador y por efecto de un muelle de bronce era lanzado contra la cazoleta, lo que aseguraba la ignición del polvorín (como se llamaba a la fina pólvora que se ponía en la cazoleta del arma); la segunda era que la caja remataba en una cureña (la parte posterior de lo que se conoce vulgarmente como culata) de carrillera, la cual fue usada en el centro de Europa.

arcabuceroEl mosquete fue desarrollado por los españoles durante el desplazamiento de los Tercios Españoles a Flandes al mando del Duque de Alba, y según narra el Mariscal Londoño, se utilizó para parar los ataques de una suerte de caballería holandesa, que emboscada en las manchas de bosque de la llanura holandesa, atacaba al Tercio cuando se desplazaba en marcha de maniobras. El Duque pidió a Londoño que desarrollaran un arma que pudiera parar a esta caballería, puesto que los arcabuces, por su escaso calibre (unos 16 mm) no tenían poder de parada suficiente. Los mosquetes con un calibre de a 8 balas en libra (unos 22 mm  de calibre y con una bala esférica de plomo de unos 50 gr de peso) tenían velocidad y potencia para derribar a un caballo al galope hasta unos 100 m.

En la primera década del siglo XVI aparece un nuevo mecanismo o llave conocido como la Llave de Rueda. Aunque algunos alemanes se empecinan en atribuir el invento a Juan Keifuss de Nuremberg, lo cierto es que hasta día de hoy no hay documento fehaciente que lo acredite, sin embargo es incuestionable que en uno de los doce volúmenes del Codex Atlanticus, conservados en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, escritos en 1508 por Leonardo da Vinci, aparece el diseño inequívoco de una llave de rueda; una de  sus numerosas piezas de su estructura, y fundamental, es una cadena articulada, que todo el mundo está de acuerdo que también es un diseño de da Vinci, así que “blanco y en botella”. La llave funcionaba de forma similar a como lo hace un mechero convencional actual: una rueda dentada (en la llave de rueda la rueda tenía unas ranuras alrededor del borde) al rozar con fuerza sobre una piedra “ad hoc” provoca unas chispas que encienden el combustible del mechero.

pistolageneralriegoEl Museo tiene una buena colección de armas de Rueda, tanto en cortas como en largas; de estas la mayoría con cañón rayado para tiro a larga distancia y precisión. Una característica de éstas es la de que eran armas de difícil y costosa elaboración para los medios de la época, por lo que sólo personas con gran capacidad económica podían adquirirlas. De ahí que estén ricamente decoradas con incrustaciones de marfil, hueso, metales preciosos e incluso gemas preciosas. De esta colección destacan dos pistolas, conocidas como Puffer en Alemania. Una con caja de nogal totalmente taraceada con marfil, con la coz esférica y lobulada, que perteneció al General Riego, el cual se levantó contra Fernando VII en las Cabezas de San Juan, y que, tiempo después fue ajusticiado en Madrid tras ser ignominiosa y cruelmente arrastrado en un serón por las calles. La otra es una pistola con caja de hierro batido, con una caja de respetos en la empuñadura, con la coz en cola de pez, que tiene los punzones de Leonhard Danner que trabajó en Nuremberg entre 1507 y 1585 creando una saga de armeros de renombre universal. Este tipo de pistolas fueron las que usaban los Herreruelos españoles, una tropa de caballería, y los Reiter alemanes, también caballería

[continuará]

José Borja Pérez

 

Ya está disponible el primer libro de la Asociación donde se relata en detalle El Expolio del Museo del Ejército

 

Vamos a tener la suerte de contar con presentaciones del libro y mesas redondas próximamente:

Mesa Redonda: Presidencia, introducción, resumen sobre los fondos del museo y finalización, Juan Antonio Sánchez, General de Brigada DEM, ex-Director del Museo; resumen histórico, Gabriel Rodríguez, Coronel DEM; resumen jurídico, Pedro Rey, Coronel y Abogado; presentación del libro, José María Manrique, Coronel DEM.

