Al Pueblo de Madrid del dos de Mayo de 1808

En Madrid y en un jardín muy recoleto como son los Jardines de Fanjul, muy cercanos a la Plaza de España y en la calle de Ferraz, hay un bello monumento dedicado “Al Pueblo de Madrid del dos de Mayo de 1808” ya que el Pueblo de Madrid fue el que se levantó contra los franceses, ese memorable día, siendo este el principio  de la sublevación del pueblo español contra el invasor francés.

El monumento data de 1891 y se lo debemos al escultor Aniceto Marianas García

Breve biografía del escultor

Aniceto Marinas nace en Segovia en 1866. De familia humilde logra una pensión de la Diputación de Segovia para iniciar sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1884, y donde tiene como profesores a Juan Samsó y Jerónimo Suñol.

En 1888 es pensionado nuevamente para proseguir sus estudios en la Academia en Roma, donde permanece hasta 1893. Es allí durante su estancia donde realiza este monumento.

De regreso a España ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid y obtiene la cátedra en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. La obra monumental de puede contemplarse en diversas provincias españolas, como Madrid, Cádiz, León, Orense, Burgos… y en su Segovia natal.

Participó en varias Exposiciones como son:

  • Nacional de Bellas Artes en 1887 y 1890, Internacional de Chicago
  • EE.UU. en 1898, Nacional de Bellas Artes en 1899 y 1926 etc.

Aniceto Marinas fallece en Madrid en 1953.

Otros monumentos en Madrid:

  • Monumento a Velazquez 1899 en la puerta principal del Museo del Prado.
  • Monumento a Eloy Gonzalo “Cascorro” 1902, Plaza de Cascorro.
  • Grupo a la Libertad (Alfonso XII) 1905, Parque del Retiro.
  • Destacamos entre otros monumentos
  • Monumento a las Cortes de Cádiz 1903. Cádiz
  • Monumento a Daoiz y Velarde 1910, Jardines del Alcazar de Segovia.
  • Monumento a Juan Bravo 1921, Plaza de las Sirenas de Segovia.

José Durán Moreno.

(Datos de la Revista de Escultura, 1988)

La Sombra del Alcázar (II), por Isabelo Herreros

Continuación del artículo de Isabelo Herreros en el Digital Castilla la Mancha. Consta de dos partes y en ellas el autor nos comenta datos muy interesantes sobre el proceso detrás del traslado y el expolio del Museo del Ejército. Os dejamos a continuación con la segunda parte.

En la primera parte de este artículo traté de resumir la historia del Museo del Ejército y, también, los antecedentes del expolio, desmantelamiento y dispersión del mejor museo armamentístico de Europa. Para no aburrir, poco más añadiré de la historia, salvo que hubo en el pasado dos intentos de trasladar al Alcázar de Toledo el citado museo. El primero, al menos que conozcamos, tuvo lugar durante la dictadura de Primo de Rivera, y no sólo fue intento, si no que se llegaron a trasladar a Toledo buena parte de las piezas y fondos del entonces Museo de Artillería; es posible que pesase en la decisión el enfrentamiento abierto del dictador con el Cuerpo de Artillería, cuyos miembros, en gran número, se habían opuesto a los desafueros de Primo de Rivera y se habían hecho republicanos. El traslado al Alcázar de Toledo suponía, además del despropósito, por la falta de espacio y ausencia de un proyecto de museo público, una humillación para los artilleros, pues se entregaba a la Infantería el legado histórico del Arma de Artillería. Hay una pequeña historia, poco o nada conocida, de aquel intento de acabar con el Museo, y que fue la “devolución” a Cuba de un buen número de armas y otras piezas, relacionadas con las campañas del ejército español en la isla caribeña. Lo hizo el dictador mediante Real Orden de 24 de enero de 1928.

