Asociación de Amigos del Museo del Ejército de Madrid

LA VERDAD DE UN DESAFORTUNADO CIERRE

La Colección de Armas de Fuego portátiles del Museo del Ejercito (parte3)

 

[Continuación de la segunta parte]

En la primera década del Siglo XIX, un pastor de la Iglesia Escocesa, llamado Alexander John Forsyth, gran aficionado a la caza de becacinas, volvía a su casa con la percha vacía, casi como de costumbre; tenía una magnífica escopeta de Londres con llave a la francesa provista de cazoleta antihumedad que aseguraba la estanqueidad de ella, pero la alta humedad relativa de Escocia, país en el que en ocasiones no llueve, hacía que el polvorín de la cazoleta se humedeciera, al ser la pólvora negra tan higroscópica como un terrón de azúcar, de forma que cuando disparaba y pese a que era un cazador avezado y “corría la mano” para predecir el tiro, las avisadas becacinas, de vuelo vivaz, impredecible y capaces de giros radicales, en cuanto veían el humo de la cazoleta al arder el polvorín daban un tornillazo en su vuelo haciendo casi imposible abatirlas, y ello porque la humedad retrasaba unas milésimas de segundo la deflagración de la pólvora de la carga, en lo que los expertos del uso de estas viejas armas para el tiro de precisión y la caza llaman el “tardonazo”. Forsyth era un hombre ilustrado y estaba al tanto de las investigaciones del poder detonante de ciertas sales de metales (como oro, plata, mercurio), también conocía las experiencias del inglés Edward Howards con fulminato de mercurio. En base a estas experiencias se puso al trabajo y el 11 de abril de 1807 patentó la primera llave de percusión, conocida como la Llave de Frasco de Perfume, por su similitud con un pequeño esenciero o frasquito de perfume.

17960402_3El mecanismo de la llave era el siguiente: una pieza de hierro de fisonomía similar a un frasco o esenciero para perfume, tenía dos compartimentos estancos. El inferior que tenía acceso por su parte inferior mediante una chapa que se atornillaba, servía de reservorio para una pequeña cantidad de fulminato de mercurio. En el compartimento superior se alojaba una aguja de unos 2,5 mm de grueso que remataba su parte inferior en un ensanchamiento cilíndrico. La parte superior, que sobresalía del compartimento, estaba rodeada por un muelle de gusanillo que la mantenía lejos del fondo del compartimento. El “frasco de perfume” se fijaba al cañón del arma mediante un tornillo sobre el que podía pivotar a voluntad. El tornillo tenía una pequeña concavidad bajo la parte cilíndrica de la aguja que comunicaba con la recámara del cañón mediante una ranura practicada en el tornillo; una vez cargada el arma se giraba el “frasco” 180 grados, con lo que por gravedad, se depositaba una mínima cantidad de fulminato en la concavidad. Al apretar el disparador (que no “gatillo”) el gatillo (este es el nombre del conocido vulgarmente como percutor) que había visto eliminadas sus mordazas y sustituidas por una especie de martillo (de ahí su nombre) golpeaba la aguja y ésta lo hacía sobre la concavidad, haciendo detonar el fulminato depositado en ella y, por ende, la deflagración de la carga de la recámara asegurando el disparo inmediato por mucha que fuera la humedad relativa.

Con todas las ventajas que el procedimiento representaba, también aportaba grandes inconvenientes, como la posibilidad, más frecuente de lo supuesto, de que el fulminato depositado en la cavidad inferior, y a pesar de la estanqueidad del depósito, explosionara con el consiguiente peligro para el usuario. Como quiera que esto se produjera con relativa frecuencia, causó su eliminación al ser sustituida por otros procedimientos más seguros. La producción de este sistema fue casi exclusivamente en Inglaterra por lo que encontrar algún arma de este sistema fuera de dicha nación es casi insólito.

Dados los defectos reseñados la imaginación de nuestros antepasados resolvió el problema con el diseño de la llave de “Cebo Transportable o Corredizo”, la cual apareció hacia 1810. Consistía en un carril de selección rectangular sobre el que corría un pequeño depósito piriforme unido por una biela al gatillo, de forma que cuando se montaba éste para el disparo, tiraba del depósito haciéndolo deslizarse por el carril; éste tenía en su centro y en la generatriz superior, una concavidad comunicada por un oído con la recámara, en la cual se depositaba una mínima porción de fulminato. Al disparar, el gatillo empujaba al depósito hacia adelante, poniendo una cantidad de fulminato en la concavidad en donde incidía violentamente una aguja troncocónica en que remataba el gatillo haciendo explosionar el fulminato que producía el disparo sin transición.

El sistema duró poco tiempo porque la aparición de nuevos sistemas se desbordó,  y mientras en unos 250 años no había habido más que esporádicos avances, en unos pocos años aparecieron multitud de nuevos sistemas a cuál más eficiente. Dentro de la ingente colección del Museo se encontraban tres escopetas de este último sistema descrito, una de dos cañones y dos de uno solo, punzonadas por Artonduaga, Ramón Zuloaga y Celestino Jimenez. El sistema eliminaba el peligro de la explosión del frasco de perfume de Forsyth, pero su construcción era costosa por lo que aparecieron sistemas de más económica producción.

[Continuará]

 

 

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Esta entrada fue publicada el noviembre 26, 2016 por en Cartas de Amigos del Museo, Historia del Museo.
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