Fecha: Miércoles 15 a las 18:30.

Lugar: en Hermandad de la Legión, C/ San Nicolás,11, puerta lateral.

Duración prevista: 50 minutos.  

 

anuncio libro 3El Museo del Ejército, heredero del Real Museo de Artillería, el tercero más antiguo de España y que combatió con sus cañones el 2 de Mayo de 1808,  existió en Madrid desde su creación en 1803 hasta el año 2005 en que fue materialmente deshecho con la excusa de su totalmente inconveniente traslado a un Alcázar de Toledo ocupado en parte importante por la Biblioteca de la Comunidad y necesitado de ingentes, costosas y difícilmente legales obras. Y decimos legales porque, sobre que la orden de traslado no apareció en ningún BOE, se hizo en contra del pronunciamiento de la Real Academia de la Historia y vulnerando la ley de Patrimonio, la carta de Toledo-Washington, y las opiniones de la UNESCO, ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), entre otras cosas,  por el daño que iba a suponer al edificio histórico del Alcázar.

Además, en Toledo se exponen solo la mitad de los fondos que podían admirar con anterioridad al traslado, por lo que, si recordamos que uno de los pretextos aducidos para el desalojo del Museo de su sede de Madrid era que en el Alcázar se iba a cuadruplicar su superficie expositiva, resulta que, una vez más, la mentira tiene las patas cortas. Al expolio del Museo de Madrid y su Sección Delegada en Toledo, se ha unido la del “Museo del Asedio”, borrando prácticamente la Gesta del Alcázar. Así se ha privado al pueblo español  del testimonio de lo que ha sido su verdadera Historia. Según el diario El País (de 19-VII-2010), el costo total de la operación ha sido 101’4 millones €, mayor que la ampliación del Reina Sofía (92 M€).

Esta es la cabal historia del Museo, o mejor, de los museos del Ejército, con sus grandezas y sus miserias.

La Asociación de Amigos del Museo del Ejército de Madrid interpuso dos recursos contencioso-administrativos y ha luchado, y lucha, por su reintegración, si quiera parcial, a Madrid. Por ello, como colofón de nuestro trabajo,  hacemos un llamamiento al Gobierno, a la Comunidad y Ayuntamiento de Madrid, para que en la centenaria y hoy abandonada sede del Museo, se agrupe una parte significativa de sus piezas para  que puedan ser conocidas especialmente por los españoles más jóvenes.

 

Detalles del libro:

Autor: Asociación Amigos del Museo del Ejército en Madrid.

80 Páginas a todo color. 150 ilustraciones. Precio  12’00 €.

Encuadernación: Rústica (50 ejemplares en cartoné). Dimensiones: 24×17 cm. Peso: 0’2 kg.

ISBN: 978-84-16200-12-2. Idioma: español.

Editorial Galland Books: C/ Estación, 41 – 47004 Valladolid· Tfn.: 983 116 527/ 983 290 774.

Contactar: http://www.aresenyalius.com/contactar.html · Tiendas con libros de Galland Books.

Asociación Amigos del Museo del E. en Madrid: C/Romero Robledo 12, 6º B.- 28008 MADRID.

Tfn.: 91 543 17 86. www.amigosmuseoejercitomadrid.com, amigosmuseoejercitomadrid@gmail.com.

Lo que fue y debe volver a ser el Museo del Ejército

Salon

(Publicado en la revista “Razón Española” en el número 189)

El Museo del Ejército era una exposición permanente de nuestra historia. Sus fondos eran recuerdos vivos de lo más brillante del devenir histórico de nuestra patria: las gestas de sus ejércitos, las hazañas de sus héroes, su contribución al progreso técnico y los medios que utilizaron, que en gran parte son elementos necesarios para la investigación histórica. Un General Director del Museo del Ejército francés dijo hace unos años que quien quisiera estudiar la Artillería primitiva tendría que venir a Madrid, a ver la magnífica colección de la misma que tenía nuestro Museo del Ejército. Era la mejor colección de Artillería existente.