Una vez que cayó el gobierno de Primo de Rivera, en particular por las huelgas estudiantiles, su sucesor, el general Berenguer ordenó que de manera discreta el Museo regresase a Madrid. Proclamada la República, fue durante el primer bienio, y por decisión del ministro de la Guerra, Manuel Azaña, cuando se produjo un crecimiento espectacular del veterano museo, al incorporarse al mismo las colecciones que existían en diversas dependencias militares, en forma de pequeños museos; fue entonces cuando se produjo el cambio de denominación, pasando a llamarse Museo Histórico Militar, creándose en el mismo las Secciones de Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros, Intendencia y Sanidad. Se dejaba fuera, por razones de criterio museístico, a la Armada, con un relevante y singular museo en el centro de Madrid. Fue también en tiempos de la Segunda República cuando se creó un Patronato integrado por representantes de las Academias y la Universidad.

Durante el franquismo se disolvió el Patronato y se volvió al clásico organigrama militar, pero lo cierto es que se respetó la configuración del Museo, al que se incorporaron armas y pertrechos de la guerra civil, si bien, en honor a la verdad, no era un espacio demasiado grande el ocupado por la contienda 1936-1939, aunque resultase ofensivo para los partidarios de la República el lenguaje utilizado en placas y paneles. Con el tiempo, y ya en democracia, se corrigieron las “explicaciones” más partidistas.

No merece la pena dedicar mucho espacio al segundo intento de traslado del Museo del Ejército a Toledo, y que se dio, como decía, durante el franquismo. Lo cierto es que, a pesar de la querencia que el dictador tenía hacia Toledo, y en particular al Alcázar, no se materializó, al pronunciarse en contra los informes técnicos y académicos, sobre todo por razones de espacio y falta de idoneidad del viejo Alcázar. Es decir, contrariamente a lo que pudiera parecer, y así se ha visto después, el espacio aprovechable para Museo en el Alcázar es muy inferior al que tenía el Museo del Ejército en el Palacio del Buen Retiro. Hay que descontar el patio de armas y sótanos de difícil acondicionamiento y acceso. El resultado ya se ha visto: la construcción de un “bunker” a los pies de la fortaleza, con lo que, el presupuesto inicial se ha ido disparando; parece que ya van gastados unos veinte mil millones de las antiguas pesetas.

Con todo este dislate se conseguirán unos espacios en los que parece que se exhibirán, de las 35.000 mil con que contaba el Museo militar, (con 17.000 en exhibición) solo unas 4.500. Hay que añadir que, también, de modo irresponsable, y por los gobiernos del PP y del PSOE, se han “regalado” importantes piezas a diversas instituciones como la Universidad Complutense de Madrid, Palacio de El Pardo, Museo Histórico Militar de Valencia, Ayuntamiento de Bailén, Ayuntamiento de Palencia, Museo de la Academia Militar de Zaragoza, Parroquia Castrense de la Dehesa, Museo Provincial de Pontevedra, Ayuntamiento de Andújar, Museo Diocesano de Ciudad Rodrigo, etc. etc. Antes del cierre definitivo del Museo del Ejército se produjo el embalaje, y traslado a lugar desconocido, de las más de dos mil banderas y pendones de la colección. Es decir se ha producido una dispersión que echa por tierra el trabajo de adquisición y incorporación de piezas de museo durante más de doscientos años, precisamente desde que el muy cultivado Manuel Godoy fundase en 1803 esta singular institución, hoy expoliada y destruida por la ignorancia y la soberbia de unos políticos catetos.

La Sombra del Alcázar (I), por Isabelo Herreros

Encontramos en el Digital Castilla la Mancha un artículo escrito por Isabelo Herreros, que amablemente ha accedido que publiquemos en este blog. Consta de dos partes y en ellas el autor nos comenta datos muy interesantes sobre el proceso detrás del traslado y el expolio del Museo del Ejército. Os dejamos a continuación con la primera parte, y proximamente publicaremos la segunda.

“En la novela La catedral escribía Vicente Blasco Ibáñez acerca de la sempiterna sombra del templo primado toledano, bajo la que habían vivido y vivían desde hacía siglos los habitantes de la vieja ciudad levítica. Pero si el peso de esa más que lúgubre sombra ha sido asfixiante no lo ha sido menos la del Alcázar, histórica y emblemática sede de la Infantería española. La sublevación militar de julio de 1936 convirtió la otrora Academia de Infantería, Caballería e Intendencia en uno de los mitos de la cruzada y del nacional-catolicismo. Al día de hoy, afortunadamente, el nombre del Alcázar toledano está asociado también a una espléndida biblioteca, en la que no hace mucho se presentaba un libro singular y muy bien escrito e ilustrado: Emelina, la belleza que alumbró a la República, cuyo autor es Enrique Sánchez Lubián; se trata de la historia de Emelina, una chica de Alcázar de San Juan que fue Miss España en 1931 y, también, con este hilo argumental, el autor nos relata cómo eran aquellos primeros concursos de belleza. Coincidí en el acto con unos amigos, también aficionados a la Historia, y comentamos las paradojas que se dieron en aquella guerra y en aquel asedio a la Academia, como fue la ocurrida a comienzos de septiembre de 1936, cuando tres de los mandos militares más relevantes de las fuerzas sitiadoras eran nada menos que un músico, Gustavo Durán, y dos pintores: Vela Zaneti y Luis Quintanilla, obligados por las circunstancias a ordenar el bombardeo sobre la portada de Covarrubias de la fortaleza, una belleza arquitectónica que habían estudiado en la Universidad.

Pero este es un asunto sobre el que se ha escrito demasiado y si lo cito hoy es solo de pasada y como parte de unos antecedentes necesarios en la historia de un expolio y un acto de barbarie, del que puede que no tengan los castellano-manchegos la suficiente información; me refiero al desmantelamiento y destrucción del Museo del Ejército de Madrid. Aunque seamos “beneficiarios” del traslado parcial de algunas de las colecciones al nuevo Museo, instalado en esa barbaridad arquitectónica y urbanística que se ha perpetrado a los pies del Alcázar, no por ello tenemos que estar de acuerdo y menos aún aplaudir una cacicada iniciada por el gobierno de José María Aznar y continuada por el de José Luís Rodríguez Zapatero.

Los lectores pudieron asistir la semana pasada, a través de los medios de comunicación, al desenlace de una batalla tremenda, mantenida durante varios años, por la posesión del cuadro Guernica, de Pablo Picasso, y no me refiero a la que mantuvo el gobierno de Adolfo Suárez para conseguir que viajase a Madrid desde Nueva York, lo que se consiguió en 1981. Se escribió entonces mucho sobre el “retorno del Guernica“, indebidamente, pues no puede retornar algo que nunca estuvo en España. Pero vamos a la batalla actual, es decir, la mantenida por dos museos nacionales de referencia, el Prado y el Reina Sofía, que se han disputado durante años el lienzo símbolo-denuncia del bombardeo efectuado en abril de 1937, por la aviación alemana, sobre la villa vasca de Guernica. Con los años el cuadro ha transcendido su propio valor artístico y se ha convertido en la expresión plástica más contundente de denuncia de todas las guerras. Como es conocido el veredicto del Ministerio de Cultura ha sido contundente: el Guernica continuará en el Reina Sofía.

Se preguntará algún lector acerca de la relación del conflicto entre los citados museos y el expolio citado al comienzo, al que después me referiré con más detalle, y quizás piense que este columnista se ha ido por los cerros de Úbeda, pero ya verá como no. Seguro que quien haya seguido con atención el contencioso habrá leído una referencia que se hacía, en particular por los defensores del traslado al Prado, -en realidad a una de sus ampliaciones-, al destino reservado para el Guernica, y que era en el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, hasta fecha reciente sede del Museo del Ejército. Es decir, y después creo que lo entenderán mejor, todo este revuelo tiene como origen el desalojo y expolio del Museo del Ejército, en el barrio de Los Jerónimos madrileño, con la excusa de la ampliación del Museo del Prado, que a su vez se argumentaba con la “recuperación” del Guernica para el Prado. Espero haber explicado bien el asunto. Constatada la inutilidad del desafuero, con muchos millones de euros gastados, alguien debería de sonrojarse al menos, ya que el verbo dimitir no se conjuga, pero ya verán como no.