El Museo del Ejército estuvo, desde su fundación, siempre en Madrid, donde le correspondía, por ser la capital del Reino, como están en sus respectivas capitales los museos similares de todos los países de nuestra civilización que cuentan en el Mundo.

En cuanto a su antigüedad, en España, sólo le precedió el de Ciencias Naturales, siendo por tanto el segundo, catorce años antes que el del Prado; a nivel mundial, surgió en tercer lugar, después de los de Inglaterra y Francia.

Podíamos considerarlo como el museo de mayor valor educativo, por constituir un aula viva de Historia de España, cuyas enseñanzas, para muchísimos adolescentes y niños que lo visitaron, con sus padres o con sus colegios, quedaron como impresiones vivas y profundas, y por tanto muy eficaces, que les hicieron poner más atención en esa materia tan necesaria en la educación, hoy tan descuidada, que es la Historia de España.

En todos los países de cierta importancia, el Museo del Ejército, con el mismo o con otro nombre, es el museo de mayor valor educativo, por la razón expuesta. Y así lo era en España, hasta su expoliación. Lo que ahora figura como Museo del Ejército no es más que una pobre exposición de una quinta parte de sus fondos, que ni son los más valiosos ni los más representativos, ni por tanto tienen gran valor educativo, menos aún cuando, si no se han corregido, tiene errores en los carteles explicativos. Aunque dichos fondos forman un museo, éste no se puede calificar de auténtico museo militar, de lo que sólo tiene el nombre y el encuadramiento orgánico y administrativo; le falta el carácter, pues no transmite la emoción que hace sentir todo auténtico museo militar, ni por tanto puede contribuir casi en nada al conocimiento de nuestra historia. Todas las personas con quienes hemos hablado, que han visitado el nuevo museo, habiendo conocido el anterior, coinciden en su apreciación negativa de este nuevo museo, y casi todos consideran que, en vez de emoción, lo que transmite es indignación.

El Alcázar de Toledo, joya renacentista, muestra emblemática de nuestra arquitectura militar, obra señera que corona el grandioso conjunto monumental de la ciudad imperial, es universalmente famoso por su heroica defensa, cuyo recuerdo conservaba el evocador y emocionante Museo del Asedio. Éste ha sido destruido en gran parte por las obras para la instalación de ese lastimoso museo antes citado, tan pobre de espíritu militar como lleno del mismo estaba el entrañable Museo del Asedio, que sí transmitía viva emoción. Con el mismo motivo, el Alcázar ha sido alterado interior y exteriormente: en el interior, con los huecos construidos bajo tierra, cuyo valor es muy dudoso por el peligro que supone la humedad para lo que en ellos se guarde; y en el exterior por ese atentado arquitectónico que es el muro funcional añadido, que además de ser incompatible con el puro estilo renacentista de tan gran monumento, lo oculta en parte, impidiendo su visión desde la plaza de Zocodover. Se ha cometido un atentado contra el Arte, contra la Historia y contra la llamada Cultura de Defensa, infringiendo, al menos, los artículos 2 y 4 de la Ley del Patrimonio Histórico Español, y malgastando muchos miles de millones de euros. Y parece inexplicable que Toledo haya tolerado tal desmán arquitectónico, que podría hacerle perder su carácter de ciudad Patrimonio de la Humanidad, por incumplir las condiciones de respeto total a sus monumentos, establecidas en las cartas de Venecia y Washington.

Esa disparatada operación que ha deshecho el Museo del Ejército y el Museo del Asedio del Alcázar, a la que hay que añadir la destrucción del Museo de Montjuich, en Barcelona, es uno de los graves daños que ha dejado el paso de quienes gobernaron, o dominaron, España en los años 2004 a 2011. No podemos culpar al Gobierno actual, pero sí debemos pedirle, con la insistencia que haga falta, que remedie tan grave desmán y no se haga cómplice por omisión.