Pero vamos a dejar constancia de esta historia, y a lamentar que en parte se salga con la suya, post mortem, el determinista Spengler, pues aunque tenía más razón Arnold J. Toynbee, a la hora de analizar la evolución y decadencia de las civilizaciones, es el caso que en España hay de antiguo un cuerpo de funcionarios-políticos imbéciles que se perpetúan en el poder a pesar de su incompetencia y estulticia, en cumplimiento del determinismo histórico que nos ha tocado sufrir.

La idea descabellada de recrear en su estado original el Salón de Reinos, colgando en sus paredes obras de Velázquez, hoy en el Prado y en otros museos, partió a comienzos de los años ochenta de la Universidad de Yale, con los profesores Elliot y Bown como valedores, tras un estudio sobre el reinado de Felipe IV. En su afán por llevar el agua al molino de esta tesis olvidaron, premeditadamente, los escritos de Cea Bermúdez, de principios del siglo XIX y otro estudio, más completo, de Elías Tormo, de principios del siglo XX. Ambos autores demostraban que era imposible restaurar dicho salón a un estado cercano al original. Al actual “proyecto” se le habían añadido otras ocurrencias, como la de colgar, junto a La rendición de Breda, Los fusilamientos de la Moncloa de Goya y, la joya de la Corona, el Guernica.

Lo cierto es que el gobierno de Felipe González, allá por 1990, “compró” esta mercancía, y se llegó a hablar del traslado del Museo del Ejército a Toledo, para dejar paso libre a esta ocurrencia. Pero pasaron los años y nada se hizo. Pero quien si que se lanzó a esta aventura, en julio de 1996, fue José María Aznar, suponemos que asesorado por sus historiadores de cabecera. En cuanto se conoció esta decisión política la mayoría de las Reales Academias mostraron su discrepancia. El brazo ejecutor que inició el proceso de liquidación del Museo más antiguo de Madrid no fue otro que el entonces ministro de Defensa, Eduardo Serra, a quien premiaron después estos y otros desvelos nombrándole presidente del Patronato del Museo del Prado.

No queda muy lejano el aniversario, bicentenario de nuestra Guerra de la Independencia, y como dato más que anecdótico quiero traer a la memoria que fue el grupo de militares destinado en el Museo de Artillería el primero en alzarse en armas contra la invasión francesa. Ya me extenderé un poco más sobre continente y contenido del histórico museo en la segunda parte de este artículo.”

Isabelo Herreros

El Museo del Ejército en Toledo

Existe un aforismo que señala que  el traslado de un museo equivale a la mitad de un incendio. Contemplado lo sucedido con la Tizona, con la colección Medinaceli, con la hoploteca y con la colección de artillería. Desgraciadamente no puede tildarse de exagerada la afirmación anterior. Nadie, ha dado una razón plausible que justifique el traslado a Toledo del museo del Ejército. Esta ciudad ya tenía en el Alcazar su propio museo de historia militar, además del pequeño museo en torno al asedio que sufrió en los inicios de la última guerra civil.

Tampoco nadie ha dado las razones de su nueva ubicación en la ciudad imperial. El error presenta múltiples aspectos:

1º El urbanístico, pues la obra ha desvirtuado todo el espacio de la plaza de  Zocodover. Toledo posee el título de patrimonio de la humanidad, concedido por la UNESCO, y en donde al igual que en Madrid se ha vulnerado la legislación que protege a la ciudad de obras que no estén debidamente avaladas. Las autoridades, municipales y regionales, han prestado su colaboración entusiasta a este desafuero sin importarles las consecuencias del mismo.

Vista del Alcázar hoy con el nuevo y horrible edificio adosado

2º El arqueológico, al removerse yacimientos celtas, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos de una forma nada ortodoxa.