Como ha escrito, entre otros, el gran tratadista de Derecho Político alemán Martin Kriele, más allá del parentesco de sangre, lo que da unidad a la nación es la historia vivida y sufrida en común, así como el objetivo de seguir viviendo en común…Expresión que hace ver la importancia del conocimiento de la historia nacional y la necesidad de potenciarlo. En esa labor, en todas partes tiene un puesto destacado el Museo del Ejército. Y en España, es obligación moral de todos, mayor en quienes más puedan, hacer lo posible para que resurja el Museo del Ejército y vuelva a cumplir su importante función cultural y educativa.

El artículo 4 de la Ley del Patrimonio Histórico Español define como expoliación, toda acción u omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción todos o alguno de los valores de los bienes que integran el Patrimonio Histórico Español o perturbe el cumplimiento de su función social.

Podemos decir que el Museo del Ejército y otros dos importantes museos militares han sido expoliados. Ello ha hecho pensar a muchos que todo ha formado parte de una operación contra el Ejército, el espíritu militar y la Cultura de Defensa, en resumen contra España; ello sería un acto de traición, del que deberían responder todos los causantes. No decimos eso porque no tenemos las pruebas, pero sí está claro que, haya habido mala voluntad o sólo imprevisión y negligencia, el resultado ha sido el mismo. Y hay que repetir que no podemos culpar al Gobierno actual de los disparates del de 2004-2011, pero sí pedirle, con la insistencia que sea necesaria, la recuperación del Museo del Ejército y de todo lo que ha sido expoliado.

Hasta que se cometió esa expoliación, el Museo del Ejército supo cumplir su función cultural y educativa, con un presupuesto muchísimo menor que el del pequeño y lamentable museo nuevo. Estaba organizado en dos sedes: la principal con la Dirección en Madrid, y la Sección Delegada del Alcázar de Toledo, que incluía el entrañable Museo del Asedio. Ahora el Alcázar de Toledo está desfigurado por ese muro, que atenta contra su estilo, y ocupado por ese pequeño y desafortunado museo “poco militar”; y el Museo del Ejército está deshecho, con el ochenta por ciento de sus fondos almacenados o repartidos en “alojamientos” temporales. Podemos decir que, a tenor del artículo 4 de la Ley del Patrimonio Histórico, su situación actual es una expoliación continuada. Ello requiere una actuación lo más inmediata posible para recuperarlo de esa expoliación, antes de que ésta sea mayor por deterioro de fondos.

Teniendo en cuenta los  problemas creados, proponemos que se establezca en Madrid una sede, en la que se expongan los fondos no expuestos en el Alcázar. Orgánicamente, el Museo del Ejército volvería a tener su organización en dos sedes, aunque en sentido inverso: la Dirección en el Alcázar y la Sección Delegada en Madrid. Lo importante es que todos sus fondos estén expuestos y bien explicados, y todos los españoles puedan visitarlos, sobre todo los estudiantes y escolares, a cuya formación debe contribuir.

 

Gabriel Rodríguez Pérez

Coronel de Infantería DEM.®

Los Recuerdos de la luchas contra la Piratería en Filipinas, por Gabriel Rodríguez

escalera    En el Museo del Ejército, cuando lo era realmente, podían verse, en la escalera principal y en la sala de Ultramar, varias lantakas, curiosos cañones giratorios de bronce, de distintos calibres. Eran los recuerdos de la lucha contra la piratería malayo-mahometana, en Filipinas.        

    Los misioneros españoles tuvieron una gran aceptación en aquel archipiélago, que pronto fue un país cristiano. Pero en el gran conjunto formado por Mindanao, el archipiélago de Joló y las islas Samales, ya habían llegado los musulmanes y la sociedad se parecía a la de los países musulmanes de  África, con la idea clara de la guerra santa contra los cristianos. Estaban divididos en sultanatos, en los que dependían del sultán los dattos, una mezcla de señores feudales y jefes de zona o poblado, que con sus vasallos, ejercían la piratería desde hacía siglos. Eran fanáticos musulmanes, no sabemos si ortodoxos o de alguna secta; muy bien adiestrados para la lucha y la navegación, y muy duros, austeros y resistentes. Se les llamaba moros, como a todos los musulmanes.  Contaban con buena provisión de armas blancas, como los kris y los campilanes, disponían de fusiles modernos, y tenían un eficaz sistema defensivo, con las cottas, fortalezas, bien artilladas con lantakas y establecidas en puntos que dominaban los accesos a aquellas islas, defendidas además por la espesa vegetación tropical. Con embarcaciones ligeras, las vintas, pancos y barotos, muy ágiles y rápidas y armadas con lantakas, eran una amenaza en los mares próximos. Sus eficaces defensas hacían fracasar a las expediciones de castigo con fuerzas reducidas. Recordaba el Mediterráneo con los piratas berberiscos. Se relacionaban con Borneo e incluso con la China.          

    En el siglo XIX, se les combatió en la época de Fernando VII, pero ello decayó después. Cuando fue Ministro de Ultramar Álvarez Méndez, llamado Álvarez Mendizábal (el de la Desamortización), ordenó no combatir a los moros y hacer acuerdos comerciales con ellos; el sultán de Joló accedió al acuerdo, pero los dattos siguieron ejerciendo la piratería.

    Cuando llegó al poder el general Narváez, se decidió resolver el problema con energía. Se hicieron reconocimientos de las islas, que demostraron que el asentamiento más importante de  los piratas era la isla de Balanguingui, por su fortaleza natural, sus fuertes cottas y su elevado número de guerreros y embarcaciones. Los intentos de penetración en las islas con fuerzas reducidas eran fácilmente rechazados, por lo que el Capitán General Clavería ordenó al coronel Peñaranda que hiciera un reconocimiento de Balanguingui, con mayores medios, pero fue también rechazado. Entonces organizó una expedición con potentes medios navales y terrestres, que tras durísimos combates, en febrero de 1848, dominó la isla, destruyó sus fortificaciones y se llevó su armamento; así aquella fuerte  guarida de piratas quedó anulada para mucho tiempo. Fue la operación más importante contra la piratería.  

    El más extraordinario hecho de armas contra la piratería tuvo lugar el 17 de noviembre de 1861. Fue el asalto y toma de la cotta de Pagalugán, en Mindanao, el único caso conocido de que un barco embistiera con la proa a una fortificación terrestre. En marzo de ese año, el después famoso almirante Méndez Núñez ascendió a capitán de fragata y fue destinado al mando de la División de Fuerzas Sutiles del Sur de las Visayas, del que se hizo cargo en septiembre. Tenía a su cargo la vigilancia de la zona más expuesta a los ataques de los piratas. 

    En Mindanao, se había ocupado y guarnecido el puerto de Cottabato, que servía para la vigilancia de las costas de aquella isla, cuya capital, Zamboanga, era el único puerto con actividad notable. En Mindanao, fuera de Zamboanga y los pequeños puertos, la autoridad española se basaba sobre todo en los acuerdos con los sultanes de Buayán y Tumbao y los dattos, a quienes se respetaba su organización y se les exigía la adhesión al Rey de España y un tributo. A veces había sublevaciones y guerras locales, que   terminaban con expediciones que los obligaban a someterse y dejar de ejercer la piratería, a la que volvían después.

    En el citado año 1861, el datto Maghuda, que dominaba en el Río Grande de Mindanao, posiblemente como reacción contra la ocupación de Cottabato, que dificultaba  la piratería, se sublevó y se lanzó a las acciones piráticas, en las que se llegó a cañonear a barcos mercantes y a atacar a pueblos costeros de indígenas cristianos. Maghuda contaba con varios miles de hombres, dispuestos siempre a la guerra santa contra los cristianos,y con la enorme y fuerte cotta de Pagalugán, que dominaba dicho río. Esa cotta estaba artillada con cuatro cañones modernos y un gran número de lantakas. Dominaba el río, elevada sobre un estrecho recodo del mismo, en el que las embarcaciones derivaban por la corriente, quedando bajo el fuego de los cañones. La guarnecían unos quinientos hombres, más otros mil en su pantanoso exterior.    