3º La económica, al situar el nuevo museo en el subsuelo del Alcazar o sea al lado del cauce del río Tajo, en lugar de haber elegido una superficie que estuviera alejada del mismo, como por ejemplo hubiera sido la Academia de Infantería. El mantenimiento de las piezas metálicas y textiles que constituyen más del 90% de los fondos del museo con una humedad constante es más costoso cuanto mayor es el grado de humedad que hay que neutralizar.

El Alcázar tal y como era antes de las obras

4º La política al ubicar el principal museo de la historia de España en el edificio más  emblemático de uno de los bandos contendientes de la última guerra civil lo que provocará rechazo. Un museo de historia debe ser lugar de encuentro y nunca de confrontación ideológica.

Si se hubieran utilizado adecuadamente los magníficos yacimientos arqueológicos encontrados en el Alcázar. Podría haberse ideado un museo sobre la evolución cultural de la península ibérica, a partir de las diferentes técnicas de fortificación que poseían las civilizaciones que pasaron por Toledo. Ese museo de nueva planta y concepción, sí hubiera  enriquecido el patrimonio toledano y nacional en lugar de deteriorarlo.

La salida del Museo del Ejército de Madrid ha significado privar al eje Prado Recoletos, de un patrimonio que tiene desde hace más de 200 años, y lo que es peor dividir unas colecciones o perder unos fondos que son insustituibles. Por otro lado, su nueva ubicación causará un efecto negativo y perdurable sobre la percepción que algunos ciudadanos tienen de sus Fuerzas Armadas. ¿Quién le habrá hecho tan flaco favor a la Corona, al conseguir que el Rey apadrine este disparatado y especulador proyecto?

Diego Camacho

Museo del Ejército. La Expropiación del Prado

La ampliación del museo del Prado ha constituido una agresión al entorno urbano y la destrucción de una parte importante del patrimonio nacional. Esto ha sido posible por la indiferencia de los jueces ante las denuncias ciudadanas realizadas para evitarlo. La magistratura, una vez más, ha preferido ser complaciente con el Poder a aplicar la legalidad vigente. En vez de planificar un crecimiento armónico sin dañar al entorno o a otros sectores de nuestro tesoro artístico, como hubiera sido ampliar por el subsuelo del jardín Botánico, de forma similar a como se amplió el museo de Bruselas. Se optó por la peor solución, pues suponía atentar contra la integridad y belleza de dos lugares emblemáticos de nuestra historia y nuestro arte. Como fue practicar el canibalismo artístico y laminar dos joyas de nuestro patrimonio. Todo ello sin reparar en gastos, para la mayor gloria y vanidad de una casta política cuya incultura solo es superada por su incompetencia.

El primero de los lugares afectados ha sido el claustro de la iglesia de los Jerónimos, una de las tres únicas iglesias que pueden contemplarse en España del estilo “Reyes Católicos”. La armonización de las tres corrientes arquitectónicas predominantes en España durante el siglo XV: gótico, mudéjar y renacimiento. Lo hacen original, autóctono y testigo de una edad que está a punto de acabar y de otra que comienza. Es en ese momento cuando nuestro país hará el mayor esfuerzo y aportación de su historia a la cultura europea. Los ladrillos del cubo de Moneo se levantan con una palmaria falta de sensibilidad artística y, lo que es peor aún, soslayando la ley del Patrimonio que protege el monumento. Tampoco se tiene en cuenta la opinión mayoritariamente contraria de los vecinos del barrio así como de numerosos arquitectos, Foster o Lamela, o urbanistas que están ajenos al sustancioso negocio que supone la obra, para aquellos que están bien conectados con el Patronato del Prado.

El segundo espacio que se consigue ganar para el Prado, dentro de su proyecto de ampliación, es la actual sede del Museo del Ejército. Lo que supone para Madrid la pérdida del mejor museo de Historia existente en España. Es verdaderamente chocante el empeño de las autoridades municipales y regionales en defender ardorosamente para Salamanca un importante archivo de la guerra civil y su indiferencia ante el traslado del Museo del Ejército a Toledo. Una vez más, se pone de manifiesto que los objetivos coyunturales de un partido pueden prevalecer sobre los permanentes de la cultura.

Diego Camacho