    Para acabar con la situación de inseguridad e incluso de terror, en aquella región, el Capitán General decidió organizar una expedición, con medios suficientes para tomar aquel reducto de piratas y dominar el Río Grande. Era Jefe de Estado Mayor el coronel D. José Ferrater, que fue nombrado jefe de la expedición y de su fuerza terrestre, formada por seis compañías de Infantería, cuatro piezas de Artillería de Montaña y una sección de Zapadores. La fuerza naval, mandada por el capitán de fragata Méndez Núñez, se organizó con dos corbetas, la “Constancia”, buque insignia, y la “Valiente”; cuatro cañoneros y cuatro falúas, más tres veleros para el transporte de tropas. El día 16, los buques de esta fuerza naval se concentraron en aguas próximas a Cottabato y, a continuación, encabezados por la “Constancia”, zarparon hacia el Río Grande y lo remontaron hasta un recodo del mismo, entre el dominado por la cotta y su desembocadura. Al asomar la “Constancia”, hicieron fuego desde la cotta, pero sin alcance suficiente. Allí fondearon los buques y  desembarcaron dos compañías, para reconocer las defensas de la fortaleza, misión que no pudieron cumplir, por impedir su aproximación una extensa ciénaga. Entonces hizo el reconocimiento Méndez Núñez, con tres botes. A su regreso a la “Constancia”, se inició la  preparación del ataque planeado, con el desembarco de un agrupamiento formado por dos compañías de cazadores y una de granaderos y dos piezas de artillería, que ocuparon una posición frente a la cotta, para atacarla, con el apoyo de los fuegos de los barcos. Con un bien coordinado plan de fuegos terrestres y navales, se iba a realizar el asalto, franqueando los obstáculos y llevando escalas para salvar la muralla. Pero tan bien preparado plan fracasó, por ser imposible tanto batir la cotta sin alcanzara los asaltantes, como mantener los cañoneros su fuego con eficacia, por la inestabilidad que les causaba la fuerte corriente del río en el recodo. Ante esta situación, el coronel Ferrater, el capitán de fragata Méndez Núñez y el teniente de navío Malcampo, comandante de la “Constancia”, estudiaron reunidos la conveniencia de retirarse y volver a atacar la cotta con más fuerzas. Pero Méndez Núñez expuso la temeraria idea de embestir a toda máquina con la “Constancia” contra el muro del fuerte y asaltarlo simultáneamente desde tierra y desde la corbeta. El coronel aprobó esa novedosa acción y decidió un nuevo asalto. Entonces Méndez Núñez ordenó disponer a los infantes y marineros para el asalto, mandados por el entonces alférez de navío D. Pascual Cervera. A una señal, a las ocho y cuarto de dicho día, la “Constancia” abordó la fortaleza, que fue asaltada simultáneamente por  la tropa y marinería dispuesta en la corbeta y por la fuerza desplegada en tierra. En el combate murieron unos doscientos de los ocupantes de la cotta, entre ellos el datto Maghuda, y los demás huyeron. Las bajas propias fueron dieciocho muertos y noventa y ocho heridos. La fortaleza fue volada, después de recoger lo que tenía interés. Así quedó anulada la terrible cotta de Pagalugán. Se recogieron las banderas, enviadas al Museo Naval, y muchas armas, entre ellas varias lantakas y armas blancas, que fueron enviadas al entonces Museo de Artillería. Son las lantakas que tenía el Museo del Ejército y parte de las armas blancas de su Sala de Ultramar.                            

                                                                                                       

                                                                                                            Gabriel Rodríguez